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HOGAR PARA LOS ANCIANOS

Son los que tienen más experiencia en el vivir, más sabiduría en la suerte cotidiana de enfrentarse a los días, más amplio y a veces apesadumbrado panorama sobre el mundo. Más información, más conocimiento y más experiencia. Por ello, tienen en sus manos todos los instrumentos para embellecer la vida de los que hasta ahora comienzan. Como los de muchos sitios, los ancianos de Bogotá van por rumbos diferentes. Unos, gracias a su posición socio-ecónomica son dejados por sus familiares en manos de entidades privadas encargadas de ofrecerles todas las comodidades y atenciones. Otros, sobreviven a duras penas en medio de la pobreza de sus parientes. Los demás lo perdieron todo. Deambulan por las calles de la ciudad y algunos de ellos son socorridos por centros estatales o de caridad.

21 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Pero para muchos, a veces no importa si se tiene dinero o nó, si poseen confortables habitaciones o si duermen en una estera, si cuentan con oportuna atención médica o con buena alimentación. A la gran mayoría de los ancianos que habitan estos hogares geriátricos , que habitan en barriadas pobres o que no tienen más espacio que las calles, los envuelve un común denominador: la soledad.

El corazón de Jesus Es uno de los tantos ancianatos de caridad en Bogotá. Allí la hermana Mariana, perteneciente a la comunidad misionera del Sagrado Corazón, cuida a 30 ancianas indigentes que tocaron a su puerta hace más de 15 años. Pero siguen llegando y no hay lugar para tantos , como lo comenta la religiosa.

Ellas viven en una casa vieja y derruída como casi todas las del barrio Las Cruces. Al ingresar, se percibe un olor a húmedo. En el lugar sólo existen cinco cuartos, una cocina y un baño, para albergarlas. Rara vez abren sus puertas a los personas de buen corazón que en épocas como navidad les regalan algo de ropa, comida, drogas y compañía.

Para poder sostenerlas, sor Mariana sale todas las mañanas a recoger los sobrados de los restaurantes y las ancianas, por su parte, recorren los alrededores del barrio en busca de una limosna, porque los años y las enfermedades no les permiten ir muy lejos. De esta forma comen y reúnen los 5.000 pesos que pagan de arriendo, pero para la ropa, la droga y los servicios públicos, no alcanza.

Son mujeres entre los 60 y los 80 años. Cuando alguna de ellas se enferma el Centro de Higiene y el Hospital de las Cruces les prestan atención médica gratuita, en caso de que no haya hospitalización y que la consulta no sea a domicilio. Cuando es el médico el que se acerca al ancianato cobra 2.000 pesos, y para conseguirlos es un problema. Los medicamentos corren por su cuenta y en la mayoría de los casos son tan costosos que tienen que seguir padeciendo sus males.

Pero el verdadero viacrucis comienza cuando alguna de ellas muere. La hermana Mariana sale a la plaza de mercado del Barrio a recoger con la limosna el valor del entierro. Después todo vuelve a la normalidad .

Los albergues estatales Para cubrir toda la demanda de ancianos abandonados en Bogotá, el gobierno sólo cuenta con dos centros de recepción, que albergan en total a 180 ancianos funcionales, indigentes y mayores de 60 años. Los centros que están localizados en el barrio Bosque Popular y Bello Horizonte, son administrados por el Bienestar Social del Distrito.

Allí la atención es especializada. Tienen a su servicio nutricionistas, enfermeras, médicos, sicólogas, trabajadoras sociales, recreacionistas y odontólogos, quienes brindan toda la atención y cuidados que ellos necesitan.

El objetivo principal de estos centros está encaminado a forjar en los ancianos la esperanza por la vida. Muchos de ellos se consideran inservibles , ante una sociedad que los rechaza. Por esto el trabajo es fundamental. Realizan durante el día diferentes actividades como siembra de hortalizas, elaboración de escobas y traperos, tejidos, arepas y empanadas. El 50 por ciento de la ganancia es para la institución y la otra mitad es utilizada por los ancianos en dulces y cigarrillos que compran en la cooperativa del lugar.

