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FERRUZZI: EL PODER FUE PARA PERDER

A Raúl Gardini, un promisorio industrial italiano, lo mató la quiebra. Con el suicidio, el pasado viernes, el exlíder del grupo Ferruzzi, propietario de empresas y tierras en América Latina, aumentaron las tensiones en los medios industriales y financieros de Italia. Gardini de 60 años, era el prototipo de los industriales emprendedores.

25 de julio 1993 , 12:00 a.m.

En el suicidio influyeron las recientes declaraciones del hombre que le sucedió en la dirección de Montedison, la sociedad química del grupo, Giuseppe Garofano, quien puso al descubierto la pérdida de 320.000 millones de liras (200 millones de dólares), en el último balance presentado por Gardini.

Garofano acusó a Gardini de haber falsificado los balances para cubrir deudas que el grupo se había creado y que hoy aparecen, a los ojos de la prensa especializada italiana, como la configuración de un crack similar al del Banco Ambrosiano, en 1982.

Con empresas fantasmas en Bahamas y Panamá, Ferruzzi habría hecho desaparecer esos 320.000 millones de liras en los balances de una sociedad fantasma creada en Curacao, las Antillas Holandesas, llamada Financing and investments (Fai).

Gardini, de origen campesino, había nacido en la pequeña ciudad de Pomposa cerca de Ferrara, había entrado en el grupo Ferruzzi en 1955, casándose años después con la hija de Serafino Ferruzzi, fundador del grupo, quien falleció en 1980 en un accidente aéreo.

Durante los 35 años de su permanencia en Ferruzzi, el grupo se diversificó y multiplicó los joint-ventures con empresas extranjeras, compró otras y grandes extensiones de terrenos cultivables en varios países de América Latina, particularmente Argentina, Brasil y Uruguay.

Las relaciones del grupo Ferruzzi con los países latinoamericanos se estrecharon notablemente en estos últimos diez años. Gardini era una cita obligada en las agendas de los presidentes latinoamericanos que en ese período visitaron Italia.

Camino a la cumbre En la primavera de 1990, Raúl Gardini y los Ferruzzi se sentían en la cumbre del poder al frente de un imperio presente en Europa y en América, y que soñaban en convertir en uno de los grandes consorcios del mundo.

Hoy, la situación ha cambiado radicalmente: los Ferruzzi entregaron el poder en Montedison, y en los próximos días posiblemente lo harán en la Ferfin, la financiera al frente del consorcio, forzados por un endeudamiento de 21.000 millones de dólares, derivado precisamente de la búsqueda del esplendor soñado.

Por el camino, la familia había dejado, exactamente el 11 de junio de 1991, a Gardini, destituido después de 39 años de trabajo en el grupo de Ravena, en el que había ingresado en 1952 a los 19 años, y doce como presidente.

Un año antes, en la primavera de 1990, Gardini, apodado en el mundo de los negocios como El campesino , meditaba compras y ventas, se daba el lujo de desaparecer unos días para ir de caza y pasaba muchas jornadas preparando el desafío de la Copa América con su yate El Moro de Venecia , un proyecto global de 150.000 millones de liras (100 millones de dólares).

Su capacidad empresarial y su actividad incansable duerme sólo cinco horas empujaba al consorcio hacia la meta perseguida. Es un matador nato , dice Giuseppe Turani, uno de los periodistas económicos mejor informados de Italia.

Era, sin duda, la estación de oro de la familia, formada por Arturo Ferruzzi y sus hermanas Idina, casada con Raúl, Franca y Alessandra, desposada con Carlo Sama, brazo derecho de Gardini en Il Messaggero (diario y equipo de baloncesto).

Eran también los días de las largas vacaciones de Navidad en la finca de recreo familiar en Argentina, Las Cabezas, de 20.000 hectáreas, entre batidas de caza y recepciones, un estilo de vida despreocupado al que Serafino Ferruzzi, el mítico fundador del grupo, fallecido en un accidente aéreo en 1979, había acostumbrado a sus hijos con su conocida generosidad.

