Archivo

ARQUITECTURA, PROFESIÓN AL ZARZO

Bogotá, cada día que pasa, acusa un mayor estado de deterioro en casi todos sus aspectos. La ciudad de hoy demuestra una saturación vehicular difícil de solucionar, un déficit preocupante en la calidad de sus servicios y un problema mayor de orden público. Todo lo anterior ha generado un nivel de agresividad en los ciudadanos muy distante del espíritu apacible y enruanado de épocas pasadas o de la caballerosidad propia del cachaco.

10 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Este resbalón hacia una actitud de supervivencia en la jungla no se origina solamente en carencias de índole urbanística, a pesar de lo dicho en algunos estudios que señalan el sobrehacinamiento como generador de violencia.

Parte importante del deterioro urbano puede ser imputable al marginamiento del arquitecto del nivel decisorio que rige el desarrollo de la ciudad y a la pérdida del respeto por el valor conceptual del diseño.

Esta afirmación alude a la diferencia existente hoy con relación al pasado, cuando las determinaciones correspondientes a la zonificación de Bogotá, su densidad, el diseño de su espacio público y de sus corredores viales, además de los edificios, era competencia de los arquitectos.

Hoy el afán mercantilista que permea la mayoría de los negocios de finca raíz, aunado a la ingerencia que han adquirido en el diseño los trámites de aprobación de permisos, sean estos de carácter normativo o financiero, han relegado al zarzo al arquitecto, tanto conceptual como económicamente.

Este proceso no dejó responsables para velar por la calidad de vida que deben tener los ciudadanos.

El fenómeno ha sido resultado de la premisa según la cual el sector privado considera que esta es una obligación que solamente atañe al sector oficial y que con el simple cumplimiento de las normas, en el mejor de los casos, se logra este objetivo.

De otra parte, el sector público, convertido en botín burocrático, tiene otras metas y le atribuye a este concepto el carácter de veleidades formales , teniendo como consecuencia que cada día desaparezcan trozos enteros de la ciudad diseñados con generosidad y cuidado a manos de una arquitectura que obedece solo a cálculos matemáticos, en detrimento de la calidad del diseño.

Este fenómeno ha sucedido a lo largo y ancho de Bogotá, con la desapareción de barrios y pueblos tan amables como fueron: Santa Bárbara Central, Teusaquillo, Pasadena, el Retiro, Usaquén y Suba.

Dentro de este marco de referencia valdría la pena preguntarse qué pasará con Bogotá dentro de cinco o diez años, teniendo como probable respuesta el colapso definitivo de la calidad de vida en la ciudad, con el consecuente desbordamiento anárquico de construcciones sobre toda la sabana, cuyo costo paisajístico, ambiental y económico es incalculable.

El comienzo de este descalabro ya puede constatarse en el tugurbio , engendro entre tugurio y suburbio, que invade tanto la periferia de la mayoría de los pueblos sabaneros como las veras de las vías nacionales, y en la irrupción de exclusivas parcelaciones en medio de las alamedas de eucaliptos que alinderaban las antiguas haciendas.

La consecuencia nefasta es considerar irrelevante el concepto de calidad de vida como resultado del buen diseño.