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EL COMPLEJO QUE OLVIDÓ FREUD

El mal es antiguo como la tierra que pisamos. Ni siquiera somos oriundos de aquí. Sino llegados, y a pie limpio, por el Estrecho de Behring, de un oriente por determinar, o de una oscura isla polinesia sin nombre, a puro remo. Advenedizos, a lo mejor no descendemos del chimpancé como todo el mundo, ni del vanidoso tití del Caquetá, sino de la sardina enlatada en aceite que intuyó López de Mesa. Y parece un mal incurable.

11 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Como las perfidias del museo de desperdicios de nuestra historia. Los primeros europeos en arribar a estos paraísos, a pesar de las niguas, los zancudos (y los políticos) fueron recibidos como dioses y aprovecharon los agasajos del equívoco arrancando a sus anfitriones el oro. Y la inocencia.

Cuando pasó el deslumbramiento los pobres indios se hallaron despojados, pero vestidos. Cubiertos pero descubiertos. Enajenados. Y cornudos. Pues, desde el comienzo de la gesta indigesta, sus mujeres, por razón o por fuerza, en medio del frenesí de las violaciones, y quién sabe, atraídas por el amor por las novedades, el gusto por las barbas que recordaban los pelos de la mazorca y el aroma del hierro de las armaduras, alternaron las hamacas de sus cándidos antropófagos de siempre con la cama católica de los señores de las nuevas crueldades, mensajeros del regalo de la invención prodigiosa de que copular es un acto vergonzante.

Ellas, por perspicacia femenina, fueron las primeras en enterarse de que la montonera de a caballo estaba compuesta por hombres de carne y hueso, con dos arcabuces y bastante pólvora, después de la travesía, como para volver a llenar esto de gente al cabo de la guerra desigual.

La dichosa india Catalina, incongruente con la libertaria Cartagena, fue la primera costeña en aceptar el vasallaje y vestir a la española. Y se convertiría en un lisonjero instrumento de penetración de los conquistadores entre la gente de Turbaco. Como Marina, la mejicana, que adelgazó la resistencia de la suya. Lo que más quiero es servir a mi señor Cortés y a mi marido Juan Jaramillo, respondió ésta cuando sus parientes la invitaron a regresar a su casa y sus dioses.

Guaricha en lengua aborigen quería decir señorita, princesa. Pasó a ser sinónimo de ramera. El noble joven indígena, un simple guache. Sin percatarse de la ingratitud, el alma agradecida y conquistada de América siguió realizando soñolientas imitaciones del arte del Renacimiento, nuestros curas criollos remedando los retorcimientos gongorinos del barroco, con gorgoritos culteranos que hacían sonreír a Madrid, y el cucarachero transformado en ruiseñor por la magia del bautismo entonó villancicos en la capilla misionera. De qué alardeas? Somos hijos de padres humillados por Europa. Por eso, dice Fernando González, el suramericano tiene la individualidad tan apachurrada. El uso inmoderado del bigote y las patillas en tiempos de la Colonia, debía obrar a manera de tarjeta de presentación. Tantos pelos como hacen parecer la crónica de la patria crónica una bayeta de peluquero, ostentaban la sangre hispánica de importación, encubrían el pardo parentesco con indios, negros y mulatos lampiños.

Dime de qué alardeas y te diré de qué careces, dice el refrán.

Inventamos o erramos, advertía Simón Rodríguez. Pero la independencia, que hubiera podido constituirse en un fogoso impulso de originalidad propiciado por el genio de Bolívar y su maestro, desembocó por desgracia en un proyecto pánico de monarquía, en añoranza de algún príncipe europeo que nos salvara del riesgo de nuestros tropicales desórdenes, y después del asesinato del general venezolano, y condenado al ostracismo de amarguras su mentor, los tenderos grancolombianos herederos del poder contemplaron, por incapacidad y disminuidos por el arcaico sentimiento de inferioridad, la idea raquítica de convertirnos en protectorado inglés o regalarnos como una pelota de trapo a los Estados Unidos.

Nadie tomó en serio la propuesta. La alternativa fue legislar. O cerrar las cacharrerías. Por eso contamos con el orgullo vanaglorioso de un himno con Termópilas y centauros que eran pelagatos, un escudo coronado por un ave de rapiña majestuosa, y bandera, que según el anecdotario secreto, fue el invento de gallinazo del general Miranda. Ni oro, ni mares, ni sangre de tus mártires. Los cabellos, los ojos y los labios de una muchacha suiza.

Instituciones copiadas, leyes calcadas, formas de organización social, plagios abusivos, ecos remotos de libros de latinajos aprendidos con los jesuitas o traducidos del francés, apadrinan nuestros ascos pretéritos y pasados acosos. Y el presente es un recalentado de revistas inglesas, limbo borracho de la falta de imaginación. Esta casa jamás termina de caer. Donde nos empeñamos en vivir.

El escritor antioqueño Fernando González nombró complejo de hideputa la enfermedad del espíritu avergonzado, cuyos síntomas más evidentes son esta guerra cinco veces secular, las diarreas de la envidia, la siniestra parálisis que nos impide admirar la grandeza en lo propio, y tiene una sola cura, adivinada también por González: la desvergenza de expresarse. La autenticidad.

En Antioquia, en pleno siglo XX, aún discutían nuestros intelectuales, lectores de Dostoievski, si era nuestro pueblo novelable. Prolongando la vieja disputa sobre el alma de los americanos. Fernando González, que se autoproclamó filósofo de la autenticidad contra el sentimiento nacional de vergenza, lo pagó caro. Candidatizado para el premio Nobel, los suecos pidieron la opinión de la Academia Colombiana. Y de aquí contestaron que se lo dieran a un español.

Candidez. O ceguera. Tácito cuenta cómo se divertían los romanos viendo a los ingleses con la toga y asistiendo a los baños con ademanes distinguidos, sin saber que hacía parte de la servidumbre.

Bolívar había dicho al final de su vida: América todo lo recibía de España. En la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos, no gozábamos de la consideración que inspira el poder... Uncido el pueblo a la ignorancia, la tiranía y el vicio... no hemos podido adquirir saber, poder ni virtud... Las lecciones y los ejemplos que hemos recibido son los más destructores... Y un pueblo pervertido e ignorante... es un instrumento ciego de su destrucción... que adopta como realidad sus ilusiones, toma la licencia por libertad, la traición por patriotismo y la venganza por justicia .

Como quien dice: recen tres Padrenuestros mientras vuelven los Borbones. Y consuélense pensando que ya los ingleses habían estrenado el complejo en tiempos de Agrícola. A lo mejor entró también por el Estrecho de Behring. Mucho antes de que lo hiciéramos nosotros.