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Colombia, un país de apostadores

El segundo país más jugador del continente después de Panamá PEREIRA Perder, cuando detrás está una posibilidad aunque sea mínima de ganar, no parece importarles a los colombianos. (VER CUADRO: RECURSOS Y EMPLEOS GENERADOS (2005) - TRANSFERENCIAS A SALUD POR SUERTE Y AZAR - LO QUE HAY EN EL PAÍS - VENTAS DE JUEGOS DE AZAR)

14 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Muchos, sin falta, le apuestan diariamente a un golpe de suerte con el chance, la lotería, en un casino o en bingo.

Y quizá ni se dan cuenta de que hacen parte del grupo que se gasta al año tres billones de pesos en juegos de azar.

El chance es el que más público tiene. En esto, los jugadores invierten al año 1,8 billones de pesos, según Baltazar Medina, presidente de la Federación Colombiana de Empresarios de Apuestas de Suerte y Azar (Feceazar). Legalmente constituidas hay 56 empresas dedicadas al negocio. El viernes hay 7 opciones para apostar. Por si fuera poco, hay cuatro juegos extranjeros: Play, Evening, Cash y Winy.

Y aunque no hay datos exactos sobre los aficionados a las noches de azar en los casinos, se estima que los colombianos gastan al año 500.000 millones de pesos en esos negocios que funcionan todo el día y hasta el amanecer.

Un sondeo entre los dueños deja ver a primera vista que los costeños, como región, son los más fervientes clientes de esos salones de luces titilantes y máquinas tragamonedas. Opinan que quizá se debe a la influencia árabe y a su espíritu alegre y desprevenido.

Los casinos tienen gran movimiento también en Bogotá y Medellín. Cali, comparado con la capital paisa, tiene menos incidencia. Pereira empieza a ser importante.

“Más que hacer millonarios, los casinos brindan entretenimiento y, como el cine o la rumba, cuestan”, afirma el vicepresidente comercial de Etesa, José Manuel Jaimes.

$ 400 mil millones a las loterías Lo que no faltan son apostadores. No en vano hay registrados en el país 3.200 casinos, 62.000 máquinas de ‘juego vivo’ o ruletas y juegos de mesa y equipos electrónicos. Además, 23 loterías, un Baloto –en el último mes cayó tres veces y entregó 25.000 millones de pesos en premios– el Superastro y el Ganagol. En lotería, los colombianos juegan cada año 400.000 millones.

De todos los juegos legales –casinos, chance y loterías establecidos formalmente– le llegan a la salud cada año unos 500 mil millones, según Claudia Ximena Muñoz, directora de Fedeloterías. Dice que teniendo en cuenta las cifras totales de los juegos, definitivamente Colombia es un país de apostadores.

Claro que el país no puede compararse con Montecarlo, en Europa o Las Vegas, en Estados Unidos, donde hay torneos contra máquinas tragamonedas con premios desde 215.636 dólares (unos 431 millones de pesos) que se acumulan hasta llegar a 11 millones de dólares, pero la inscripción va de 10 dólares (20.000 pesos) a varios miles de dólares. En esta ciudad hay al menos 16 grandes salones de bingos.

Dice que Panamá ocupa un primer lugar en América Latina, según la relación de establecimientos y población, y Colombia el segundo lugar según la misma relación, aún cuando en cifras concretas, brasileños y argentinos superan a los colombianos en la afición por las apuestas.

En los registros que dan cuenta del espíritu aventurero de los colombianos quedan por fuera los juegos y apuestas ilegales, que según Fabio Villa Rodríguez, gerente de la Lotería de Bogotá, tienen entre el 30 y el 40 por ciento del mercado.

“Esto representa, cada año, unos 40.000 millones de pesos menos para la salud. Hay capturas, pero es un delito excarcelable”, agrega. Los juegos generan además 730.000 empleos directos. Estos empleados son los que conocen directamente las ilusiones o angustias detrás de cada boleta de chance o máquina tragamonedas. Entre ellos es conocida la historia de Lucy, un ama de casa que hace 10 años fue a celebrar sus 40 años en un casino y ahora no sale de los locales.

Primero acabó con los ahorros y ahora solo le queda una cama y un nochero.

Su esposo, un funcionario oficial, también se aficionó y cuando recibe el sueldo lo debe todo por prestar para jugar. Tres de sus cuatro hijos se fueron del país. Cuando se reúnen, prefieren obviar este tema que marcó sus vidas.

Las angustias detrás de la ruleta o de una máquina tragamonedas FRANCISCO ARIAS BONILLA IVÁN NOGUERA YANTEN REDACTORES DE EL TIEMPO PEREIRA “Descrúcese, no ve que bloquea su energía”, dice Marcela (*) al hombre que con los brazos cruzados está detrás de una joven de trenzas rojizas.

Marcela y su amiga están frente a dos máquinas y veloces oprimen botones luminosos buscando que en la pantalla coincidan tres imágenes.

“Rápido, no deje pensar la máquina, debe ser más veloz que ella”, aconseja a la joven.

Marcela tiene 60 años y la pelirroja unos 23. Las une la afición por el juego en casinos, donde se encuentran todas las noches. En tres de esas noches EL TIEMPO participó de los sueños y desventuras de los apostadores.

Marcela y la pelirroja son el primer contacto en esos desvelos y amaneceres buscando ganarle a una máquina.

