Archivo

Impresiones de un viajero

Estas festividades tuve oportunidad de viajar largamente en automóvil por buena parte del país, desde el Valle del Cauca hasta la Orinoquía y desde la capital hasta la Guajira, pasando por los Santanderes y regresando por el Magdalena Medio.

09 de enero 2007 , 12:00 a.m.

El viaje, desde el punto de recreación ocular, es uno de los mayores placeres que puede tener una persona. Auténticas joyas como la zona cafetera, los ríos del Meta y Casanare, Barichara y el parque Tayrona, merecen ser visitados por todo compatriota por lo menos una vez en la vida.

Lo que más asombra al viajero, aparte de la diversidad del clima y de los paisajes, es (con contadas excepciones) el lamentable estado de nuestras carreteras. Da rabia y tristeza ver que prácticamente la totalidad de la carga del país se tiene que mover, necesariamente, a través de nuestras cada día más deterioradas vías. Caro estamos pagando los colombianos la incomprensible estupidez de haber dejado acabar los ferrocarriles nacionales. Cerca de La Loma, en el Cesar, tuve oportunidad de ver un tren arrastrando 120 vagones con 50 toneladas de carbón cada uno. Dos locomotoras, en un solo convoy, estaban haciendo el papel de 200 mulas. Pero el país no sólo dejó morir los ferrocarriles, sino que las pocas vías férreas que reacondicionó las dejó de trocha angosta con el resultado final que es prácticamente imposible conseguir material rodante para este tipo de anchura. Bordea lo ridículo ver la Troncal de Occidente, donde la vía está en perfectas condiciones, pero no ruedan ni carga, ni pasajeros.

Pero el mayor problema está por venir: a medida que la economía, Dios mediante, crezca por encima del 6 por ciento y que se logren implementar nuevos tratados comerciales como aquel de Libre Comercio con Estados Unidos, la carga terrestre va a aumentar de manera explosiva. Y esta carga, transportada casi exclusivamente en tractomulas, va a terminar de destrozar nuestra frágil y precaria infraestructura vial, por no hablar de que será imposible al viajero particular transitar ya que simplemente las mulas coparán todo el espacio disponible.

Hay dos temas que asombran igualmente al viajero: la absoluta irracionalidad de fijar en 80 kilómetros la velocidad máxima en todo el territorio nacional. Este límite se lo birlan con pasmosa impunidad todos los conductores, desde las mulas hasta las flotas, ante la mirada impávida y complaciente de las autoridades. El segundo aspecto es la pésima señalización, y en las escasas vías donde existe, la proliferación ilógica de dobles líneas amarillas hacen que todo conductor haga caso omiso de ellas.

Lo que si es admirable y digno de felicitación es el comportamiento de algunas autoridades, principalmente los Salvavías, y de las Fuerzas Armadas, cuyo sacrificio y abnegación le permiten a millares de compatriotas viajar con tranquilidad a lo largo del país.

Da rabia y tristeza ver que casi la totalidad de la carga del país se tiene que mover a través de nuestras cada día más deterioradas vías.”