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Lo que no se debe repetir

En homenaje a su padre, el médico Héctor Abad Gómez, apóstol de los derechos humanos, vilmente asesinado hace veinte años por razón de sus ideas y sus prédicas, su hijo Héctor Abad Faciolince ha dado a la luz estremecido y estremecedor testimonio de su vida y de su muerte en libro cuyo título, El olvido que seremos, no anticipa su hermoso y apasionante contenido, ni en rigor hubiera requerido la explicación de su capítulo final.

04 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Con intenso deleite se recorren las páginas en que el autor describe su ambiente cordial, su estrecha relación con su progenitor y su admiración sin límites. Los escenarios familiares y los ancestros de sus apellidos que, por su madre, lo vinculan al linaje de los García Benítez y García Ordóñez de Bucaramanga, altamente apreciados en esta ciudad. Por supuesto, es en su residencia de Medellín, complementada luego con la finca de Rionegro, donde transcurre lo principal de la historia, con su espontánea alegría y su temprano sobresalto.

Los aletazos aciagos de la primera violencia obligan al profesional, experto en salud pública, a ausentarse de Colombia y a ejercer sus conocimientos en el exterior, primero en Washington y más adelante en varios países del Asia.

La adversidad no lo disuade de sus convicciones ni lo lleva a cesar en su ardorosa defensa. En la Facultad de Medicina mantiene su cátedra y a toda la urbe extiende sus lecciones y prevenciones. Desprendido y manirroto, proyecta su inteligencia a los demás y procura servirlos según su leal saber y entender. Sin reatos y con vehemencia denuncia atropellos e iniquidades.

En ciertas actitudes y posiciones, a veces se le va la mano y se le ofusca el criterio, por iluso o por incauto según la interpretación filial. Ello contribuye a generarle reticencias y gratuitas animadversiones.

En este testimonio del hijo sobre el padre, todo un canto de veneración y amor, conturba inmensamente el relato de como se ordena y consuma su sacrificio y, enseguida, se lleva a cabo el de otras dos destacadas personalidades que en su lucha por los derechos humanos lo acompañaran. A mansalva y sobre seguro, en el corazón palpitante de la risueña Medellín.

La mafia se había enseñoreado de sus calles, hasta el punto de realizar con precisión matemática sus planes de exterminio selectivo. Pensar y obrar en función del bien común se constituyó en temeridad digna de mortífero castigo. Por desgracia, la ola criminal no se extinguió con la muerte del capo Pablo Escobar. Tampoco el narcotráfico, sus agentes y procedimientos.

Conforme es bien sabido, se reestructuró y apoderó de estratégicas palancas y propiedades en departamentos y municipios.

En octubre del 2007 habrán de renovarse, democráticamente, los poderes regionales y municipales. El país debiera empeñarse en que mafias como las responsables del crimen de Héctor Abad Gómez y de otras destacadas figuras, no accedan a los puestos de responsabilidad, mando y manejo. Siempre decimos nunca más a semejantes atrocidades, impunidades y violencias. Pero se repiten y el terrorismo de diverso signo se ensaña en gentes desprevenidas, así se hayan recobrado el tránsito por carretera y la seguridad en escala importante.

Los crímenes de que fueron víctimas Gloria Lara, Luis Carlos Galán, Guillermo Cano o Low Murtra, así como los de los candidatos presidenciales de la Unión Patriótica y tantos compatriotas más, continúan clamando al Cielo y esperando su pleno esclarecimiento y el veredicto histórico de la justicia por parte de los jueces.

A los ciudadanos rasos toca velar por que no vuelva a prosperar el ambiente que los hizo posibles y por que en las urnas no se cuele la complicidad y menos la simpatía taimada de quienes aspiren a gobernadores, alcaldes, diputados y concejales. El clientelismo ha sido peste de la libertad de elegir. Armado y mafioso, su capacidad de daño se extrema. Como en otros órdenes, la idea cruel de que el desempleo es necesario para curar percances económicos.