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CON LA IGLESIA TOPAMOS...

La Conferencia Episcopal reunida esta semana en Bogotá estuvo agitada y en ella se ventilaron temas que de alguna manera le competen a toda la población. Y en tanto que Monseñor Darío Castrillón confirmó sus contactos con la guerrilla, los demás obispos participantes abogaron por que se les ofrezcan soluciones laborales a aquellas personas decididas a dejar la insurgencia pero a las que difícilmente se les brindan garantías efectivas para reincorporarse a la sociedad. Es evidente que en materias relacionadas con el orden público fundamentalmente guerrilla y narcotráfico la Iglesia puede jugar un papel clave que el Estado no debe desestimar, en su condición de instrumento mediador con credibilidad para las partes, que es la parte importante del asunto. Sinembargo, hubo un tema que siguió flotando sin obtener definición, y es el de las relaciones de Colombia con la Santa Sede alrededor de un Concordato que, como se sabe, fue echado abajo en 16 de sus principales artículos por la Corte

11 de julio 1993 , 12:00 a.m.

En efecto, por una parte dicha Corte tumbó buena parte de este Acuerdo, en un fallo muy controvertido desde el punto de vista jurídico, por la fuerza de su origen, pero que el Gobierno no se atrevió a desacatar, por razones obvias. Pues si por cuestionar una providencia judicial el Consejo de Estado ha puesto en cintura a dos ministros, a propósito de los controvertidos auxilios, qué cisma no se habría presentado si la Administración pasa por encima de este fallo de la Corte, que contó además con con[qm]cepto previo, en contra del Concordato, por parte del Procurador? Mas, por otro lado, la Iglesia señala que no es posible que el Gobierno se haya llevado de calle un Tratado Internacional, sentando un peligrosísimo antecedente al no reconocer, como siempre había ocurrido, que los tratados públicos han estado y están por encima de las leyes internas. Posición refrendada además por una autorizada y explícita opinión del ex presidente López Michelsen sobre este punto.

Posición que también es válida, sin que haya habido una manifestación clara del Estado al respecto. El solo hecho de sentar el precedente de que la Corte puede entrar a juzgar de fondo los tratados bilaterales, y si es el caso tumbarlos, según ha sucedido ahora, es de una gravedad que sobra resaltar. Y que coloca al país en entredicho, a nivel de su política internacional, y concretamente en cuanto se relaciona con nuestros acuerdos limítrofes.

Pues bien. Para debilitar esta teoría, hay quienes sostienen que lo que ocurre es que el Concordato con el Vaticano es un tratado sui generis, y que, en consecuencia, no se puede comparar con la solidez jurídica que caracteriza a los demás convenios, puesto que, en el fondo, la Santa Sede no sería un Estado. O es un Estado atípico.

Es una tesis tan peligrosa como injusta, cargada de una connotación política tendiente a desconocer la existencia de la Iglesia en nuestro medio, y su presencia ecuménica. Pues, en dicho caso, simplemente habría sido una farsa que Colombia hubiese tenido embajadores ante el Estado Vaticano desde tiempos inmemoriales. Y embajadores de la envergadura del doctor Darío Echandía. Quien, sin ser un católico pacato, era no obstante todo un jurista. Como sería también una engañifa que las demás naciones cuenten con jefe de Misión ante la Santa Sede, aunque no tengan Concordato. Empero ese es problema de tales demás naciones, que carecen de Acuerdo. Aunque no nos guste, Colombia lo tiene, debidamente reformado y aprobado por el Congreso. Que la Corte Constitucional lo haya tumbado, so pretexto o bajo el argumento de que viola el principio constitucional de la libertad de cultos, es otra cosa. Pero es lo que mantiene a la Cancillería metida en un embrollo, en sus relaciones actuales con la Santa Sede.

Se ignora, pues, cuál podrá ser el desenvolvimiento de este auténtico nudo gordiano, y a lo mejor no sería descabellado apelar al mecanismo del plebiscito para que sea la gente, en su libre albedrío, la que decida si quiere que haya Concordato o no, y bajo qué contexto. Estaría dispuesta la Iglesia colombiana a aceptar este sistema? Porque lo cierto es que semejante enfrentamiento ha adquirido ya otros perfiles, como la amenaza de una lucha religiosa. Como si Colombia no tuviera ya suficientes conflictos y discordias entre sus habitantes, por otras razones.

Hay que recordar, en efecto, que quien demandó la validez del Concordato y logró tumbarlo fue un sonoro abogado evangelista, y que las llamadas iglesias cristianas, en auge en Colombia, aplauden y apoyan entusiásticamente esta actitud, suscitándose cierta hostilidad entre los bandos, aunque se diga que no. La Iglesia Católica se ha percatado de ello, y de alguna manera está decidida a no dejarse desbancar de lo que ha sido siempre su posición protagónica en la vida del país; y de ahí talvez que esté involucrándose en otros asuntos no propiamente teológicos, como el problema de la subversión en sus distintas manifestaciones. Problema que compete tanto a gobernantes como a gobernados, independientemente de su religión.

En qué términará todo esto? Se sacude la Iglesia después de esta Conferencia Episcopal, y se despierta frente al hecho inusitado que viene produciendo el fenómeno de los evangélicos en un país considerado como católico, apostólico y romano? Que hablen los pastores. De todas las vertientes. Porque cristianos dicen ser todos, y con mayores veras al tenor de la nueva Constitución.