Deuda incontrolable Mientras tanto, las deudas del consorcio crecían y los bancos financiaban alegremente las inversiones. Gardini copiaba fielmente la máxima de su mentor Serafino: Deudas, deudas, todos hablan de deudas, pero yo con las deudas hago dinero .

El grupo se convertía en el segundo privado de Italia y en el primero agroindustrial europeo con cuatro formidables saltos: la compra de la francesa Beghin Say, la toma del control de la química Montedison, la venta del 51 por ciento de la aseguradora Fondiaria a Camillo Debenedetti y la operación Enimont.

A la Beghin siguieron el coloso Lesieur en Francia, la aceitera Koipe en España y la Central Soya en Estados Unidos. Luego vino la CPC Europa, lo que convirtió al grupo en el líder continental en la producción de almidones.

El valor del grupo se transforma astronómicamente: de los 300.000 millones de liras (200 millones de dólares al cambio actual) de 1979, el año en que fallece Serafino, se pasó en 1992 a entre 6.600 y 10.000 millones de dólares.

La aventura Montedison en 1987 marcó para bien y para mal la suerte de Gardini y de los Ferruzzi. Gardini no se conforma con un sector de la química italiana y lanza una idea que le ronda por la cabeza: la unión de Montedison con la química pública del ENI para crear un coloso que pueda competir con los grandes grupos internacionales.

La idea cuaja y en 1989 nace la sociedad mixta Enimont (40 por ciento Eni y 40 por ciento Montedison), puesta como ejemplo en Italia de la cooperación entre público y privado. El ejemplo duró un año. Gardini, con el apoyo de su amigo Gianni Varasi, intenta tomar el control absoluto de Enimont con la compra en bolsa de acciones de la sociedad.

La química italiana soy yo , llegó a decir Gardini cuando el enfrentamiento se hacía más duro. Finalmente, la oposición de los políticos y su propia intransigencia le obligaron a rendirse y a cerder al ENI la cuota del 40 por ciento en Enimont por 1.860 millones de dólares.

El plan Gardini Raúl, derrotado, deja todos los cargos operativos en Italia y mantiene sólo la presidencia de la Serafino Ferruzzi, la caja fuerte familiar. Reaparece en la primavera de 1991 y expone a la familia su plan de trabajo, meditado durante seis meses.

El plan se basaba en la venta de la química, la editorial y la cementera, tomar la mayoría absoluta del consorcio francés SCI para después transferirle todo el control del grupo y crear una fundación que impidiera en el futuro la desmembración.

La familia, ya dividida por la operación Enimont, rechazó el proyecto y destituyó a Gardini. Arturo Ferruzzi, el accionista mayoritario, se convierte en el nuevo presidente y Carlo Sama en el nuevo hombre fuerte, acompañado de Giuseppe Garofano.

El divorcio de la familia, concretado el primero de agosto de 1991, llevó a las arcas de Gardini e Idina 505.000 millones de liras (336 millones de dólares), con los que funda el grupo Gardini, activo entre otras cosas en el sector agroindustrial.

En 1992 Sama comienza a vender sociedades del grupo acosado por el crecimiento de la deuda: de los 6.570 millones de dólares de 1988 a los 21.000 millones de 1992.

El remate de la crisis llegó en los primeros meses de este año cuando cayó sobre el grupo la acción de los jueces de la operación anticorrupción Manos Limpias que no ven clara la operación de disolución de Enimont.

Giuseppe Garofano huye del país y hoy en día la justicia italiana sigue sin echarle el guante. El pasado 19 de junio se concretó la rendición de los Ferruzzi al ceder en prenda a los bancos acreedores el 48 por ciento de la Ferfin. Antes de arrojar la toalla, habían pedido ayuda a Gardini, según reveló éste hace unos días.