Archivo

TEMPLANZA FISCAL EN LA BONANZA PETROLERA

En el seminario sobre el petróleo de Cusiana, el ministro de Hacienda, Rudolf Hommes, se ocupó, según las versiones de prensa, de tres aspectos neurálgicos: el de la inversión de las regalías que corresponderán a departamentos y municipios; el de la abrumadora carga fiscal que representará en siete años la transferencia de recursos ordinarios de la Nación a dichas entidades territoriales, y el del déficit fiscal que podría ocurrir por el debilitamiento de las rentas originado en ésta y otras causas. La inquietud se explica en vista de que proporción muy notable de los rendimientos irá a los municipios donde se hallan ubicados los pozos de Cusiana y Cupiaga. Mal se haría en dejar el gasto a su entera discreción, sin un plan que articule su uso con las necesidades públicas de la región y del resto del país. Experiencias propias y extrañas enseñan cómo se tiende a su despilfarro, si no al franco latrocinio, cuando no existen reglas severas sobre su manejo y destinación.

10 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Bonanzas efímeras cambian por poco tiempo los patrones de vida de los habitantes; los inducen al divertimiento obsesivo, pero nada perdurable crean en términos de prosperidad, civilización y bienestar. Tampoco faltan los vendedores internacionales al acecho de hacerse a sus dineros sobrantes, colocándoles toda clase de pedidos y contratos. Quizá el riesgo menor, aunque también indeseable, sea el relativamente inocente de las granjerías burocráticas.

De otro lado, la Constitución del 91, impregnada de generoso espíritu descentralista, dispuso que con los caudales de las regalías no asignados a los departamentos y municipios se estableciera el Fondo Nacional de Regalías, cuyos recursos se destinarían a las entidades territoriales que determinara la ley. Tales caudales habrían de aplicarse a la promoción de la minería, a la preservación del medio ambiente y a proyectos regionales de inversión definidos como prioritarios en las planes de desarrollo de esas entidades territoriales.

Ahora bien. Cuáles han de ser las entidades territoriales beneficiadas conforme a la ley? Parecería extravagante que lo fueran las mismas con gigantescas regalías propias, teniendo en cuenta la concentración descompensada de riqueza en zonas geográficamente muy circunscritas. Favorecidas ellas con las inversiones masivas de la explotación y con lo que les corresponde por razón de sus utilidades, no sería lógico asignarles, por añadidura, las regalías de la Nación, por su naturaleza aplicables a resolver apremiantes problemas del conjunto y del resto del territorio. Como no sería aceptable prescindir de consultar su plan general de desarrollo.

Cierto es que la Nación, por participar en la explotación, percibirá cuota importante de sus rendimientos. Será una renta suya, cuya utilización podrá incluso diferir, aprovechar para reducir la deuda, construir obras vitales de infraestructura e invertir en la formación de capital físico y humano.

Como botón de muestra, está la deficiencia dramática del aeródromo de Bogotá, impreparado para la política de cielos abiertos, y el retraso de los puertos marítimos, al cual se suma el de las vías que a ellos conducen, en pleno auge de la apertura. En general, sería recomendable buscar los proyectos de mayor rentabilidad social, empezando por los de la capacitación científica y tecnológica. Y, por supuesto, crear el Fondo de Estabilización Petrolera, con miras a prolongar los beneficios de la bonanza en períodos de vacas flacas.

Pero, qué hacer con el Fondo Nacional de Regalías? Desde luego, inspirarlo en los mismos criterios y, quizá, convertirlo en una especie de Fondo de Compensación Inter-regional. De esta suerte, contribuiría a procurar el equilibrio y la unidad nacionales. Tanto como a evitar estruendosos desperdicios en los sectores donde los recursos llegaran a centralizarse.

Su dirección competería, obviamente, al Consejo Económico y Social (Conpes) como lo sugiere el ministro Hommes y no exclusivamente a los departamentos y municipios donde la bonanza petrolera se origine. Es vidrioso asunto de ley, al cual no hay que hurtarle el cuerpo. Sin desconocer el hecho insoslayable de que esta vez el sol de la prosperidad nace en el oriente del país, como antes en el occidente.

Se preguntará cómo hablar de déficit fiscal y reforma tributaria en la antesala de una bonanza que no podrá sustituir el esfuerzo nacional por acelerar su crecimienmto económico, multiplicar las oportunidades de empleo y diversificar y promover sus exportaciones industriaIes y agrícolas. Porque ha cesado de regir el gravamen de patrimonio. Porque concluirá la sobretasa del 25 por ciento al impuesto sobre la renta. Porque disminuirá el IVA en dos puntos. Porque en el frente de los gastos se han establecido porcentajes crecientes e inflexibles de transferencia de recursos a departamentos y municipios.

Hasta ahora, el énfasis a propósito de las repercusiones del petróleo de Cusiana se ha puesto en las cuestiones cambiarias, exagerando su monto y desconociendo que los socios extranjeros no se hallan obligados al reintegro de sus utilidades. Parcamente en las implicaciones fiscales de las deudas contraídas y la asignación de recursos. Que, si bien permitirán corregir los grandes retrasos de infraestructura e idoneidad, no autorizarán a desmantelar tributariamente al Estado, ni a reducirlo a vivir de la renta petrolera, como lo intentara Venezuela.

Las perspectivas de bonanza de hidrocarburos refuerzan los ingresos fiscales, pero no conjuran los desequilibrios si otras rentas se sacrifican o las erogaciones se disparan. Es lo que ha planteado con neta franqueza el doctor Hommes. El ideal habría sido presentar estas inquietudes cuando se tramitaba la ley de transferencia de recursos a las entidades territoriales. Era la oportunidad. Todos querríamos una nación tan descentralizada como Alemania, pero no en ruinas sino próspera como ella.

A la situación fiscal es menester hacerle completo estudio, antes que se creen situaciones irreversibles. Es viable o no la transferencia de recursos a las entidades territoriales en la proporción decretada? He ahí el primero de los interrogantes.

Desastre algodonero Desde 1959 Colombia no importaba algodón. Lo exportaba con buen provecho para la balanza de pagos y el mantenimiento de decenas de miles de empleos. Su bien ganada prosperidad se truncó, sin embargo, como flor de un día. La arrolló el producto subsidiado de las grandes naciones industriales. La improvidencia y no la recesión internacional provocó este deplorable paso atrás que tantos damnificados deja. Experiencia aleccionadora para abrir los ojos a riesgos previsibles.

Extralimitación Las reacciones pasionales por la destitución del llamado Veedor no pueden ocultar que incurrió en extralimitación de sus funciones, en sus actos como en sus caudalosas palabras. Quizá por exceso de celo, pero la verdad es que se le fue la mano. Y la lengua también.