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SUICIDIO A LA ITALIANA

28 de julio 1993 , 12:00 a.m.

No sería de buen recibo establecer paralelos para medir la dimensión del revolcón, ese sí, que vive el poder político y económico de Italia. Revolcón contra la corrupción producido por el poder judicial, sobre el que se habla ya de ponerle freno, antes que decapite del todo la dirección de la península. La semana pasada solamente hubo, con intervalo de pocas horas, dos suicidios de altísimo nivel. El de Gabriele Cagliari, cabeza del ente estatal que maneja la enorme industria petrolífera. Y casi al tiempo con su sepelio, el de Raúl Giardini, director del conglomerado Ferruzzi-Montedison, segundo grupo empresarial italiano luego de la Fiat. Es decir, dos figurones con una presencia no fácilmente parangonable en sociedades como la nuestra. Ambos a su vez sucedieron a otros ocho suicidas por el mismo motivo: la inminencia de sanciones en procesos por manejos dolosos de sus empresas o por soborno de políticos y funcionarios.

Por otra parte, son más de dos mil los procesados, investigados o detenidos dentro de la ofensiva judicial. Esta ha desencadenado una crisis política y moral con desenlace imprevisible, y ha dejado tendidos en el campo a personajes de la talla del ex primer ministro y dirigente socialista Bettino Craxi, o del todopoderoso señor de la Democracia Cristiana, la agrupación dominante en Italia en la postguerra, Giulio Andreotti. Es decir, la vida italiana va de escándalo en escándalo, en una marea que tenía precedentes como el del Banco Ambrosiano, que había afectado nada menos que al Vaticano. Cuentos sin duda trágicos, pero que vienen al caso para que se aprecie lo que puede ser un destape en serio, aquí donde iniciativas moralizantes apenas incipientes ponen a la opinión en el paroxismo. Qué pasaría si tuvieran el mortífero alcance de las que transforman el panorama de Italia con el impacto de un terremoto?