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MI PRIMERO , LE DICEN LAS NIÑAS AL RECTOR

En una de las paredes blancas está escrito : La puntualidad es cortesía de reyes; deber de caballeros y costumbre de personas educadas . En un momento de la tarde la nube de chiquillos y chiquillas escucha la campana, forma en el patio, se pone a discreción y firme, y responde con un bullanguero sí a las preguntas del hombre trajeado de verde oliva que dirige una arenga en palabras familiares, aunque al fondo se le note un tonillo castrense, acerca de la otra cara de Ciudad Bolívar .

29 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Esa otra cara se refleja también al día siguiente en la estampa de un parsimonioso militar sobre quien un enjambre de chiquillos se arroja a tomarlo por las manos, con una familiaridad desconocida en tantas otras comunidades y otras tantas regiones. La primera escena tuvo lugar en la escuela Santa Bárbara, en el corazón de Juan Paulo II, uno de los barrios típicos de Ciudad Bolívar, trístemente renombrado porque allí ocurrió el año pasado una matanza de muchachos.

La segunda se registró cuando el comandante de la Escuela de Artillería, coronel Jorge Velásquez, llegó de sorpresa a la escuela Canadá, en Los Alpes, un barrio a donde el agua solo sube en carrotanques y los habitantes usan una flota de desvencijados carritos que únicamente trabajan en la tarde y cobran 180 pesos por el recorrido desde el plan.

La escuela Santa Bárbara fue fundada por la Escuela de Artillería del Ejército hace ocho años, como canal de cooperación y acercamiento a la comunidad de Ciudad Bolívar, por aquellos tiempos muy interferida por el M19.

Hoy, diez profesores del Distrito Especial y ocho soldados bachilleres dictan clase a 750 alumnos, en dos jornadas, bajo la dirección del sargento viceprimero (Mi primero, le dicen las niñas) César Wilson Cuéllar, un bachiller buenaventureño, egresado del colegio Pascual de Andagoya, que ganó el cargo prácticamente por concurso tras la experiencia que implica un recorrido por diferentes guarniciones del país.

El suboficial, que habla con un acento increíblemente porteño, sorteó el cambio del cuartel a la escuela - donde hay que tener mucha paciencia , gracias a la colaboración de los profesores del Distrito, los que a su vez, según uno de éstos, Carlos Sánchez, se sienten muy a gusto en colegaje con los militares. La mejor prueba está en que todos llevamos en la escuela cinco y seis años , dice.

Cuellar ayuda a la comunidad no sólo en las aulas, sino en la calle. Y la comunidad se acerca, encarnada, por ejemplo, en Víctor Rodríguez, de 45 años, padre de familia que trabaja en la tarde, y en la mañana entra en la escuela por ahí a ver qué hay, qué se ofrece .

Los niños se amañan en la escuela, más que en la calle y en la casa. Lo dice Fredy Alejandro Solano, vecino de Las Colinas, un barrio fuera de Ciudad Bolívar. Lo testimonian los profesores que se ven en la necesidad de pedirles a los niños que se marchen.

En el encanto de los niños por le escuela no hay nada de extraño. Sólo que mucho antes de que el ritual de izar la bandera cada ocho se implantara en las demás escuelas, en la Santa Bárbara se hace todo los días, a los acordes del Himno Nacional. Y el sargento está atento a que los niños traigan su betuncito en los zapatos .

La escuela de Santa Bárbara la creó la Escuela de Artillería, situada en jurisdicción de Usme, vecindades de Ciudad Bolívar. La de Los Alpes la hizo Artillería con la ayuda de la Embajada del Canadá y de otras instituciones, entre estas Ospina y Cia. La dirige el sargento segundo David Patiño Cardeñoza. El coronel Velásquez le sugirió al comandante del Ejército, mayor general Hernán José Guzmán, la posibilidad de que cada una de las unidades del Ejército le colabore a Bogotá con una escuela.

De Buenaventura, señor Al sargento viceprimero Wilson Cuellar Quiñones se le nota a la distancia que es de la Costa Pacífica. Y lo recalca: De Buenaventura, Valle. En el acento muy porteño y en los nombres que les puso a los hijos: Mónica Patricia, Juan Karen y César Giovani, se refleja también cierta tendencia típica. Su esposa, Mónica Stella es de Sogamoso.

Las más pequeñas entre las escolares lo besan como en el poema de Ramón de Campoamor: Como se besa a un santo . Porque lo adoran.

El militar, que pone de presente que el comandante de la Escuela de Artillería se llevó 20 días en la selección del candidato a la dirección de la escuela, estuvo de guarnición en Sogamoso, Popayán, Tolemaida, La Tagua y Bogotá y participó en el contingnete enviado al Sinaí.

Ahora se siente feliz.