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DESFILE Y DISCURSO

No pecamos de exagerados ni de adivinos al pensar que el momento más emocionante del desfile patriótico del 20 de julio, que los tuvo muchos, fue aquel cuando aparecieron los heridos de guerra, de una guerra que si fuera contra algún enemigo extranjero podría ser explicable, pero que no tiene disculpa entre hermanos y por causas tan injustas. Ver a soldados de Colombia, oficiales y suboficiales del Ejército, Aviación, Marina y Policía, luciendo sus uniformes y teniendo que ser transportados en sillas de ruedas, conmovió hasta lo más profundo del íntimo ser de sus compatriotas. Eran hermanos nuestros, connacionales, que desde su impotente y triste posición, igual a la de tantos otros colombianos, contribuian a festejar la fiesta patria, celebrada con especial brillo este año en conmemoración de la independencia. La parada militar emocionó a grandes y a chicos. Ese antimilitarismo pregonado por las izquierdas que adoran a los países que más abundan en estos espectáculos patrióticos, s

22 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Durante años se han planteado estos argumentos y hasta revoluciones han surgido para acabar con el militarismo, el armamentismo y otras de sus derivaciones. Castro dedicó su lucha a tumbar a Batista para implantar su propio régimen y terminar con un estilo de gobierno militarista. Todo se resumió en que Fidel no se quita el uniforme ni para bañarse. Al igual que la Revolución Francesa, se montó al costo de mucha sangre, en busca de acabar con un rey; lo que se consiguió además de muchos avances jurídicos y cabezas cortadas. Todo terminó con la instauración de un imperio: el de Napoleón.

Así transcurre la historia, creándose motivaciones basadas en un odio que nadie puede explicar. El uniforme militar provoca en algunas mentalidades airadas actitudes de repulsa. Afortunadamente la mayoría de los colombianos sienten respeto, afecto y admiración por nuestras Fuerzas Armadas. Lo probaron las voces alborozadas y el batir de pañuelos ante los hombres y mujeres que visten el uniforme de las armas colombianas.

El Presidente habló, y largo. Curiosamente cuando se realizaba la parada militar no cesó de conversar con el ministro de la Defensa, y enfundado en su gabardina lucía un aire serio, mas no preocupado. Casi frío, en especial hacia esos heridos que merecían, además de una condecoración, un abrazo lleno de calor afectivo. Por la tarde habló ante el Congreso, en tono serio, lejano al adjetivo rimbombante, a veces comparando la gestión de un gobierno con las costumbres de ciertos animales vegetativos, para decir que su gobierno no buscaba la hibernación como los osos, ni meter la cabeza en la arena como las avestruces. Eso quiere decir en dos palabras que habrá más revolcones y menos pausa.

Al censurar a quienes han pedido con mucha razón que deje al pueblo colombiano digerir todo lo que ha tragado bueno o malo en este gobierno, el Presidente, con su envidiable juventud, va a continuar avanzando en las reformas. Eso casi deja de ser problema para el presente al crear dificultades o beneficios en el futuro. El presidente, a pesar de ofrecernos movimientos no telúricos sino administrativos, anuncia la defensa y el seguimiento de lo que ha emprendido en un mandato que comienza a terminar. En eso obra muy bien; y al presentarle al Congreso los parámetros de su política, tiene la lógica de un hombre de Estado. Sabe que la sanción parlamentaria es fundamental para no detener el ritmo de lo mucho bueno que ha hecho. El carro del Gobierno se ha movido con velocidad a veces peligrosa, no por todos compartida. Pero el presidente Gaviria sabe que a poco de terminar el mandato que le encomendó el pueblo, hay cuestiones que deben ser aprobadas y queda poco tiempo.

Ojalá senadores y representantes lo entiendan así y cumplan con una tarea legislativa que beneficie al Gobierno, al Congreso y desde luego a los colombianos.