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LA LOCURA DE PINTAR

Qué puede hacer un indefenso pintor cuando en los resquicios de la pintura encuentra que empieza a percibir demasiado, que se encuentra con dioses inexplicables y demonios no elegidos, con fantasmas ante los cuales no tiene como arma sino un escueto y lánguido pincel? Porque son muchos los pintores que guardan en su penumbra esa inconfesable verdad: que pintar les hace daño, los destruye, los aniquila, los acerca a dimensiones nuevas sin estar preparados... Tal fue el caso de Utrillo, desesperado, a quien su madre amenazó entre el manicomio y los pinceles y escogiendo lo segundo, pasó su vida encerrado en un cuartucho de Montmartre pintando iglesias y catedrales a partir de postales, que un cartero se robaba para él; también Reoualt, con su nombre impronunciable, quien no vendió en vida un solo cuadro pero pintó las putas y los Cristos más hermosos de este siglo, que luego su familia donó al Musse d Art de la Ville de París; o Gauguin quien era tan pobre que no tenía ni con qué suic

11 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Todos seres maravillosos, débiles, clarividentes, golpeados, hipersensibles, lunáticos refugiados en el alcohol, el misticismo o la soledad; seres venidos de algún planeta extraño en donde aún no se había inventado la mentira, desadaptados que nunca pudieron comprender su época y a quienes la sociedad toma cien años en entender, comenzar a amar y llegar a idolatrar...

Con sus escenas nocturnas de La Candelaria donde predicadores locos de la Plaza de Bolivar, niños que se bañan en las fuentes del parque Santander y prostitutas, no del todo desamparadas, se entrelazan con ángeles que anuncian tiempos mejores, con santos, místicos y dioses orientales. Margarita Jaramillo pertenece, sin duda, a esta casta de pintores de pura cepa cuya pintura no tiene subterfugios: pintura, pintura; pintura sin complacencias; pintura como forma de vida, como poesía, como religión; pintura en donde pintura y pintor son uno solo.