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GIRARDOT: DONDE PONEN LAS GARZAS

A las 5 de la tarde suenan las campanas de los colegios, se arman trancones en las grandes avenidas de muchas ciudades, algunos toman el té, los obreros acaban su jornada laboral y las playas empiezan a desocuparse porque el sol ya calienta poco. Pero a esa hora, cuando más de un ciclo se cumple, una parte de Girardot (Cundinamarca) se apresta para presenciar un espectáculo maravilloso: la llegada de las garzas. Con su chillido inconfundible, en bandadas grandes, medianas y pequeñas o de una en una, más de cinco mil garzas (y el doble en época de verano) cubren por pedazos el cielo rojo apuntando hacia una sola dirección: una islita artificial en el lago del Hotel El Peñón.

26 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Desde hace algo más de diez años, estos curiosos animalitos se tomaron el sitio para pasar las noches. Sin reservaciones, sin complicaciones. Y sólo sabrán las garzas por qué acuden específicamente allí ya que no es el único lago ni el único espacio verde en los alrededores.

Lo cierto es que acacias y palmas de esa islita, que ocupa menos de una hectárea, terminan cubiertas de copos blancos que hacen malabares para estar juntos. O mejor, re-juntos! Tratan de cumplir con un ritual típico de su caprichosa forma de ser: se esponjan, se sacuden, voltean la cabeza hacia un lado y... buenas noches! Pero si llegan con puntualidad inglesa, al amanecer parecen colegial iniciando el año escolar: una gota de lluvia y no se mueve una sola pluma rumbo a los cultivos de arroz cercanos. El sueño se prolonga un ratico más. Al fin y al cabo, dormir es un placer, algo que corroboran hasta las garzas.

Garceros similares no se ven sino en los Llanos. Más acá, al Club Los Lagartos de Bogotá, llegan unas cuantas de las que andan en zonas como Niza o Suba. Pero no tantas.

Tarjeta roja Se las conoce con el nombre de buyeras (nombre científico bubulcusibis ibis) y se hicieron famosas en Colombia hace unos tres años cuando se armó un verdadero tierrero porque las expulsaron del barrio La Pradera, del municipio de Villamaría (Caldas).

Desataron una severa polémica acerca de la convivencia de hombres y animales en centros urbanos. Pero, finalmente, se llegó a la conclusión de que fue el mismo hombre el que las obligó a migrar a la ciudad.

A Villamaría llegaron hace algo más de ocho años y se posaron sobre los urapanes de la la plaza principal. Al principio, todo fue dicha, pero empezaron a multiplicarse ampliamente e invadieron techos, casas y solares con sus desagradables recuerdos : sus excrementos.

Con tan mala suerte que los pobladores del sector las vieron algo así como aves de mal agero y les echaron la culpa de cuanta gripa y problemas de salud los afectaban. La situación tocó fondo cuando presionaron a las autoridades locales hasta que los urapanes fueron sometidos a una motilada o poda técnica para obligarlas a irse.

La cuestión no paró allí. Sus defensores estudiaron hasta las caspitas que soltaban sus plumas y al final no encontraron nada nocivo. Pero con la peluqueada no quedó sino el sentimiento de culpa. Algunos calculan que por ese entonces el garcero de Villamaría alcanzó a albergar más de 10.000 aves.

Un largo viaje Según algunas versiones, como la del biólogo y miembro de la Sociedad Bogotana de Ornitología, Bernardo Ortiz Von Halle, estas garcitas llegaron al nuevo continente procedentes del Africa, por sus propios medios (es decir, que no las trajo ningún barco, por ejemplo).

El primer registro en América se hizo a finales del siglo pasado en el Brasil. En Colombia, el primer registro (en otras palabras, el primer reporte de ornitólogo alguno) data de 1917. Y ya van en la isla de Malpelo, a cientos de kilómetros de la costa! Con eso, su capacidad de dispersión y adaptación no se pone en duda.

Pero tienen muchos más puntos a su favor. Ecológicamente, cumplen una función especial: mantener a raya las poblaciones de insectos en zonas agrícolas. Por eso se las ve felices detrás de los tractores pescando bichos en los campos de Girardot.

Dice Ortiz que las buyeras son animales de tierras abiertas (potreros), lo que hace que se vean favorecidas en algo en los procesos de deforestación. Sin embargo, requieren de los árboles de copas frondosas para anidar. Su regulación es natural: dejan caer de los nidos los huevos y pichones que no caben. También son presa favorita de depredadores de nidos como culebras y de aves más grandes.

Anidan una vez al año en especies de tarimas que construyen con su típico desorden. Solo se les alborota el mal genio cuando no las dejan dormir y en época de reproducción se hacen especialmente bellas. A los machos, las plumas de la nuca se les ponen de color anaranjado al igual que las paticas y el pico.

Y luchan, como todos los animales, por su supervivencia: por eso se hacen cerca del agua (como en el El Peñón o en Los Lagartos), quizás como una forma de defenderse o protegerse. Al fin y al cabo, ahí no le provocan resfriados a nadie...