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Brindar con la muerte

Todos los días recibe mi buzón las más variadas sorpresas: ediciones fantásticas, invitaciones a viajar por el mundo, postales humorísticas, anónimos insolentes y hoy, en sobre especial, el veredicto del honorable tribunal médico, resultado de una endoscopia y una biopsia de mucosa gástrica antral. Dice: “Gastritis crónica atrófica activa con cambios marcados de metaplasia intestinal completa.” Tengo 66 años recién cumplidos.

03 de enero 2007 , 12:00 a.m.

La misma edad de mi padre cuando se desprendió de la vida a causa de un cáncer. Durante todo el año estuve haciendo aspavientos de estar superando el límite fatídico.

Como no tengo ni idea de lo que significa el dictamen, se lo envío por fax al iriólogo que me ha estado viendo, y él me responde que mejor vaya presto a donde el gastroenterólogo, que eso de la metaplasia le preocupa.

Entonces cometo la burrada de buscar ‘metaplasia’ en el Internet. Y cuando al final de la definición veo la palabra cáncer, así sea condicional, se me para el poco pelo que acaban de reinsertarme.

Preocupado por lo que podrá ser del mundo sin mí, y de lo que será de mí sin mi vida, se me vienen a los ojos esas lágrimas que no brotaron en todos los entierros a los que asistí de vestido negro. Me siento por anticipado mi propio deudo.

Cuando a papá le hicieron la biopsia, ese pellizco en la caparazón del cangrejo que se había pasado dormido un cuarto de siglo, se le activó de repente y se lo llevó en pocos meses. Él nunca había querido ir donde el médico, a pesar de lo flaco que era. “El cáncer son los médicos”, dijo. Y le tocó morir en el pavor de su aserto.

“Cada día me parezco más al vivo retrato de mi padre”, escribí al comienzo de uno de los poemas que le dedico. Y hoy, 19 de diciembre de 2006, parece que es el día en que más me le parezco.

Acabo de cerrar conmocionado el libro de Héctor Abad donde habla de la pacífica vida de su padre y venga con la palabra su muerte violenta. Lo que siempre quise hacer con mi padre, aunque murió por sus propios medios, si es que así puede decirse del cáncer que él incubó.

En la soledad de mi estudio, acariciando las obras completas de Proust, de Conrad, de T.E. Lawrence, de Faulkner, que ya nunca volveré a abrir, destapo esa botella de Sello Azul que tenía para alguna ocasión especial y la voy instilando. Tenía en turno las biografías de Bob Dylan, de Andy Warhol y de santa Teresa de Jesús, esta última por recomendación de Ciorán. Más de media biblioteca se me quedará por leer, como más de media humanidad por amar.

Como más de la mitad de mi obra por escribir.

¿Con qué cara llegaré a la presencia de Dios, si es que me gané el privilegio? Tengo la seguridad de que me va a recibir sin mucha antesala.

Ante todo, le cuestionaré por haberme hecho partícipe del don de la vida en un país donde nada vale. Pero le agradeceré por haberme dado, por los medios menos recomendables, como son los del espiritismo, la vislumbre certera de su existencia.

Y ahora, ¿con qué cara despedirme de las criaturas de luz que dan vueltas alrededor de este corazón que aún bombea? No puedo quejarme de lo que me ha tocado en suerte. Tuve padres y hermanos amorosos, amigos geniales, compañeras incomparables, dos hijos sensacionales, en mi jardín veo saltar un conejo que se llama ‘Playboy’ y estoy sumergido en una biblioteca que bien quisiera el que quemó la de Alejandría.

Para desearme feliz navidad me llama mi sobrino el médico Andrés Castro y aprovecho para comentarle al desgaire el resultado de los exámenes. Él me dice que sí, que es una gastritis que merece cuidado. ¿Y el cáncer? Se ríe.

Tío, si tuvieras cáncer, en el resultado habría aparecido cáncer, de una.

Falsa alarma. Me sueno los mocos. Llega mi mujer. Le cuento la buena nueva, el milagro, que bien vale otra botella de whisky, porque la que en la angustia destapé se acabó. Ella me dice que bueno, pero que sea un whiskicillo costeable, ordena Vat 69. Me transo.