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Bush: en manos de Alá

El giro del presidente George W. Bush en su estrategia en Irak, anunciado el miércoles, ha despertado no solo una cerrada oposición entre los demócratas sino escepticismo e inconformidad en las filas republicanas. Para no hablar del resto del mundo. Y no es para menos. A 30 años de la derrota de Vietnam y con el mandatario estadounidense convencido de que más de lo mismo es la salida para el pantano iraquí, los Estados Unidos se juegan, nada más y nada menos, que reeditar en el siglo XXI su mayor fiasco del XX. Desconciertan la arrogancia de poder y la ignorancia de la historia, comenzando por la del mundo árabe, que refleja la salida de Bush.

13 de enero 2007 , 12:00 a.m.

En contravía de las expectativas sobre un retiro gradual de las tropas, la administración desoyó las propuestas del bipartidista Grupo de Estudio sobre Irak y anunció que añadirá a sus 132.000 hombres otros 21.500 .

El argumento de Bush es que las tropas han sido insuficientes para controlar la violencia sectaria entre sunitas y chiitas en Bagdad y que hasta ahora han tenido limitaciones para el control de zonas chiitas, pues el gobierno del primer ministro Nuri Kamal al Maliki (mayoritariamente chiita) no lo facilitaba.

En consecuencia, el nuevo plan contempla enviar 17.500 soldados estadounidenses a Bagdad, que se asentarán en los nueve distritos de la ciudad. Irak debe aportar tres brigadas. Cada división iraquí contará con una brigada de E.U. Coalición que así podrá ‘limpiar’ los barrios de insurgentes, mantener el ‘control’ y ganarse la confianza de la población, para iniciar la ‘reconstrucción’ (con 1.200 millones de dólares que pondrá E.U. –además de los 5.600 millones que costará el despliegue–y 10.000 millones que aportará Irak). El gobierno iraquí, además de poner hombres y dinero, debe acabar la complicidad con las milicias chiitas, en especial la del clérigo radical Moktada al Sadr, que controla el este de Bagdad, ha convertido en tierra arrasada los vecindarios sunitas y es muy influyente en el parlamento y el gobierno.

* * * * Oyendo a Bush hablar el miércoles era imposible no rememorar la conducta del presidente Richard Nixon en 1970. Poco antes de iniciar la reducción progresiva de las tropas estadounidenses en Vietnam –que habían llegado a 550.000 hombres con Lyndon Johnson–, lanzó contra Camboya una gigantesca operación de bombardeo y una invasión terrestre para atacar al ejército de Vietnam del Norte allí acantonado. Una de las últimas ‘patadas de ahogado’ antes de la derrota de 1975.

Bush ni siquiera es capaz de un esfuerzo de esa envergadura. “Muy poco, muy tarde”, le han dicho, al criticarle que ya ha habido aumentos similares, sin resultado. Apenas 20 por ciento de los estadounidenses, según las encuestas, respalda el aumento. “Aprendí en Vietnam que cuando el público deja de apoyar una guerra, hay que olvidarse de ella; es el fin”, dijo un antiguo ayudante de Johnson.

La apuesta de Bush tiene inmenso riesgo. Carece de táctica militar convincente y estrategia política global. Es más de lo mismo, pero a una escala que no garantiza el éxito: para el control de Bagdad, que tiene 6 millones de habitantes, habrá, a lo sumo, 100.000 efectivos de la coalición.

Lo que implica añadir al barril sin fondo de esa guerra casi 7.000 millones de dólares. Según el senador Barak Obama, se han gastado en estos tres años 400.000 millones. Eso equivaldría a gastarse el Plan Colombia de 5 años en menos de 10 días. Un esfuerzo ruinoso que ya afecta la economía estadounidense. Se pondrá el énfasis en una modalidad de guerra urbana que puede convertir a Bagdad en teatro de campales batallas callejeras, como la librada por varios días contra milicias sunitas por el control de Haifa, una avenida de 3 kilómetros... ‘recuperada’ hace dos años.

* * * * Lo más aventurado es que el plan depende de que el primer ministro iraquí, Maliki, acepte que se ponga coto a los “escuadrones de la muerte” chiitas, que están entre sus grandes apoyos. Su gobierno no solo incumplió sus pasados compromisos para reforzar Bagdad, sino que ha hecho la vista gorda a la infiltración de la Policía por parte de esas milicias. Difícilmente, la población sunita va a confiar en fuerzas que están bajo serias sospechas de participar en la ‘limpieza’ de sunitas.

Con esta movida, Bush se pone, literalmente, en manos de Alá. Desoyó los llamados a tender puentes con Siria e Irán. Ordenó enviar otro portaaviones al Golfo Pérsico y sus tropas asaltaron el consulado de este país en Irbil (Kurdistán) y capturaron a cinco iraníes acusándolos de ayudar a desestabilizar Irak.

* * * * La cerrada oposición que ha encontrado este plan es más que comprensible. Los demócratas van a protagonizar todo tipo de querellas, aunque, posiblemente, no detendrán a Bush. Y están divididos sobre cómo actuar.

Pueden restringir la financiación, pero esa es una medida riesgosa, sobre todo en tiempos preelectorales. Y pueden llevar a cabo debates y audiencias o votar resoluciones no obligantes, que es por lo que muchos parecen inclinarse. El caso es que, mientras en Washington discuten acerca de cómo salir del pantano, en Irak, y sobre todo en Bagdad, arrecia una guerra que ya es imposible no llamar civil.

Bush se juega su sitio en los libros de historia. Y el futuro del Partido Republicano, que podría, no solo perder la Presidencia en el 2008, sino verse condenado a ser minoría por años. Pero lo más grave aún no se ha evaluado suficientemente: cuánto puede costarle al mundo el empecinamiento del Presidente de Estados Unidos en Irak. Como escribió Zbigniew Brzezinski, ex asesor de seguridad nacional de Jimmy Carter, en The Washington Post: “El discurso refleja una profunda incomprensión de nuestra era. E.U. actúa como potencia colonial en Irak. Pero la era del colonialismo se acabó”