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GABO Y PUYANA DESCRIBEN A MEFISTO

Alberto Iriarte Rocha que así se llama, aunque tal vez él no lo sepa nació en Bogotá en 1920. Sus compañeros de colegio lo llamaron Mefisto, y así se quedó para siempre, por el engaño de sus ojos luciferinos que nada tienen que ver con su alma.

15 de enero 2005 , 12:00 a.m.

Alberto Iriarte Rocha que así se llama, aunque tal vez él no lo sepa nació en Bogotá en 1920. Sus compañeros de colegio lo llamaron Mefisto, y así se quedó para siempre, por el engaño de sus ojos luciferinos que nada tienen que ver con su alma.

En su primera juventud fue un arquitecto con los pies sobre la tierra que vivió en París y Caracas, y trabajó con Sert en Nueva York. De pronto, sin que mediara ninguna desilusión, se dejó crecer la barba y se vistió de profeta, y se fue a vivir en Envigado, un lugar idílico de la cordillera colombiana donde se dan silvestres las muchachas más bellas.

Como sus contemporáneos, los monjes del siglo XVI, tratando de esconderse del mundo, se encontró con la vida.

Lo único que se reservó de ella, sin embargo, fue su propia intimidad. Se levanta a las cuatro de la madrugada y se acuesta a las seis de la tarde. No ha vuelto a leer un periódico, y en sus horas de trabajo no hace más que leer y escuchar música. Pero en sus horas de ocio, pinta. Como lector, considera que todo libro necesita por lo menos un siglo de existencia previa para merecer la gloria de ser leído. En pintura tiene un criterio más drástico: nunca ha pintado un cuadro que no se ciña a las normas establecidas por el Concilio de Trento.

De modo que su obra espléndida y escasa es más bien un acto de purificación de un hombre de otro tiempo, empeñado en la tarea solitaria de inventar otra realidad para existir en ella. Porque en la nuestra, a decir verdad, no estoy muy seguro de que exista.

con vegetales/ ca. 1973.

Oleo sobre lienzo / 67 x 90 cm.

* * * *.

Iriarte o la pintura callada.

Por Rafael Puyana, 1982.

Son pocos los artistas que saben aislarse del mundanal ruido. Obedeciendo a una fuerza interior de rechazo a lo superfluo y en favor de la concentración, Alberto Iriarte vive desde hace varios años en una casa de hacienda restaurada por él mismo, su último esfuerzo de arquitecto, para realizar un sueño: pintar solo. Y pintar a su manera, sin dejarse tentar por estímulos que lo aten otra vez al mundo que dejó, lejos de toda especulación estética y material ...

Entrar al lugar donde pinta Iriarte es como penetrar al famoso bodegón de Zurbarán de la colección Contini-Bonacossi y pasearse lentamente alrededor de la canasta central. Allí duerme y madruga para aprovechar la luz de la noche muerta y pintar en silencio el silencio. Trabaja minuciosamente y a un ritmo pausado; se angustia y piensa durante meses, hasta que la obra queda terminada por aquella rara virtud que consiste en saber despreciar y castigar el tiempo para dominarlo.

Pero, si los fantasmas de Blas de Ledesma, Juan van der Hamen y León y Sánchez Cotán rondan por este recinto, sólo vienen a confirmar la autenticidad del americanismo de Iriarte. Francisco de Zurbarán, desde la Colonia, sigue presente entre nosotros: su representación del santo de Asís recibiendo los estigmas auténtica obra de su mano todavía se conserva en la iglesia de San Francisco en Bogotá.

El gusto por lo zurbaranesco perdura en Colombia donde también se ostentan, como originales, imitaciones tardías y copias sevillanas de sus bodegones. Nada más legítimo que una savia hispano-flamenca alimentando hojas y flores tropicales los artistas del nuevo mundo desde troncos europeos. Nos pasa a los americanos que al intentar renegarla, nos secamos. Podría afirmarse al menos, la frecuencia con que gracias a ella podemos crear. Un Iriarte no le debe más a esa tradición impuesta por la historia que lo que puede derivar un Balthus de sus nobles antepasados. Aceptando esta vena como parte de la realidad actual de nuestro continente, juzguemos la obra de Iriarte; así se revela como autóctona y puede considerarse profundamente original. Sus frutas e insectos y el aire que los rodea están impregnados del trópico donde el artista ordena. La meticulosidad de su técnica no es una afección preciosista; es una actitud moral, una pasión por la limpieza y la integridad...

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