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EL POLÍTICO Y EL PERIODISTA

Entre tantas pruebas de estimación con que me han favorecido mis compatriotas en estas semanas, la condecoración que hoy me impone la Cámara por medio de su Presidente, César Pérez García, reviste para mí especial significación. Tras haber trajinado por los senderos de la literatura, la cátedra y la profesión de abogado, en último término, mi vida ha sido la de un miembro de la clase política. Soy un político y me enorgullezco de admitirlo.

20 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Los tiempos han alterado el criterio de la opinión pública con respecto a la clase política, no solo en Colombia sino en todo el mundo democrático. Hoy se abomina al político, pero antaño, una candidatura presidencial era la coronación de una carrera literaria o científica, como lo comprueban numerosos ejemplos en Colombia, de quien se dijo que era un país de gramáticos. En otras latitudes, un Disraeli, un Canning, un Gambetta, o un Poincaré, un Cavour, eran sinónimos de patriotismo, de desprendimiento y de eficacia al servicio de la Nación.

El Congreso o el Parlamento eran de tránsito obligado hacia las grandes preeminencias del Estado, porque con excepción de la Unión Americana en donde solo en muy pocos casos los presidentes han sido congresistas, los candidatos a la primera magistratura suelen recluirse en las gobernaciones de los Estados, como fue el caso con Franklin D. Roosevelt y, en años recientes, con Reagan, Bush y Clinton. Entre nosotros, pocos presidentes han escapado a esta regla porque, si bien es cierto que algunos no llegaron al Congreso por elección popular, participaron en sus deliberaciones y se familiarizaron con sus mecanismos en su condición de ministros de Estado.

La profesión del político guarda cierta similitud con la del periodista. Ambos oficios tienen por propósito auscultar la opinión pública y, a veces, orientarla. El político, como el periodista, escribe y piensa para su circunstancia, que es el momento presente, convencido de que el viento se ha de llevar sus opiniones, destinadas a tener una repercusión limitada para una coyuntura particular. Entre el periodista y el ensayista, filósofo o sociólogo, media la misma distancia que entre el político y el técnico. Gilberto Alzate Avendaño decía con mucha gracia que era un técnico en ideas generales. Todo político lo es, en contraste con los tecnócratas y aún con los propios politólogos. Ambos, periodistas y políticos, somos divulgadores de conceptos. La diferencia estriba en que el político tiene que refrescar su mandato periódicamente mientras que el columnista cuando es al mismo tiempo dueño del medio tiene asegurada su posición por tiempo indefinido.

A qué vienen estas consideraciones? César Pérez García y la Mesa Directiva de la Cámara han tenido a bien hacer una recopilación de mis escritos y, al revisarlos, me he encontrado con que confirman las opiniones que ahora doy a conocer. La mayor parte de estos ensayos, con excepción de aquellos que tienen relación con la cátedra de Derecho Público, denuncian lo efímero y pasajero de lo político y de lo periodístico. Si algún impacto tuvieron en su tiempo, hoy en día yacen inertes como piezas arqueológicas desvinculadas de su entorno. Pienso que con el transcurso del tiempo servirán más para descifrar la personalidad de su autor, que para contribuir en alguna forma al escrutinio de la evolución de la nacionalidad colombiana. Son más el fruto de la intuición que del estudio y su significación reside precisamente en permanecer atados a la cotidianidad, al quehacer diario, que es cuanto les dá perennidad a los escritos de quienes se pasean por más altas esferas del saber humano.

Al sentirme entre ustedes, señores miembros del Congreso evoco mis épocas de estudiante cuando asistir a las barras de la Cámara y del Senado era el más deleitable espectáculo que se le brindaba a la juventud. El Parlamento era estadio obligado del ascenso en la vida pública y el espectáculo de los gladiadores al estilo de Laureano Gómez, de Jorge Eliécer Gaitán, de Carlos Arango Vélez, de José Camacho Carreño y tantos otros que hicieron historia en los anales del verbo colombiano eran una fuente de enseñanza para sus seguidores. Se aprendía a apoyar a los gobiernos y a hacerles oposición porque la opinión pública demandaba el que en uno u otro menester sus voceros salieran airosos de la controversia.

