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ANTIURIBISTAS CON BUROCRACIA

El Presidente Uribe ha comprado buena parte de las conciencias del Congreso : Andrés Pastrana Arango.

30 de enero 2005 , 12:00 a.m.

"El Presidente Uribe ha comprado buena parte de las conciencias del Congreso": Andrés Pastrana Arango.

"El Presidente también está en campaña con los magistrados de la Corte. Así como la movió en el Congreso, ahora está moviéndola con los magistrados": Enrique Peñalosa Camargo.

No pretendo ensañarme con nadie ni quiero volverme machacón, pero debo traer las anteriores frases a colación como muestra de las muchas que tanto Pastrana como Peñalosa han soltado en relación con el presidente Uribe y el tema concreto de la reelección presidencial inmediata.

Independientemente de que ellos tengan razón -lo cual correspondería demostrarlo con hechos y pruebas, o al menos con una información más detallada-, lo que no se entiende es que, por respetables que sean tales opiniones, la representatividad política vigente suscite otros comentarios e interpretaciones.

Sí: Luis Alfonso Hoyos, Alicia Arango (la verdadera Alicia adorada ), Carolina Barco, Cecilia María Vélez, María Consuelo Araújo, Beatriz Londoño, Astrid Alvarez, Alicia Naranjo, Juan Lozano, Alfonso Gómez Palacio y Jaime Buenahora (cónsul en Nueva York) son o han sido todos funcionarios competentes y en varios casos admirados. Pero decir que varios de ellos no actuaron felizmente como subalternos de Peñalosa en la Alcaldía de Bogotá, o negar que en algún momento -a comienzos de este Gobierno- sus nombres fueron directa o indirectamente sugeridos o consultados por el interesado, sería como tapar el sol con las manos.

Igual sucede con el ex presidente Pastrana. Sus declaraciones, en su entrevista con María Alejandra Villamizar, y otras posteriores han sido tan sustanciosas como dicientes. Con toda la pena del mundo, no deja de ser curioso -por lo menos eso- que en el servicio exterior todavía figuren, en alta estima, Víctor G. Ricardo (Suráfrica), Guillermo León Escobar (la Santa Sede), su ex canciller Guillermo Fernández de Soto (Holanda y Países Bajos), Luis Alberto Moreno, Mauricio Ramírez y Juan Carlos Vélez, entre otros. Insisto: en la lujosa y envidiable nómina diplomática, o en puestos relevantes a nivel nacional.

Ello, sencillamente, no lo entiendo. Algunos dirán que pienso con una mentalidad burocrática malévola y distorsionada. Que justamente tales son las costumbres políticas que hay que erradicar. Que muchos de los nombres mencionados son irremplazables, en su condición estrictamente profesional. En fin: que estoy meando fuera del tiesto, o respirando por la herida o, peor, personalizando las circunstancias... No creo. Francamente, no lo creo. Es como si el presidente Bush, durante su primera administración, hubiera decidido invitar a los amigos de Al Gore a cogobernar ante el hecho de que este obtuvo mayores resultados electorales, así Bush hubiera logrado más delegados en el llamado Colegio Electoral.

O más elocuente aún: es como si Bush, cuando derrotó hace poco sobradamente a Kerry, hubiese pensado que era el momento de constituir un gran gobierno patriótico después del fiasco de Irak, lo que no obstante no frustró su triunfo. Al contrario! El gobernante cambió a varios miembros de su gabinete, pero para llamar a los verdaderos halcones. A los duros, comenzando por Condoleezza Rice. Y nadie que esté contra él ha cuestionado la representación política que hoy tiene, y si se quiere derrocha, a nivel de sus embajadas y secretarías (equivalentes a nuestros ministerios).

Mas aquí nos gusta ser más papistas que el Papa, y ahora resulta valedera la tesis de que quienes más disparan contra Uribe, por el manejo que él mismo le ha dado a la reelección, deben mantener intactas sus cuotas de poder, porque lo contrario sonaría entonces a persecución política. Eso, a mi juicio, no pasa de ser un sofisma de distracción.

Claro que la reelección va a generar traumas y traumatismos - ya se están viendo!-. Y que en la medida en que Uribe no ofrezca plenas garantías a sus rivales, mediante un convincente estatuto de la oposición, el ambiente tenderá a enrarecerse, en perjuicio suyo. Así de simple es la cuestión.

Pero dichas garantías no son -no pueden ser- tener burocracia y, simultáneamente, ejercer la oposición. Porque ahí, en tal actitud, no hay ningún tipo de coherencia. Y, por consiguiente, tienen razón y de sobra dirigentes políticos como Germán Vargas Lleras (o Rafael Pardo, que sobre estos temas poco se queja), cuando se sienten maltratados -o políticamente no del todo representados-, en tanto que renuncian a sus propias aspiraciones presidenciales para convertirse en jefes de debate de aquel que, por distintas causas, no les ha hecho -en justicia- suficientes reconocimientos.

De quién es la culpa? De quienes no se sienten obligados moralmente a renunciar a sus cargos, o del propio Gobierno, que no suscita una crisis ni propicia un realinderamiento de fuerzas? Si fuera líder político y no me gustara la reelección inmediata, les pediría a mis seguidores ser consecuente, para no perder credibilidad ante una opinión que no entiende por qué se puede ser antiuribista y, paralelamente, uribista.

Que me expliquen bien este rollo -o este embrollo- a no ser que me haya vuelto bobo. Lo cual también es posible.

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