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El secuestro, ‘un d. (delito) h. (horrible)

Una tarde, tras agotadora jornada por la selva, Guillermo la ‘Chiva’ Cortés se sentó en una piedra y dijo a los guerrilleros que lo amenazaban:

17 de enero 2007 , 12:00 a.m.

–¡Mátenme, porque no puedo dar un paso más! No lo mataron. Su pesadilla duró otros seis meses, hasta que un día inesperado lo rescató un grupo de militares. “Lo mío fue un milagro –insiste la ‘Chiva’–, un milagro irrepetible.” El relato sobre la fuga de Fernando Araújo, rehén de las Farc, y las dolorosas circunstancias familiares que lo aguardaban al volver produjeron un sensible impacto en la opinión pública. Ese impacto no se debe a que los colombianos ignorásemos que existen compatriotas cuya libertad fue liquidada por delincuentes. Bien sabemos que hay cerca de 3.100 víctimas, de las cuales 57 corresponden a rehenes políticos, 33 son uniformados y algunos de ellos llevan enjaulados diez años. La explicación es que comprendimos que las cifras ocultan a veces la realidad humana y que solo cuando esta adquiere voz y rostro es capaz de descubrir la magnitud del drama de los secuestrados y el carácter oprobioso, indignante, degradante del secuestro.

En un cuaderno que anotaba durante su cautiverio en manos del M-19, Álvaro Gómez Hurtado escribió: “El s. (secuestro) es un d. (delito) h. (horrible)”.

Sí. Es un delito horrible, pero es más que eso: es un acto cobarde de poder que, al privar al rehén de su albedrío, lo animaliza, y, al utilizarlo como mercancía para obtener dinero o concesiones políticas, lo cosifica. No es solo un ataque a la dignidad del secuestrado, sino a la de su familia. Desde la captura, el secuestrador juega con las esperanzas, la estabilidad económica y la tranquilidad de padres, cónyuge, hermanos e hijos de la víctima. Se establece así una relación de humillación permanente que en Colombia alcanza su grado de máxima infamia en la fórmula macabra de negociar la entrega del cadáver de quien fue asesinado o murió durante el secuestro.

No hay causa que justifique un secuestro, ni puede llamarse revolucionario quien pisotea los ideales de una nueva y mejor sociedad al acudir a esta clase de instrumentos. A las autoridades cubanas les oí hace pocos años la más vehemente condena del secuestro y su descalificación como medio de lucha. ¿Lo saben las Farc y el Eln? Supongo que sí, pero ya están llevados por la dinámica del horror.

Sin proponérmelo, he reunido entre mis libros una pequeña biblioteca que contiene memorias de secuestrados. Allí están los testimonios de Leslie Kalli, la jovencita bumanguesa aprehendida en abril de 1999 y que, pese a haber sido liberada, no consigue recuperarse; del cónsul suizo Eric Leupin, que dijo tras un año de martirio: “Haber sido secuestrado es como haber estado en otro planeta”; del ex gobernador antioqueño Guillermo Gaviria, que escribió a su mujer una semana antes de morir en un intento de rescate: “No veo la hora de abrazarte y compartir nuestra vida”; del comunicador Camilo Valencia, a quien le obsesionaba en la manigua la última imagen de su hijo Alejandro cuando gritaba: “¡No, papá, no te vayas!”, mientras unos despiadados se lo llevaban.

Intentar liberar a estas víctimas a sangre y fuego constituye un grave riesgo que ellas serían las primeras en pagar. Pero la atrocidad mayor no es esa, sino un delito que debería avergonzar a quien lo comete. La ‘Chiva’ enseña a veces a sus amigos la bala con que deberían asesinarlo en caso de que la fuerza pública atacara el cambuche de secuestrados. Su guardián no la disparó porque sintió lo mismo que quienes hemos seguimos el relato de Araújo: se conmovió al ver a otro ser humano humillado por la obscenidad de la fuerza injusta.

ESQUIRLAS. 1. Las ‘denuncias’ de Mancuso son muy curiosas: identifica a supuestos cómplices muertos y calla sobre los vivos. 2. El Globo de Oro para Betty la fea, versión USA, hace de Fernando Gaitán el Gabo de las telenovelas.

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