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La lección de Eta

No era para nosotros, por supuesto, pero nunca fue más oportuna y concluyente. El grupo terrorista Eta acaba de enseñar lo que teníamos bien sabido y pretenden ignorar algunos aprendices de política. Con el terrorismo no se pacta, ni se conversa siquiera. Y quien viola este principio fundamental, se lleva de paso una vieja lección, tan amarga como la que el dialogante señor Zapatero acaba de recibir.

04 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Hace por ahí un mes y medio vino a Colombia el eximio José María Aznar, y en declaraciones para nuestro espacio radial La Hora de la Verdad sentenciaba aquello de que con un grupo terrorista no se habla, ni se negocia, ni se pacta. Solo para convenir los detalles de su rendición y su entrega a la autoridad legítima valdría hacerlo, agregaba el ex presidente de Gobierno de España.

No sabía entonces nuestro entrevistado que a su torpe sucesor, el señor Rodríguez Zapatero, le daría muy pronto la ventolera de discutir con Eta, para pactar la paz en España. Aznar anticipaba que un encuentro de ese género fortalece a los criminales y envilece a la sociedad; que pone en igualdad de condiciones el delito y la justicia; que eleva a los malvados y rebaja a los inocentes; que, en fin, destruye los cimientos del Estado de Derecho para crear a cambio el que nace de la fuerza bruta y no tiene más título que su salvajismo.

Una sociedad amedrentada está irremisiblemente perdida, concluía Aznar, y esos diálogos, que se establecen con el pretexto de la generosidad, no tienen más inspiración que el miedo.

Pues el tal Zapatero rescató de las tinieblas al grupo de la Eta y lo restableció cuando estaba liquidado. Cuando no merecía sino desprecio del pueblo español, he aquí que lo resucitan y elevan a la categoría de alta parte contratante. El Estado español, de un lado, y del otro los asesinos, secuestradores, cobardes expertos en la matanza individual y colectiva de inocentes.

Pero el diálogo ante todo, decía Zapatero, como tantos de su estirpe, que no solo desprecian los principios, sino que desatienden las lecciones de la historia. Y ahí vino lo que tenía que venir. Que para fortalecer su posición negociadora, Eta había de probar su capacidad de hacerles daño a muchos, su único título para sentarse en la mesa de las negociaciones. Y logró la hazaña de poner un carro bomba con explosivos capaces de destruir una buena parte del aeropuerto de Barajas, el edificio más conocido de España. Cerca de 40 mil toneladas de desechos, hierros retorcidos, concreto despedazado dejó el atentado. Y con esos destrozos, un par de muertos, una docena de heridos y rota en pedazos la fe de los españoles en su propio destino, en la virtud de la Ley, en la eficacia civilizadora de su democracia.

Sin saber cómo ni a qué horas, a nuestro Presidente han querido volverlo negociador con bandidos. En eso lo tienen hace cosa de un año, con los más despreciables delincuentes de nuestra era reciente. El Eln es experto en la siembra de minas para asesinar niños, en la voladura de oleoductos, en el secuestro de ciudadanos humildes, y cómo iba a faltar, en la utilización del narcotráfico para financiarse. Y hace un año se burla de nuestras intenciones cándidas y demuestra, como los de Eta, que la sociedad organizada no puede transar con quienes la destruyen.

Y como si la dosis no fuera suficiente, el equipo de los dialogantes insiste en lo que llaman intercambio humanitario, que no es otra cosa que el trueque de la legitimidad por el delito, la entrega de la justicia a los matones, el estúpido contado, que sería por lo menos el tercero, de nuevos intercambios, que por lo pronto exigen nuevos secuestros, más terror y adicionales cobardías.

La Eta habló para España en su lenguaje de dinamita. Pero bien valiera que se la oyera en Colombia, que parece dispuesta a repetir la idiotez de Zapatero.