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Nuevo mando en Naciones Unidas

Después de 10 años bajo la dirección del africano Kofi Annan, las Naciones Unidas estrenaron nuevo secretario general. El surcoreano Ban Ki-moon recibe el control de uno de los entes más influyentes de la comunidad internacional en medio de profundas críticas, escándalos administrativos y un papel incierto. La situación es tan seria que el primer mensaje que envió el secretario Ban fue: “Reconstruir la confianza”. El legado de Annan es tan positivo en cuanto a planes de acción y visión como agridulce en el manejo del poder en este “parlamento de la Humanidad”.

12 de enero 2007 , 12:00 a.m.

La década de Annan deja a la ONU con fortalezas en varios frentes. En primer lugar, las Metas de Desarrollo del Milenio, adoptadas en el 2000, son una carta de navegación para la lucha contra la pobreza y a favor de mayor ayuda internacional para los países más pobres. Las críticas a este megaplán abundan y muchas provienen de luchas internas del mismo sistema de Naciones Unidas. Para muchos expertos –incluido el excelente libro del economista William Easterly, La carga del hombre blanco–, las Metas del Milenio como estrategia de desarrollo sufren de excesiva centralización y de un diseño de arriba hacia abajo que desconoce los avances locales.

Sin embargo, en la mayoría de metas, el mundo sigue rajado. Un mejor balance está en las misiones de paz y de ayuda humanitaria. Según un informe reciente de la revista inglesa The Economist, unas 30 millones de personas en unos 50 países se benefician actualmente de estos programas. A pesar de que estos logros no están exentos de críticas, reflejan el conocimiento técnico de Annan en estos temas.

La carga que le deja Annan a Ban está relacionada con las relaciones con Estados Unidos, el balance de poder con los países en desarrollo y un revolcón administrativo interno. Hasta su último discurso, Annan mantuvo sus duras críticas a Estados Unidos. La oposición de la administración republicana de Bush a la ONU es todo, menos diplomática. El último embajador estadounidense a la Asamblea, John Bolton, es un crítico abierto de la organización y en su corta estadía en Nueva York logró galvanizar la oposición de muchos países subdesarrollados. A esto se le suma que las Naciones Unidas no acompañaron oficialmente la aventura militar norteamericana en Irak. No obstante, la dependencia financiera de la Organización de Estados Unidos, el apoyo que el propio Ban recibió en su campaña y la condición de superpotencia hacen inevitable que el nuevo Secretario busque iniciar su mandato en paz con el dueño de la casa.

Asimismo, Annan perdió una oportunidad dorada en el aniversario 60 de la ONU para introducir reformas necesarias, incluida la del Consejo de Seguridad.

La queja de muchos países en desarrollo, entre ellos poderosas economías emergentes, es que la estructura de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad –China, Estados Unidos, Francia, Rusia y Gran Bretaña– refleja una realidad post-segunda guerra mundial que es muy lejana del escenario internacional actual. En el 2005, Japón, Alemania, Brasil e India iniciaron un fallido movimiento pro ampliación del Consejo de Seguridad y del poder de veto, que fue contrarrestado por otra coalición de países, incluidos los africanos.

Para “reconstruir la confianza”, Ban tendrá también que activar las respuestas de la ONU a problemas inmediatos como la masacre patrocinada por el gobierno de Sudán en Darfur y las sombrías perspectivas de paz en Oriente Medio. No hay tampoco mucha claridad en el papel que debe cumplir Naciones Unidas en la reciente carrera de proliferación nuclear con Irán y Corea del Norte a la cabeza, así como en los efectos de un terrorismo con apoyos de muchos Estados y con amplia movilidad por el mundo.

pachomiranda@yahoo.com