Nuestro tránsito por el M.R.L., doctor César Pérez García, compañero de tantas jornadas, nos dejó entre otras muchas enseñanzas la de lo arduo que es, en los tiempos que corren, poder cautivar el auditorio con los simples artilugios retóricos sin diagnosticar el futuro. Fue lo que intentamos en el M.R.L. Acertamos en algunos aspectos y nos equivocamos en otros. Sigo pensando, como lo atestiguan algunos de estos escritos, que la gran falla del Frente Nacional fue adoptar la alternación que desvirtuó la paridad. La libre elección de Presidente se había concebido como una forma de propiciar la alternabilidad de los partidos con la salvaguardia de la paridad como estatuto de la oposición. Al prescindir de la alternabilidad y sustituirla por la alternación obligatoria, desapareció el concepto de oposición para ser reemplazado por el del partido único en que la partija se hacía no ya entre gobierno y oposición sino entre los coligados en el gobierno. Temíamos desde entonces que los partidos perdieran su fisonomía tradicional y que la oposición buscara cauces distintos al liberalismo y al conservatismo, no siempre por las vías democráticas. Hoy me parece que la confusión política a que estamos asistiendo es hija de la desviación del Frente Nacional, que denunciábamos como la antesala de una era de violencia, si se cerraban los caminos del descontento.

Fallamos, en cambio, como críticos del proyecto económico del Frente Nacional. Sin duda alguna el país conoció grandes progresos merced a la continuidad que implicaba el sistema. Se hizo presente un pensamiento rector que orientó la economía por senderos de disciplina y crecimiento, principalmente en el manejo de las exportaciones, con las conquistas de la administración Lleras Restrepo. Cuando pienso que la llamada línea dura del M.R.L. aspiraba a sustituir el rumbo que había adoptado la Nación por el modelo cubano, me pregunto a qué habríamos quedado reducidos si no nos hubiéramos detenido ante la presión de quienes nos ridiculizaban por la posición de burgueses progresistas que proclamamos entonces. Nos equivocamos en cuanto a las críticas al sistema UPAC, motor del desarrollo, y acertamos en los reparos a la Reforma Agraria, que no ha respondido a las necesidades del campesinado colombiano.

La gran falla de los gobiernos del Frente Nacional se puso de manifiesto en la política energética cuando de exportadores de petróleo nos vimos de la noche a la mañana convertidos en importadores de combustibles, un año antes de que se terminara el experimento del Frente Nacional.

Quienes éramos sus críticos no medimos en su momento el impacto nefando de una política nacionalista mal entendida que, al cumplirse los 16 años de vigencia del sistema, nos condujo a la encrucijada en este campo. Se optó por estimular una industria petroquímica en pañales, que carecía de materia prima, en lugar de propiciar por todos los medios las perforaciones en busca de nuevos yacimientos de hidrocarburos. Era una variante de la política de sustitución de importaciones. Tratando de estimular con medios proteccionistas y subsidios una industria petroquímica que encareció desmesuradamente productos como los fertilizantes, esenciales para la agricultura nacional.

Cuántas de las críticas que se le formulan al actual gobierno conservarán su vigencia dentro de 20 años y cuántas habrán pasado inadvertidas? es la reflexión que un ex miembro de la clase política se hace al recibir esta presea, que conservará con orgullo como un testimonio de solidaridad de los actuales parlamentarios con los que lo fuimos en otro tiempo y también una prueba de afecto por parte de quienes tomaron la iniciativa de distinguirme con esta publicación y quienes secundaron la reedición de mis escritos.

Muchas gracias.