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La justicia de los vencedores, al estilo iraquí

Saddam Hussein está muerto, pero no todos los iraquíes lo celebran. Por el contrario, la manera en que los diversos grupos religiosos y étnicos en Irak respondieron a su ejecución es emblemática de la dificultad que implica mantener unido a Irak como una entidad coherente.

07 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Para la mayoría chiita, brutalmente oprimida durante mucho tiempo por Saddam y todos los regímenes iraquíes anteriores dominados por los sunitas, la muerte de Saddam simboliza su conquista de hegemonía política. Su regocijo triunfalista es un cruel recordatorio de que cuando los oprimidos se liberan, fácilmente se pueden volver opresores.

Para la minoría sunita, expulsada del poder por la invasión de E.U. y que desahoga su frustración con ataques diarios contra la población chiita y sus sitios sagrados, Saddam seguirá siendo un héroe. Los kurdos –que, como los chiitas, fueron víctimas de Saddam durante décadas– se aferran silenciosamente a su independencia de facto en el norte, asegurándose de que nunca más vivirán bajo un régimen árabe.

El primer ministro iraquí, Nuri el-Maliki, que representa a la gobernante coalición kurdo-chiita, manifestó la esperanza de que el fin del dictador ayude a curar las divisiones sectarias. Pero, por más sinceras que puedan sonar sus palabras, la realidad avanza en la dirección contraria y, de hecho, los desagradables intercambios verbales alrededor de la ejecución misma poco ayudarán a disipar la noción de que esta fue la “justicia de los vencedores” –siendo los vencedores los chiitas y no Estados Unidos–.

Nada de esto es un buen augurio para el futuro de lo que deberíamos acostumbrarnos a llamar “el ex Irak”. Por cierto, el debate en Washington sobre cómo “reparar a Irak” es irrelevante, ya que algo que no existe más –Irak como Estado en funcionamiento– no puede repararse. Bajo la apariencia de acuerdos constitucionales inspirados por E.U., la mayoría chiita logró atribuirse un poder casi absoluto.

En consecuencia, lo que hace apenas unos meses había parecido desde Washington una transición exitosa a una suerte de gobierno representativo es obviamente una parodia: de la misma manera que bajo el régimen de Saddam, el poder hoy emana del cargador del arma –solo que hoy el Estado no ejerce un monopolio de los medios de violencia–. Cada milicia, cada ministerio, cada facción política chiita, tiene sus propias armas, sus propios terroristas y escuadrones de la muerte –mientras los sunitas siguen usando los arsenales de armas que acumularon bajo el régimen de Saddam para combatir una acción de retaguardia contra el nuevo orden, aparentemente legitimado por las elecciones–.

No hay ningún poder –salvo una nueva dictadura violenta– que pueda hacer que chiitas, sunitas y kurdos convivan en un único cuerpo político. El sueño quimérico de Estados Unidos de democratizar de la noche a la mañana a una sociedad profundamente dividida y acostumbrada únicamente a la violencia y la coerción desató una serie aterradora de demonios políticos.

En estas circunstancias, el debate post-Baker-Hamilton en Washington es básicamente irrelevante para el futuro de Irak –aunque siga siendo crucial para el futuro del poder, el prestigio y la reputación de Estados Unidos en el mundo–. El futuro de Irak será decidido por el pueblo de Irak, pero con armas, no con urnas. Estados Unidos y toda la comunidad internacional están absolutamente desprovistos como para tratar con la versión en Oriente Medio de Yugoslavia y sus consecuencias regionales. Y, a diferencia de los Estados sucesores de Yugoslavia, que podrían mirar a Europa, la falta de un legítimo modelo democrático árabe hace que forjar un orden democrático resulte aún más difícil.

Algunos europeos, entre otros, pueden regodearse con el fracaso de Estados Unidos en Irak, y la ineptitud –o algo peor– de la política de post-ocupación norteamericana clama al cielo. Sin embargo, las causas originales de ese fracaso llegan más hondo, hasta la creación de Irak como una entidad artificial en los años 20 por parte de los planificadores imperialistas británicos, que juntaron a tres provincias disímiles del derrotado Imperio Otomano en un Estado sin una identidad coherente.

Por cierto, los cimientos mismos de Irak estaban basados en la justicia de los vencedores: el Imperio Británico, después de vencer a los otomanos, convirtió a los árabes sunitas en jefes supremos en un país en el que eran minoría. Ese arreglo ahora se disolvió tras otro ciclo de justicia de los vencedores.

Las consecuencias de este reordenamiento del poder todavía no son claras.

Pero un Estado iraquí coherente –ya sea unitario, federal o confederal– no surgirá de una sociedad en la que una parte de la población ve a Saddam, acertadamente, como un opresor atroz, mientras que otra parte lo reverencia como un héroe y un mártir.

Las guerras siempre tienen consecuencias involuntarias e ironías crueles. En Irak, recién ahora se evidencia que algunos Estados no pueden salvarse sin ser destruidos.

* Profesor de ciencia política de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ex director general del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel © Project Syndicate, 2006