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YO ME LLAMABA BASUCO

Fui adicto al basuco, la cocaína, el alcohol... en todas sus formas. Y cómo consumí droga por primera vez? Por el ambiente de grupo. Creo que esa es una de las causas principales para iniciar una drogadicción . Fredy no tiene miedo, ni siente vergenza mientras cuenta todo lo que tuvo que soportar cuando decidió seguir el camino de la drogadicción. Al otro lado de la mesa, con un marcado acento paisa, inicia su relato.

15 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Mientras habla, Gabriel, quien está junto a él, mueve la cabeza en señal de afirmación. Su vida tiene mucho en común con la de Fredy. El también es un alcohólico y drogadicto en recuperación.

Tanto Gabriel como Fredy son dos jóvenes paisas (30 y 29 años respectivamente) que iniciaron en un consumo social. Es decir, un consumo esporádico, siempre con amigos o en eventos sociales.

Por su procedencia es fácil adivinar cuál fue la educación que recibieron; sin embargo, ella no fue obstáculo para iniciarse en la droga.

Yo me crié en un hogar normal, con unos principios morales bastantes grandes. Mi primera droga la probé a los 17, 18 años porque los conceptos morales que me habían inculcado no me daban para fumar marihuana , afirma Fredy.

Gabriel asegura lo mismo, y aunque no vivía con su padre porque había fallecido, contó con la compañía y el apoyo de su seis tios, su mamá y su hermano.

Además de la educación que recibieron de sus familias, los dos tuvieron la posibilidad de estudiar. Fredy curso un corto High School en Estados Unidos y Gabriel es técnico profesional. En la actualidad está cursando una especialización internacional en la Javeriana y trabaja independiente como asesor del sector petrolero.

El caso de Gabriel Cuando Gabriel se inició en la droga ya era un un próspero empresario, que contaba con solidez económica. Hacía 15 meses había contraído matrimonio y tenía una pequeña preciosa. A pesar de su buena vida , tomó el camino equivocado. Esta es su historia: Cuando empecé mi época de decadencia yo tenía una economía sólida. Ganaba de una manera excepcional y me podía dar el lujo de comprar todo el producido de la olla.

Las arcas se fueron desocupando y ya dejé de cumplir mis compromisos laborales y gasté y gasté. Perdí todo, perdí el apartamento, las joyas, la moto, hasta que finalmente robé públicamente a quien me diera papaya. Gracias a Dios me fue muy mal.

Es íncreible que de llegar a una olla con un millón de pesos, 600 mil y 800 mil pesos, dos y tres veces al mes, al final me tocaba mendigar 20 pesos a los mismos consumidores para completar para un cigarrillo pielroja.

Después de que yo llegaba y dejaba sumas millonarias en una olla, finalmente terminaba en cuatro en el suelo, arrodillado o pecho a tierra rogando, gritando por la rendija de una puerta para que me fiaran 500 pesitos para un tabaquito y no jodo más, tener que soportar que me dieran planazos en la espalda con un machete o que me echaran miados o que me cogieran mis documentos y los tiraran al río Magdalena.

Cuando me ví derrotado, que había perdido todos mis valores y me di cuenta que había hecho daño sin querer, económicamente en la bancarrota, laboralmente en ceros. Con alteración de conductas sexuales (tuve cuatro o cinco contagios de venéreas), y lo más triste: no querer vivir porque no me concebía derrotado, empiezo a tratar de manejar el problema con raciocinio.

Así comienzo a hacer fugas geográficas, a cambiar de sitios (porque uno cree que el ambiente es el que le hace daño), a comprar menos, pero de manera más seguida. Era totalmente impotente a la sustancia y por ella hacía cosas horribles como acostarme con un marica, contaminar a mi esposa con una gonorrea.

Por todo esto lloraba pidiéndole a Dios que me diera una herramienta para aprender a manejar eso, porque yo no había nacido para estar envuelto en ese mundo, revolviéndome con prostitutas de quinta categoría y con atracadores. Sin embargo, yo seguía viviendo para consumir y consumía para vivir. Yo me llamaba basuco.

Inicialmente el basuco me ponía a 120 por hora, pero después me ponía en un rincón asustado lleno de temores, asaltado por sombras inexistentes. Yo veía a mi esposa, a la policía, al ejército a los compañeros de trabajo, todo el mundo me perseguía .

Cuando Gabriel descubrió que sufría un grave problema decidió internarse en una fundación religiosa en Bogotá. Sin embargo, el tratamiento que tenía la institución no le gustó y permaneció allí 15 días.

