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EL NUEVO OSCURANTISMO

Ideado por Marx como método supuestamente científico de interpretación de la historia, el marxismo fue convertido por Stalin en una creencia y una liturgia. No en balde Stalin había sido seminarista. Sus toscos orígenes campesinos y su militancia cerril lo llevaron a simplificar el pensamiento de Marx y Lenín, haciendo de él una especie de catecismo constelado de dogmas y fórmulas rituales. La consigna sustituyó al análisis. Del credo religioso tomó el oscuro poder de la reiteración, el maniqueísmo, la satanización de ciertas cosas y la glorificación de otras. Gracias a ese prodigioso fenómeno de enajenación ideológica, las democracias occidentales los regímenes más evolucionados en la preservación de los derechos individuales fueron presentadas como la vituperable expresión del capitalismo y del imperialismo, y los regímenes comunistas más totalitarios y oprimentes resultaron santificados por la utopía socialista. Nada de esto, desde luego, tenía que ver con la realidad. Semejante

16 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Nuestra América hispana estaba menos preservada que el mundo anglosajón para evitar esta trampa. Como bien lo recuerda Octavio Paz, la teología cerró las puertas de España al mundo moderno. Los norteamericanos fueron hijos de la Reforma y de la Ilustración; nosotros, de la Contrarreforma y la neoescolástica, vale decir, de la inquisición y del dogma. De ahí que en América Latina el marxismo haya adquirido el carácter de una creencia que sus adeptos acogen, fuera de todo análisis realmente crítico, con la ciega fe del carbonero. De ahí que nuestra izquierda sea litúrgica, aferrada a sus cartillas y dogmas. Es un nuevo oscurantismo. La historia ocupa para ella el puesto de Dios. El papel de Dios lo toma el proceso histórico y sus supuestas leyes científicas . Y algo grave: la violencia, calificada de revolucionaria, es vista por estos creyentes como partera de la historia, al servicio de un proyecto liberador . (Y la verdad es que él sólo lleva, como en Cuba, a la esclavitud). En suma, como lo dice Paz, la ideología marxista desempeña entre nosotros una función semejante a la de la teología en la corte de Felipe II.

Todo esto no sería tan grave si semejantes desvaríos permanecieran dentro de la secta enajenada. Pero no es así. Estas simplificaciones de la vulgata marxista y sus consignas se abren paso en otros sectores de nuestro universo político. Sobran ejemplos para demostrarlo.

Uno de ellos: a base de satanizarlo con consignas reiterativas, el neoliberalismo se ha convertido, en Colombia y buena parte de la América Latina, en una etiqueta hereje. Nadie quiere ser llamado neoliberal, aunque se admita que el Estado, o mejor, el estatismo, como administrador y empresario, es un desastre, que es un derrochador irresponsable, que nos extorsiona con impuestos y altísimas tarifas, que nos deja en la inseguridad, que es una fuente de corrupción y de ineficiencia y que la apertura, la supresión de la tramitología y de la inflación burocrática y las privatizaciones son la única respuesta efectiva a esta situación de catástrofe. De muy poco sirve, entre muchos congresistas, candidatos y dirigentes políticos, el peso de esta realidad, hoy aceptada por el mundo entero, frente a la sindicación que se hace del neoliberalismo y de las privatizaciones de ser expresión de un capitalismo salvaje. De igual manera, en la mentalidad inquisitorial, Galileo era considerado un hereje solo por haber revelado una verdad que contrariaba dogmas ancestrales.

Con las guerrillas, análogo fenómeno. Designándolas como insurgencia , los mamertos quieren darle un cariz de legitimidad. Sería la protesta contra opresiones políticas y sociales. Y la reiteración litúrgica de este término, lleva a muchas personalidades, desde el doctor Serpa Uribe hasta nobles obispos, a recoger esta falsa versión sin ver la realidad: el terrorismo y la intimidación ejercida por la guerrilla sobre pobres campesinos.

Dentro de este monumental proceso de falsificaciones semánticas e ideológicas, resultan dueños de los derechos humanos quienes los violan todos los días y son denunciantes quienes deberían ser copiosamente denunciados. Guerra sucia no es la que realiza la subversión, sino la que desatan las Fuerzas Armadas cuando hacen presencia en una comarca, presencia que es solicitada, me consta, en muchas regiones de Santander, de Córdoba, de Bolívar y el Cesar por los propios campesinos extorsionados por las FARC y el ELN.

Cuando no existe una opinión pública suficientemente alerta y actuante, basta reiterar una mentira para incrustarla como un clavo en las conciencias. Stalin, en efecto, sacó así el máximo partido de la ignorancia y el oscurantismo. A la altura de los años 50, logró poner en marcha un movimiento mundial por la paz justamente cuando urgía a sus científicos la fabricación de la bomba atómica y se preparaba para hacer invadir a Corea del Sur por las tropas de Corea del Norte. De igual manera, entre nosotros, los fanáticos de la guerra no son quienes la hacen, a través de asaltos y atentados terroristas, sino quienes pedimos que no se deje al país a merced de estos desquiciados agresores.

Cosa extraña: envueltos también en esta distorsión de conceptos y términos, los propios obispos, con monseñor Castrillón a la cabeza, en vez de dirigirse a la guerrilla para pedirle fin a sus actos de terror, solicitan ahora al Gobierno que desista de utilizar la Fuerza Pública para defender a inermes regiones. Nuevamente piden diálogo sin que haya prueba alguna de la buena fe de la subversión. Nos invitan a caer de nuevo en un engaño conocido, convirtiéndose, muy honestamente sin duda, en instrumento de un viejo recurso táctico que busca la desmovilización de nuestro sistema defensivo en favor de la estrategia de la guerra irregular. Es el mundo al revés. Stalin, en su tumba, debe reírse. Su aporte a la oscuridad medioeval sigue vigente: convertir un dogma en verdad a base de la simple reiteración. Tiene razón Octavio Paz cuando advierte que nuestro subdesarrollo no es económico sino político. Apenas descubrimos un engaño estamos listos a caer en otro. Hasta cuándo?