Archivo

TRISTEZA DEL PUENTE PA LLÁ...

Una noche de bostezos y caras largas se vivió durante la inauguración del XI Carnaval de Juanchito, considerado el epicentro de la rumba en el Valle del Cauca. La única calle pavimentada del corregimiento - que a su vez es el sitio de concentración de tarimas, orquestas y bohemios- no se vio como la serpentina multicolor que en años pasados deslumbrara a propios y turistas.

03 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Los parlantes a reventar, las montañas de fritanga y el licor en los estantes, se cambiaron por grupos de estatuas asustadizas que entrelazaban los dedos de pies y manos frente a la pantalla de un televisor, que solo sacaba tiempo para parpadear y tomarse uno que otro sorbo de cerveza.

Del choque futbolero entre Colombia y Argentina dependía el ambiente. Y ese ambiente quedó por el suelo. La eliminación del equipo colombiano cayó como un baldado de agua fría que congeló los ánimos, a pesar del calor y la entrega que las orquestas femeninas D Caché y Yerbabuena llevaron a la tarima.

Para resucitar el Carnaval se le inyectó un segundo aire con la Orquesta Yerbabuena.

El Festival Mono Núñez de Ginebra, de otro lado, no se dejó contagiar de la derrota, y no solo rompió el silencio sepulcral de los televisores, sino que las guitarras, tiples y bandolas rasgaron con folclor el aire nocturno de la capital mundial del sancocho. Desde el conocido bambuco brisas del Pamplonita interpretado instrumentalmente, hasta un sinnúmero de canciones inéditas en vals, pasillo y merengue, arrancaron aplausos de los asistentes.

Los metales de fiesta de las campanas de la iglesia se sumaron a las tonadas de paisas, opitas, vallecaucanos, boyacenses, caucanos y capitalinos que a ritmo de flauta, percusiones y cuerdas expresaron el sentir montañero de un pueblo que forjó su progreso a lomo de mula y sonido de hachas y machetes.

El rescate de ese aire autóctono es el congrega cada año a los amantes de la música bernácula, tornándose día a día más interesante por la selección y calidad de los participantes. Calidad que se ha visto reflejada en esta XIX versión, y que apenas empezando, ya tiene confundido al jurado calificador.

Es el sentimiento por lo nuestro, por la tradición de la ruana, el carriel y el sombrero que acompañaron la cultura del café, ligada al sentimiento de arrieros y campesinos que cantaban a su tierra sin más herramienta que su voz y que luego adornaron con guitarras.