Los abuelos están distribuídos por sexo en las cuatro casas del ancianato del Bosque Popular. En cada casa se encuentra la sala de televisión, la enfermería, dos baños y las habitaciones que aunque no son lujosas, son muy limpias y tienen lo necesario: camas confortables con sus respectivos juegos de cama y sus mesas de noche. También cuentan con cafetería, lavandería, capilla y teatro.

El centro de recepción de ancianos, bajo la dirección de Emma Restrepo Valdivieso, subsidia a 13 abuelos del albergue San Francisco de Asís con una cuota mensual para su sostenimiento y ayuda, y a los ancianos externos que quieren mediante el trabajo ganar algo de dinero para pagar el arriendo y para transportarse.

Bienestar Social del Distrito colabora con la recreación dirigida dos veces por semana a 80 abuelos externos. Los CAMI de la Estrada y Bachué, por su parte, les presta el servicio de salud.

En este momento Bienestar organiza un programa llamado Hogares sustitutos , en donde una familia pudiente y dispuesta adopta a uno o dos ancianos. La familia voluntaria aportará a la institución un subsidio mensual para la manutención de los abuelos.

Los privilegiados El motivo fundamental para que las familias decidan internar a los abuelos, es básicamente la falta de tiempo para cuidarlos como debe ser . Esta es la opinión de Stella González de Rivas, directora del hogar geriátrico Nuestra Señora del Rosario , quien desde hace 14 años decidió dedicarse a la atención de los ancianos.

Para tal obra, doña Stella arrendó una casa cerca a la suya en el norte de Bogotá y allí alberga a 24 ancianos entre hombres y mujeres. Algunos de ellos tienen su propio cuarto con baño privado, otros comparten las habitaciones. Eso depende de lo que cada familia pueda pagar por este tipo de comodidades. El costo mensual supera los 150.000 pesos.

Por ese precio ellos cuentan con servicio de lavandería, alimentación balanceada, peluquería, recreación, terapia ocupacional cada tercer día y enfermería 24 horas. En caso de una emergencia los costos de consulta y hospitalización corren por cuenta de la familia.

En su tiempo libre se dedican a jugar pelota, pintar, tejer, escuhcar música o dormir. En navidad realizan arreglos para adornar la casa.

Los cuidados que les brindan son meticulosos. El personal que allí trabaja hace sentir al abuelo como en casa.

Así viven muchos ancianos en la ciudad. Unos reciben los mejores cuidados porque tuvieron la suerte de obtener un cupo en los albergues del Distrito o porque su familia pudo pagar un buen servicio. Otros continúan trabajando para poderse sostener en los ancianatos de caridad. Pero la mayoría sigue deambulando por las calles, en busca de un lugar que les ofrezca un techo, algo de comida y abrigo, pero ante todo, que los acerque a lo que más extrañan: calor humano. Abuela deportista María Mercedes Pedraza posee un lujo que pocas mujeres se pueden dar: En dos años ha conseguido 17 medallas --de las cuales 12 son de oro-- como la mejor lanzadora de bala.

No se trata de una quinceañera (aunque así la llaman) sino de una señora de 80 años que a los 78 tomó tan en serio el deporte que alrededor de su cuello luce orgullosa el símbolo de sus victorias.

Siempre le gustó el deporte y todos los días iba a hacer gimnasia con su hija en el parque El Salitre. Ingresó al Club Triángulo de Oro. Participó en campeonatos organizados por el Distrito y allí obtuvo sus primeras victorias. Entró a hacer parte de la Federación Colombiana de Atletismo y tomó parte en el Campeonato Nacional Senior Master, en Bucaramanga, y allí ganó 5 medallas.

Después fue a Venezuela al campeonato Suramericano de Atletismo Master y se ganó 4 medallas de oro.

Con el respaldo de sus seis hijos participa en cuanto evento organicen para los ancianos: es una experta bailando bambuco y guabina.

En sus años mozos le gustaba la rumba y fumaba mucho con una colilla prendía el otro cigarrillo , pero por razones de salud dejó el vicio y se dedicó de lleno a otras actividades.

Ahora tiene una esperanza: viajar a Tokio al Campeonato Mundial de Atletismo. No tiene un peso pero dice que esa sería la mayor realización de su vida.