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Una feria para mejorar

El balance de la edición número 49 de la Feria de Cali podría ser positivo para la ciudad, pero invita a tomar correctivos y darle más lustre, de cara a los 50 años que en el 2007 cumple este festejo, uno de los más antiguos, después del Carnaval de Barranquilla y el Festival del Diablo, en Riosucio.

02 de enero 2007 , 12:00 a.m.

La inauguración, el lunes 25, marcó una celebración que antes había sido un verdadero dolor de cabeza para las autoridades: la cabalgata. Por primera vez, esta no registró las lesiones humanas ni el maltrato a los animales de las pasadas versiones, aunque para garantizarlo hizo falta la decisión de un juez que llamó a la cordura a los participantes, mientras el Alcalde decretaba la prohibición del agua y la espuma sintética durante el recorrido.

Quizá muchos caleños y hasta los propios visitantes añoren el Reinado Panamericano de la Caña de Azúcar, que se realizaba hasta finales del siglo pasado. No hay que olvidar que la feria nació el 6 de diciembre de 1958, precisamente inspirada en rendir homenaje a esa gramínea típica del Valle del Cauca, y como émulo de la que se realizaba desde un año antes en Manizales, para enaltecer la producción cafetera.

Es necesario que la junta directiva de la Corporación de Ferias y Espectáculos, Corfecali, entidad encargada de organizarla, dé continuidad a las políticas del director, Samuel Jota González, para seguir llevando los tablados populares hasta los barrios periféricos de la ciudad (comunas).

Así, la feria no pierde el encanto que la hizo sonar en todo el país como la “fiesta más postinera”. Igual impulso debe darse a la trasmisión televisada de los conciertos de salsa, a los cuales el grueso del público no tiene acceso, ante los altos costos. En este frente, debería pensarse en una alianza con el canal regional Telepacífico, cuya actual gerencia ha dado más participación al televidente.

Según el libro Historia de la Feria de Cali, editado por esta Casa Editorial en el 2001, cuando se realizó por primera vez su feria popular, el entonces alcalde de Cali, Carlos Garcés Córdoba, dio lectura al ‘Bando’ en pleno Puente Ortiz y decretó 40 días de rumba, ¿es pertinente ampliar los días de celebración con motivo de las bodas de oro y pensando en los 8.000 empleos directos y 40.000 indirectos que se generan durante las festividades? Para bien de la fiesta taurina, es hora de que alguna autoridad competente ponga fin a la guerra fría, desatada hace ocho años, entre los socios de la Sociedad Plaza de Toros, encargada de su administración, y la Fundación Plaza de Toros, que asume la comercialización de la temporada taurina. El gobernante que coja el toro por los cachos y propicie el diálogo podría salir en hombros por la puerta grande, al darle un mayor impulso a la fiesta brava y propiciar, de paso, que la plaza de Cañaveralejo vuelva a sus llenos de antes.

Con la llegada de miles de turistas, la ciudad se reactiva y vuelve a embriagarse de fiesta. Cada noche, 300.000 almas, literalmente, se toman las calles y hasta sobre las obras del transporte masivo (MIO) arman su ‘Cali pachanguero’. Todos buscan olvidar sus penas. Como en el poema de Elejalde –¿puedes tú, diciembre, borrar esa duda?, ¿puedes tú, diciembre, mitigar ese dolor?–, con la Feria, Cali tiene la oportunidad de mostrar una nueva imagen; esa imagen extraviada en los vericuetos del poder y la desesperanza.

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