“Que no les pase lo que a mí –advierte Marcela– que vivía en México con un buen nivel social. Allá no permitían estos negocios y cada año traía entre 5.000 y 10.000 dólares para jugar, hasta que me quedé. Mi salvación es devolverme”, dice.

Los casinos funcionan entre 10:00 a. m. y 2:00 a. m., aún en Navidad y Semana Santa.

Los clientes, sin importar su nivel social, rechazan el diálogo o responden hoscos. Olvidan el mundo exterior frente a una máquina, ruleta o cartas.

Prohíben toda foto.

A las 7 p.m. encontramos apostadores comiendo en mesas de ruletas y baccarat (juego de cartas). “Dan almuerzo, comida, refrigerio y trago, por lo general whisky. Nos celebran el Día del Padre, de la Madre, de Brujas”, dice un empresario que juega acompañado de su esposa. Al rato entra una pareja con un hijo y una sobrina.

Ganar o perder Marcela saca 10.000 pesos, luego 20.000 y al final 50.000. ‘Mima’ a la máquina pidiendo suerte y la carga de insultos cuando pierde.

“Hay quienes vienen con 500 pesos para jugar de a 20 pesos y otros apuestan hasta 50 millones”, dice la administradora de un local.

Una mujer de 40 años observa una máquina que ‘vomita’ monedas marcadas con el nombre del casino. Ganó 80.000 pesos, pero su rostro no refleja alegría.

“Valiente gracia, ya había metido 90.000”, dice con amargura.

Hay mucha gente de la tercera edad de ambos sexos. El humo de cigarrillo impregna las prendas. “Cambio, cambio”, se escucha a menudo y jóvenes acuden con paquetes de 2.000 pesos con 40 fichas en papel, que tiran al suelo. Cada rato pasa un empleado recogiendo esa basura, lo que queda de la esperanza de un golpe de suerte.

Una máquina permite el ingreso de billetes de 5.000 pesos. Juega ‘créditos’ de 20 pesos. La idea es hacer coincidir tres figuras. Insertamos un billete y entre aciertos y errores, jugando de a 20 pesos, nos dura 12 minutos y 15 un segundo billete. Ya antes, en otros juegos, habíamos dejado 20.000. Como a ese ritmo estaremos en poco tiempo sin un céntimo, a las 12:00 p.m.

decidimos salir. Ahí queda Marcela cuando casi termina sus 50.000.

Un vendedor ambulante de zapatos desgastados está como ‘clavado’, de espaldas a la máquina en que dejó sus ingresos del día.

Otra noche la cita con la suerte es con la lotería y el chance. Es una cita que también desde hace 10 años cumple Blanca Miriam Patiño, de 61 años. Dice que pone el billete y el chance en un altar en su casa a la Virgen de Fátima. Ha ganado chance pero cumple una década sin acertar lotería. Como Julio César, de quien nos cuentan que ganó con el 507 y murió a los 85, luego de 40 años apostando a las carreras de caballos y loterías, sin éxito.

En un local de chance encontramos a ‘Lechuguita’, de cara pintada y traje de payaso, su ‘pinta’ de pregonero en almacenes. Hace 10 años ganó 80.000 pesos y desde entonces juega 2.000 diarios, sin suerte.

La gente pregunta por los ‘quedados’, (números que llevan mucho sin salir).

Por cada peso apostado pagan 400 en apuesta de tres cifras y 4.500 por los de cuatro. Los vendedores ganan el mínimo.

También llega Pedro, de 31 años, administrador de una finca. Hace tronar la moto que compró con los 110 millones que ganó en noviembre pasado, luego de invertir 20.000 pesos. Es la primera vez en 15 años que gana un buen premio y ahora sigue apostando el Superchance todos los sábados.

Una vendedora de chance dice que la gente “apuesta a los que dicen astrólogos, las fechas clave, como el 9-11”.

Explica que el sistema suma y cuando un número llega a tres millones no permite más apuestas a ese número.

Cerca de ahí, en un costado de la Plaza de Bolívar, comparten espacio Lucely Cifuentes, madre cabeza de hogar, Ana Marlén Pulido y Carlos Alberto Mercha.

Son vendedores de lotería.

“Todos vendemos y no hay enfrentamientos entre nosotros. La gente espera ganar y nuestro oficio es tratar de hacer realidad su sueño”, dice Mercha.

Jugamos máquinas en los casinos, y en chance y lotería apostamos a los números quedados, los usuales, varios que nos recomienda una joven y algunos de nuestra preferencia. La idea es cubrir todas las posibilidades.

Como canta Henry Fiol en su disco Mala suerte: “Juego el 701, sale el 702, juego el 421 sale el 422/ salao, salao, siempre salao”. Como nosotros, que gastamos 60.000 pesos y ahora toca hacer ajustes para el bus.

* Nombres cambiados .

NO HAN HALLADO IRREGULARIDADES EN CASINOS ''La parte de lavado de activos no nos corresponde a nosotros sino a la Fiscalía y a los jueces. De 3.200 locales solo hay dificultades en uno”.

José Manuel Jaimes, vicepresidente comercial Etesa.

HAY MUCHO CONTROL ''No se escapa que personas utilicen a ganadores de lotería para lavar recursos, pero se hace mucho control, se verifica el billete, procedencia, distribuidora”.

Claudia Ximena Muñoz, directora de Fedelco