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LA SAGRADA FAMILIA

Como rituales de encuentro, las reuniones de familia representan lugares de reconstrucción de lazos sociales y momentos de reactualización de complicidades e historias compartidas; sin embargo, como bien lo muestra el cine o la literatura que ha hecho de ellas uno de sus temas predilectos, muchas veces estos espacios son asimismo expresión de desencuentros, resentimientos velados y cuentas por saldar con historias dolorosas. En ese sentido, siempre me ha sorprendido ese imaginario familiar vehiculado por los medios y la sociedad de consumo en la época decembrina; como refugio caluroso y paraíso perdido y reencontrado para Navidad, los comerciales nos venden una familia numerosa, unida alrededor de una mesa llena de víveres preparados por una abuela sonriente entre sus hijos, hijas, yernos, nueras, nietos y nietas de todas las edades.

12 de enero 2005 , 12:00 a.m.

Como rituales de encuentro, las reuniones de familia representan lugares de reconstrucción de lazos sociales y momentos de reactualización de complicidades e historias compartidas; sin embargo, como bien lo muestra el cine o la literatura que ha hecho de ellas uno de sus temas predilectos, muchas veces estos espacios son asimismo expresión de desencuentros, resentimientos velados y cuentas por saldar con historias dolorosas. En ese sentido, siempre me ha sorprendido ese imaginario familiar vehiculado por los medios y la sociedad de consumo en la época decembrina; como refugio caluroso y paraíso perdido y reencontrado para Navidad, los comerciales nos venden una familia numerosa, unida alrededor de una mesa llena de víveres preparados por una abuela sonriente entre sus hijos, hijas, yernos, nueras, nietos y nietas de todas las edades.

Esa imagen me parece algo idílica y poco real, pues en todas las familias, no nos digamos mentiras, hay un secreto bien guardado, alguien que esconder, un evento reciente de separación que lo complica todo, o la neurosis de una tía cada año invitada a último momento. Sin olvidar la nuera que nadie soporta porque siempre tiene la última palabra, las tensiones entre los dos hermanos, enfrentados por resentimientos ante el éxito del otro o por las preferencias de uno de los padres, los hijos del segundo matrimonio que ya no logramos manejar y una nieta adolescente que durante toda la noche se la pasa en el celular.

Creo que esta familia numerosa, sonriente y sin conflictos aparentes, es una imagen reductora, porque Colombia es una nación en la que se encuentran complejas estructuras familiares muy lejanas del imaginario comercial navideño, una representación cuya fuerza pretende ocultar la cara conflictiva y neurótica de la familia. Lugar y escenario de muchas violencias, lugar de la reproducción del poder del padre y su palabra autoritaria, lugar de una madre a veces convertida en devoradora de hijos e hijas, lugar de inevitables rivalidades fraternales. Lugar también de la construcción de las identidades de género pero más que todo de las inequidades de género a través del ejercicio de la sexualidad, la toma de decisiones, el uso del tiempo y el trabajo doméstico, entre otros.

Sí, la familia es el teatro por excelencia del inconsciente, como la llamaba la psicoanalista Melanie Klein, este inconsciente que se nos pega a la piel y que no dejará de manifestarse más tarde. Amaremos con toda nuestra historia familiar encima, no lo olvidemos, y si el amor es tan complejo, es probablemente porque tenemos que resolver nuestros nudos familiares antes de madurar en el amor. Por eso, a veces, hay que reconocer esta otra cara de la familia para crecer y ser capaz de volar lejos de ella. Es la ambivalencia de la familia tradicional: lugar de expresión de los afectos y al mismo tiempo infierno de heridas cuyas huellas perduran.

Y sin hablar de esas familias ausentes del imaginario comercial: las familias recompuestas, las familias de las madres solteras, las diversas estructuras familiares de las comunidades indígenas o las familias gays, entre otras, que representan hoy día quiebres muy profundos de las visiones tradicionales de la familia. Pero el mundo que nos vende el marketing es una mirada excluyente y a veces casi logra hacernos creer que es el mundo real.

Hace algunos años veíamos una serie muy buena. Se llamaba Después de los treinta. Esa era, con todo y el modelo gringo, la representación de familias más parecidas a las nuestras. Llenas de configuraciones, colores y sabores distintos, con sus pesadillas y alegrías. Como la vida misma.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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