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EL INQUILINO

Un mal olor comenzó a percibirse el lunes 5 de julio en un edificio de cinco pisos, ubicado en un conjunto residencial al norte de Bogotá. Son pequeños apartamentos, habitados, casi todos, por familias con uno o dos niños, que amanecieron asqueados el martes 6, cuando el hedor era repugnante. Se pensó en un animal muerto, pero la idea era insólita en ese lugar, sometido a la inflexible limpieza diaria. Al mediodía, la pesadez del ambiente era intolerable, mientras grandes moscas se estrellaban contra los vidrios de un apartamento en el segundo piso. Allí vivía El japonés . Ese era el apodo improvisado que los vecinos le habían puesto a un hombre de rasgos orientales, de treinta y cinco años aproximadamente, que había tomado en arriendo el apartamento 227, desde hacía dos meses. Y que se había constituído en una pesadilla. Vivía con un muchacho, y continuamente organizaba unas reuniones orgiásticas, con gente de ambos sexos, consumo copioso de licor y un equipo de sonido que retumba

11 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Fue inútil llamarle la atención sobre lo irrespetuoso que resultaba su comportamiento, en un lugar de gente trabajadora, que debía madrugar y que no se sentía nada cómoda en su compañía. Ignoró los llamados. Así que la última medida fue solicitarle a la administración que le pasara una carta amonestándolo.

Pero había sido imposible entregársela. Algunos vecinos aseguraban que había salido con una maleta, y todo parecía indicar que no estaba en el apartamento, sobre todo porque nadie respondía a las llamadas desesperadas que a través del citófono y con golpes en la puerta, se le hacían a las cinco de la tarde, cuando el hedor que salía de su apartamento ya tenía una sola identificación: olor a muerto.

Y así estaba el hombre, cuando un cerrajero forzó la chapa: tendido bocabajo en la sala, en pantaloncillos, con el cuerpo penetrado varias veces por un enorme cuchillo y en avanzado estado de descomposición. Tenía los dedos llenos de anillos y no había señales de robo ni violencia. La policía encontró, eso sí, marihuana, bazuko y cocaína. El compañero fue capturado unas horas después, y al ver a su amigo --que resultó filipino-- declaró que no sabía nada y lloró amarga y desconsoladamente.

El cadáver fue sacado del apartamento hacia la una de la mañana del miércoles 7. Varios vecinos prefirieron pasar esa noche en casa de sus parientes. Y para todos, el resto de la semana transcurrió con un sentimiento detenido entre el espanto, el asco y el miedo. Han pensado en buscar a un sacerdote para que diga una misa por el difunto y saque de sus viviendas ese aire de mal y de tragedia que el inquilino trajo.

Cómo llegó ese hombre ahí? Nunca se supo, porque nunca lo dijo y parece que nadie se molestó en averiguarlo antes de arrendarle el apartamento. Lo tomó en Luque Ospina y Compañía, empresa a la que la propietaria delegó el manejo de su inmueble. La voz que se corrió fue que el hombre había venido a pasar un año en Colombia y que tenía mucha plata.

No es grato echar este rollo un domingo, cuando el lector espera que se reduzca la carga de violencia que consume en la semana. Pero el columnista lo hace así, con pelos y señales, para que el lector entienda el dramatismo que contiene y el enorme contrasentido de esta situación. Sólo el relajamiento de las condiciones de arrendamiento de un inmueble puede llevar a un personaje así a una agrupación familiar. Qué compromiso tienen las empresas arrendatarias con el entorno de los inmuebles que arriendan? No les interesa romper la paz de una unidad habitacional colocando en ellas a inquilinos que pagan pero que no tienen compromisos con los vecinos? A quién quejarse? Por lo pronto, en la agrupación citada se ha propuesto que los arrendatarios de apartamentos deben presentar ciertos datos básicos. Quiénes son? Dónde trabajan? Qué hacen? Y se reserva el derecho de rechazar a quien resulte con comportamientos antisociales, que alteren la vida de la comunidad. Cuáles son el compromiso de las empresas inmobiliarias y la obligación de las autoridades?