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Ahorcando un viejo amigo

El ahorcamiento de Saddam Hussein fue el último acto macabro del año que se fue. El triunfo provisional del ranchero rescatado de los bares pedestres de Miami para las cumbres del poder, sobre el tirano con ínfulas de Saladino de la memoriosa Bagdad.

02 de enero 2007 , 12:00 a.m.

El juicio fue bastante largo para que pareciera justo y bastante corto para que no ventilara los crímenes en los cuales los cómplices necesarios del condenado fueron los Estados Unidos. Habituados a crear monstruos, los engendros del Bien, que suelen traicionar después con el cinismo de los estafadores, condenándolos al patíbulo, el asesinato por la espalda o la cadena perpetua.

Lo único por rescatar en la farsa es la dignidad que demostró el carnicero de Bagdad agitando un Corán. Y la tristeza que traslucía rebajado de la condición de un dios amado y temido a la del títere de un ejército de ocupación. Los Estados Unidos prefirieron tomar distancia en el proceso, la sentencia y el castigo. Debieron enviar de todos modos, al viejo amigo, aunque fuera a mansalva, un racimo de claveles amarillos. Disculparon la omisión diciendo que de ese modo permiten el florecimiento de la joven democracia iraquí. Es decir, el rubio incendio, la turbia contienda fratricida que cuentan las noticias todos los días con pelos, y señales y lágrimas.

El ajuste de cuentas entre el ranchero y el viejo pastor hizo retroceder un estado laico de apariencia moderna en unidad relativa a las guerras de los califas antiguos. Bush y sus aliados globalizadores profundizan el error de la formación de esas naciones artificiales nacidas de acuerdos entre bucaneros, cuya invención espantosa cuenta Lawrence de Arabia en Los siete pilares de la sabiduría, con nostalgia y rabia.

El ahorcamiento de Hussein, la masacre de niños, el saqueo de los museos venerables, las viudas gritando en las ruinas, al cabo sumarán otro fracaso imperial igualable con Vietnam, si Dios nos ayuda. Si el diablo mete el rabo, será el prólogo del Apocalipsis prometido por algunos profetas extremos entendidos en estrellas malas, que ven en el episodio el comienzo de una intervención norteamericana generalizada en el Medio Oriente, que conducirá a los musulmanes a una guerra santa de suicidas de consecuencias imponderables. Pero eso pertenece a la esfera de las borracheras de Nostradamus y los politólogos de fin de semana.

Un homicidio más jamás resana herida alguna aunque lo cometan en la Casa Blanca. El sacrificio tal vez convierta al dictador en otra figura legendaria del Islam entre los soldados de Alá, que soportan el milenario enfrentamiento del mundo cristiano con Mahoma. Ojalá no sea premonitorio.

Las tres religiones monoteístas que se devoran con fruición brutal ahora mismo, son los sueños de los mismos desiertos.

El toque cómico y amargo es la justificación de la más humillante de las penas capitales con la violación de los derechos humanos por parte del reo de muerte. Pero los verdugos encapuchados que apretaron el lazo pertenecen a la misma maquinaria de torturadores de Guantánamo y Abu Ghraib, donde los pueblos de Cristo reducen a animales numerados a sus enemigos, los auténticos, y los hipotéticos, porque la guerra enceguece como la paranoia.

Envileciéndose a sí mismos, enfermando el alma de sus naciones, disminuyendo la situación humana a pura vergüenza.

Las imágenes repetidas de la captura de Hussein en un agujero, lleno de piojos, abierta la boca como un perro apestoso en el veterinario, la mirada extraviada por el pavor del derrotado, repitieron la antiquísima parábola de las ironías del poder. Como si el presente fuera el eco del pasado. El retumbo del incógnito pecado original que no consigue purificar el bautismo.

Es innecesario desearnos un próspero año nuevo. Este no tiene por qué ser distinto del que acabamos de enterrar sin honor. Será igual de triste.

Mientras la estupidez siga siendo una triste costumbre.

eleconescobar@hotmail.com