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¿La izquierda es cualquier cosa?

Lucho Garzón ha redescubierto que gobernar implica cambiar la agenda. Es un poco el viejo cuento de que la izquierda jamás se preparó para gobernar, lo cual es una verdad a medias. Cierto que hasta 1917 la izquierda jamás soñó con tener el poder y que muchos sectores de izquierda padecieron –¿padecen?– frente a él un atolondramiento que a estas horas parece insuperable.

15 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Pero también es cierto que la socialdemocracia logró para la izquierda casi todo lo que se propuso. Y también cosas que ni había soñado. Buena parte de la perplejidad de la izquierda nació antes de la caída del muro de Berlín: el Estado benefactor y garantista había conseguido tantas cosas, que el programa de las izquierdas había terminado vacío. Todavía están en el problema de llenarlo.

La “profundización” del socialismo de Chávez comienza con unas nacionalizaciones que, a mediados del siglo pasado, no escandalizaban a nadie. Fue Lenin el primero que advirtió que nacionalizar una industria no es en sí un proyecto revolucionario. Mientras Chávez resulte elegido popularmente y la propiedad privada siga siendo un presupuesto teológico, los únicos que prolongan la guerra fría, es decir, los únicos mamertos, son quienes lo desean dictador y comunista.

Aunque no hay una manera única y precisa para señalar la izquierda verdadera, es probable que lo de Chávez tenga mayores proximidades a una imagen convencional, es decir, histórica, de lo que entendemos por izquierda. O de lo que entiende un tipo de derechas por izquierda. Nada de eso garantiza que esté claro para dónde va Chávez. Ni que efectivamente vaya.

Lucho Garzón ha dicho, relevándonos de la necesidad de aportar pruebas: “Nunca le daba importancia al tema de la movilidad; me parecía que no era fundamental. Y encontré que el tema tiene que ver con equidad, con calidad de vida, con calidad del aire, con salud”. Bueno, lo mismo podría decirse de la tecnología digital, de las comunicaciones o del sexo. Pero es poco probable que alguno de ellos sirva para entender magnitudes como precios, salarios, redistribución de la renta, desempleo.

El pensamiento social dominante hace de ciertos temas una ideología, precisamente para deshacerse de las inconveniencias de la ideología. Ni la comunicación, ni el sexo, ni la movilidad pueden por sí solos construir un modelo de sociedad. Cuando se exacerban los alcances reales de un dato social cualquiera, lo que se pretende es enmascarar los intereses en juego y plantear la inevitabilidad de un orden social perfecto, regido por consensos fáciles. El fracaso de las arrogancias de la cibernética jamás desestimuló la fábula de una historia sin conflictos desagradables. Sin los “residuos irracionales” de que hablaba Hayek.

Es probable que Lucho Garzón no haya simplificado tanto su discurso como lo sugiere su última entrevista con este diario. Que estemos apenas frente al lenguaje recortado y utilitario de las faenas electorales. No hay que olvidar que las elecciones de octubre hacen parte anticipada del reality del 2010. Aun así, muchos no estamos preparados para una resignación que sugiera que la única disyuntiva que funciona para los bogotanos sea la de que Peñalosa pretenda recibir las gracias y Garzón darlas. Un mero asunto de cortesías entre bicicleteros.

Es útil demostrar, como sin duda lo ha hecho Garzón, que la izquierda es capaz de garantizar una gobernabilidad, pero no al extremo de hacer desaparecer la diferencia. Simplificando, habría que decir que la izquierda es todo aquello que Peñalosa no podría ser. Tal vez procede resignarse a los vientos de la sumisión al mercado, que aún soplan tan fuertes, pero sin renunciar a la certeza de que no es cierto que ese sea un hecho inmutable.

Confiar en que habrá alternativas puede ser el primer estímulo para probar, desde el Gobierno, que la izquierda no es cualquier cosa