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El destino en 2007

Una de las ventajas de no celebrar la llegada de un nuevo año es que uno puede dedicarse a ver lo que hacen los demás. A modo de ejemplo, en estas fechas la gente consulta a cualquier pitonisa que se le atraviese para que le diga qué le depara el destino. Según un informe de El Tiempo, mientras los oráculos de barrio atienden 25 personas semanales en un mes cualquiera, en el final del año pueden llegar a tener 50 consultas en una sola noche.

09 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Ustedes dirán que ya se sabe que Colombia es tierra de incautos. Tienen razón. Pero lo que me parece interesante es que mientras los colombianos van un día a que un adivino les diga qué va a hacer el destino con ellos, al día siguiente sentencian lo que ellos van a hacer con el destino. Me refiero a los que en medio de los brindis de fin de año hacen toda clase de promesas: van a dejar de fumar, van a dejar de tomar, y un etcétera tan variopinto como las debilidades humanas.

También dirán ustedes que las promesas de fin de año no tienen nada de interesante. De acuerdo: son jartísimas, sobre todo cuando las hace un borrachín con los ojos vidriosos. Lo que me parece fascinante es la contradicción que hay en la idiosincrasia colombiana: de un día para otro pasamos de creer que nuestro futuro está escrito -y que lo único que podemos hacer sobre él es pagarle a un extraño para que lo lea- a pensar que somos seres libres y que tenemos la capacidad de construir nuestro porvenir a voluntad.

¿Creemos que tenemos las riendas de nuestro futuro? Una manera de responder ese interrogante es analizar lo que leemos, que en alguna medida revela lo que creemos. Según una encuesta del Dane, los libros de texto son la lectura más frecuente entre los colombianos que tienen de 12 a 29 años de edad, una etapa gloriosa de la vida en que las personas creen que pueden forjar su futuro con estudio y esfuerzo.

Pero las cosas cambian de los 30 años de edad en adelante. Cuando la gente ve que el salario no alcanza para pagar las deudas que dejó la universidad, empieza a dudar de sus capacidades y necesita un efusivo ‘¡tú puedes!? De hecho, según los resultados de la encuesta del Dane, entre los 30 y los 49 años crece notablemente la lectura de libros de autoayuda y desarrollo personal.

La confianza en uno mismo se deteriora más a medida que siguen pasando los años, cuando se hace evidente que no hay maestría ni abrazoterapia que ofrezcan certezas sobre el único destino ineluctable: la muerte. Entonces la gente deja de creer que tiene las riendas de su vida y se las cede a un ente superior que, ojalá, le entregue el pasaporte al más allá. Los resultados de la encuesta así lo confirman: lo que más leen los colombianos mayores de 50 años son textos religiosos.

¿Somos dueños de nuestro destino, o el destino es dueño de nosotros? Nuestras respuestas son tan sólidas como una gelatina. Eso lo saben las pitonisas, los tarotistas y los adivinos que en cada mes de enero hacen su agosto con módicas consultas de cien mil pesos. También lo han sabido durante siglos los jerarcas de las iglesias que se disputan nuestra fe, quienes se han llenado de poder y riqueza a costa de nuestras dudas.

Este 2007 que comienza es un buen año para que también lo sepamos nosotros.

Está escrito en nuestro destino.

¿Somos dueños de nuestro destino, o el destino es dueño de nosotros?”