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PARA ALCANZAR EL ORINOCO

El río serpenteaba frente a nosotros como una cascabel enardecida, justo en donde los moradores de la región llaman los raudales de Ataures. Cuatro veces más ancho que el Magdalena, el río Orinoco se movía como una sombra negra en medio de un sofocante calor, amalgamado con el verde profundo de la selva del Distrito Federal del Amazonas en Venezuela y las costas del Vichada, arriba de Puerto Carreño. Este paraíso olvidado, marcaba el epílogo de una aventura que nos había llevado a recorrer más de 1.100 kilómetros y había iniciado un par de meses atrás.

08 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Habitación 207, Hotel Menegua, Puerto López. Allí, reunidos bajo una ceiba centenaria, nos encontrábamos dos personas decididas a comprobar que en nuestro país aún es posible viajar por tierra. Dos viejas y destartaladas motos se enfrentaban a un tortuoso camino a lo largo y ancho del departamento del Meta y Vichada, en cuyo lomo, igual que andanzas rezagadas, iban un toldillo, un chinchorro y un par de blue jeans raídos.

En aquel próspero pueblo ganadero estábamos reunidos dos idealistas con ganas de vivir en carne propia y con nuestros cinco sentidos, la cara alegre, rústica y folclórica de esta zona tan rica, pero a veces tan distante.

La calle, frente al hotel, estaba totalmente desolada. Un antiguo farol que al parecer fue de petróleo, ofrecía un banquete de calor. Sonaba únicamente el silencio del viento al chocar contra las piraguas ancladas en el río Meta. En esa pequeña estancia, nos intoxicábamos con la idea de la travesía que comenzaría al día siguiente. La luz del farol se fue extinguiendo y la oscuridad de la noche cubrió el Llano entero.

En marcha Salimos en la mañana rumbo a Puerto Gaitán, por un camino ancho y polvoriento manchado de una arena rojo intenso, que alguien dijo, era camino construido con sangre de héroes. Las cercas, el más claro indicio de la civilización, desaparecieron unos kilómetros adelante del Camino de los Japoneses y quedamos expuestos a las eternas sabanas y a un inclemente calor que superaba los 30 grados centígrados.

Carimagua, el Centro Experimental del ICA en la Orinoquia, apareció como un oasis en medio de ese desierto que comenzaba a ser interminable y apenas acabábamos de descubrir. En este punto, arriba del río Tomo hay una bifurcación donde se desprende una trocha hacia Corozal y Guacacías y otra hacia El Viento, Gaviotas y Guacamayas.

Después de casi ocho horas de camino, ya acomodados en esos potros que a cada instante se tornaban más indomables, llegamos a La Primavera, pasando antes por El Santuario y Cunaviche.

La Primavera es un poblado valeroso que luego de un par de días de receso nos despidió con un enorme olor a aguardiente y cerveza mezclado con el amable rocío del amanecer llanero. Las garzas levantaban vuelo, despertando con su algarabía a todo ser viviente ubicado kilómetros a la redonda. Los borrachos seguían tendidos abrazados aún a su botella a medio vaciar. Después de un largo tramo llegamos al denominado Bajo de la Culebra, un camino de barro negro y espeso, con grietas profundas que hacían casi imposible nuestro paso en moto. Cincuenta kilómetros recorridos, a una velocidad de diez kilómetros por hora, inundados de lodo, mosquitos, zancudos, sed y calor, convertían este lugar en un destino para el suplicio de los réprobos.

Desde ese punto más de trecientos kilómetros aguardaban para ser recorridos por nosotros, que para entonces parecíamos momias cubiertas de tierra, sudor y barro y traíamos encima un dolor que hacía crujir cada músculo y cada hueso del cuerpo ante cualquier leve movimiento. Arrancamos al final de la tarde y nos adentramos en la terrible oscuridad de la llanura. Disminuyeron los ruidos. Se callaron las chicharras. Desaparecieron los bichos y únicamente nos acompañaron las sombras fantasmagóricas de uno y otro arbusto esparcido por doquier. La vía se hacía a cada instante más difícil. Nuestros contraídos espinazos y acabados biceps, triceps y órganos fibrosos no soportaban un brinco o un hueco más. Estabamos a punto de tirar la toalla.

Rodando las nueve de la noche y lejos en el horizonte donde se unía el gris oscuro del cielo con el negro de la tierra, comenzaron a florecer, como espigas doradas, pequeños signos de luz. Habíamos llegado. Pitamos. Paramos. Celebramos. Y si hubieramos sabido cantar, quizás lo hubiéramos hecho. Nos acercamos, los pequeños puntos parecían más cerca de lo que realmente estábamos. Aceleramos. Finalmente cuando nos acercamos nos dimos cuenta de que aquellos reflejos de salvación no eran más que quemas sabaneras. Quemas que para el Llano son fuente de vida, dado que con las lluvias luego retoñan los pastizales. Para nosotros no era más que el infierno.

Seguimos nuestro viacrucis, sufrimos nuestro calvario con resignación hasta que treinta y ocho horas después de nuestra salida tocábamos a las 12:30 del día el extremo más este que tiene Colombia para ofrecer. Puerto Carreño. Ciudad enmarcada en las orillas del majestuoso Orinoco. Capital del Vichada. Centro de reunión de colonizadores, comerciantes y mercachifles de países vecinos y muchas razas. Puerto Carreño. Aorta de una vida llamada Orinoquia. Ciudad amable, pintoresca, con una historia y una tradición que muchas envidian.

Y ahí estabamos. Muertos vivientes cabalgando sobre bestias embarradas, mirando el Orinoco en penumbra, todo el Orinoco.

El hombrecillo que administraba el hotel vestido de bermudas y chanclas, nos miró y no creía. Parecíamos vagos a los pies de su palacio. Finalmente abrió las puertas de un pequeño cuarto. Para nosotros parecía ser el Jorge V en París. Estábamos donde queríamos estar. Y la dicha era contagiosa. La noche se acabó rápido.

Al amanecer comimos cachama sancochada y valentón fresco recién pescado. Corrimos hacia el río. Nos embarcamos en una voladora tres horas aguas arriba de Puerto Carreño. Admirábamos sus inmensas rocas negras enmarcadas contra esa espesa vegetación ribereña. A la altura del Casuarito, Vichada, diminuto caserío de comerciantes de combustible, se formaba una serie de desniveles de aguas denominada raudales de Ataures. Este fenómeno hidrográfico, imitando pequeñas cascadas, es la razón por la cual el río no es comercialmente navegable en toda su extensión.

Hay que mirar el río para entenderlo. Su temple y su postura erguida ante el sacrificio de sus costas y ribera nos cautivó. Perplejos, admirábamos una maravilla que Colombia comparte con otro país, pero que tan pocos colombianos comparten con Colombia. El río hay que tocarlo para sentirlo de verdad. Hay que mirar sus atarcedeceres opulentos matizados de cobre, oro, naranja y grises, para sentirse seducido. El río hay que protegerlo porque sus toninas rosadas están en vía de extinción. El río tiene cáncer. Se extingue lentamente. Su vida y gloria como una esperma, comienza a apagarse debido a la mano voraz del hombre insensato. El río Orinoco se está muriendo.