Durante dos o tres meses, según sus palabras, estuvo viviendo con un pariente suyo. En este tiempo no consumió alcohol, ni sustancia ilícita alguna. Creyó que se había recuperado y decidió regresar a Neiva. Al llegar le ofrecieron trabajo y así comenzó de nuevo.

Sin embargo, el 31 de octubre de 1991, fecha que no olvida, acompañó a su esposa a una fiesta de disfraces. A las tres de la mañana del día siguiente, después después de haber consumido una buena cantidad de licor, vestido de Fidel Castro se fue a vivir debajo de un puente. Sólo regresaba a su casa para dormir durante el día.

El 18 de marzo de 1992 a las 5:30 de la tarde consumió el último pase . Sintiéndose derrotado, fue a donde su madre, quien lo trajo esa misma noche a la capital. Al día siguiente vio un comercial en televisión de la Fundación Pida Ayuda e inmediatamente tomó la dirección y pidió una cita. El sábado 21 de marzo, gracias a Dios me pude quedar y ya llevo 15 meses viviendo limpio, como nunca pense que pudiera vivir. Gabriel permaneció 45 días en la fundación, sin salir, recibiendo toda la atención necesaria de especialistas y terapistas. Allí entró en contacto con sus sentimientos.

La historia de Fredy La historia de Fredy no es muy diferente a la de Gabriel. El también pasó de un consumo ocasional de bajas dosis, a un consumo más frecuente y mayor.

Vivió en diferentes regiones del país, siempre huyendo de su problema (escapes geográficos como los llaman en la drogadicción), pero en ellas encontraba otras personas que compartían su vicio.

Cuando el consumo fue aumentando comenzó a distribuir basuco y sólo consumía cocaína porque la veía más elitista. Así, ya no se daba un pase cada ocho días, sino tres en la semana.

Fue aumentando tanto que llegó a tal punto que un día tenía alrededor de 300 gramos de cocaína. Los puse en una bandeja y empecé a consumir dándome un pase cada 10 minutos. Todo el lado izquierdo se me estaba paralizando y me empecé a restregar con una toalla. Yo decía: Dios mío, no me dejes dar un derrame cerebral!, pero no paraba de consumir, desde las 5 de la tarde hasta las 6 de la mañana, que me levanté y me miré en el espejo y me vi totalmente deformado. Aumenté tanto mi consumo que ya tomé una sobredosis.

Ahí paré la cocaína una semana, pero ya me hacía falta consumir algo. Entonces dije: voy a fumar basuco que no me hace nada. Me cambié de adicción. A los cuatro meses estaba totalmente adicto al basuco, ya fumaba cinco o seis días sin parar, sin comer ni dormir y terminaba en un baño hasta que me maluquiaba, vomitaba y el vómito me apagaba el basuco. Duraba arrodillado horas enteras en el baño.

El año 89 lo viví prácticamente para consumir, mis momentos de lucidez eran muy pocos. La gente cree que uno en las ollas está feliz, no le importa nada. No es así. Yo me volví un fumador solitario, me encerraba a fumar y empezaba a llorar cada basuco que me fumaba.

Vivía en las ollas de los desechables. Son edificios viejos con callejones inmensos, tu entras y sólo ves habitaciones y la gente saca la cara para ver quién llegó. No hay baños, la gente defeca en cualquier lado, tu caminas sobre la mierda. Yo me tiraba en una cama donde las ratas pasaban por encima. En esas duraba cuatro o cinco días limpiándome el sudor en la ropa.

A pesar de eso mi familia siempre estuvo conmigo, me decía que me pagaba las deudas, porque tenía unas millonarias y ya me estaban buscando para matarme, que me ponían un negocio, pero yo tenía una pérdida de identidad tan grande que la única solución que veía era el suicidio.

Entonces, a mi mamá le hicieron una ecografía y le encontraron dos tumores bastante grandes que había que operar de urgencias. Todo el mundo me rogó que me portara bien esa semana, que lo hiciera por mi mamá. Eso fue un lunes. Yo estuve bien lunes, martes y miércoles. Tantos días sin consumir era algo desesperante.

Así llegué a la olla y consumía y lloraba. Mi mamá! Ya la operaron? Era tanto el sufrimiento y la impotencia de que le estaba fallando al ser que más he amado en mi vida .

Fredy asegura que este hecho y la pérdida de identidad lo hicieron dejar la droga el 29 de noviembre de 1989. Después de consultarlo con su familia, decidió que sólo no podía y acudió a grupos de narcóticos anónimos, hasta que llegó a la Fundación Pida Ayuda.

Hoy lleva tres años y cinco meses de recuperación. Sabe que padece una enfermedad llamada adicción y que debe afrontarla. Así se lo enseñaron en la fundación, a través de terapias, del contacto con otras personas que padecen lo mismo y de la palabra.