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RECORDANDO LA MEMORIA

A la memoria podría señalársela como la gran alcahueta, la impecable e implacable celestina del tiempo. Y también, desde luego, como su gran preservadora, porque es la memoria, efectivamente, la que le da vida a ese tiempo. No deja de ser, por lo tanto, simplista la definición que de la memoria trae la enciclopedia: En los seres dotados de conciencia, capacidad de recordar hechos pasados, como pasados.

21 de enero 2005 , 12:00 a.m.

A la memoria podría señalársela como la gran alcahueta, la impecable e implacable celestina del tiempo. Y también, desde luego, como su gran preservadora, porque es la memoria, efectivamente, la que le da vida a ese tiempo. No deja de ser, por lo tanto, simplista la definición que de la memoria trae la enciclopedia: En los seres dotados de conciencia, capacidad de recordar hechos pasados, como pasados.

Pero esta facultad que tiene el hombre para recordar y conservar las huellas de las horas y los tiempos que pasan, se va perdiendo en el individuo con el correr de sus años, producto de su natural deterioro biológico. Escuchando a Camilo José Cela vigoroso, recio, inteligente, apasionado], me asombré alguna vez de su capacidad para conservar la memoria. A su sorprendente edad de octogenario irremediable, ya en el definitivo declive hacia la muerte, parecía todavía el niño que está en pleno ejercicio de descubrir el mundo, aprendiendo, reteniendo las cosas; y todo lo que decía, no importaba si su referencia convocaba tiempos ya muy remotos para él, parecía haberlo vivido o empollado la víspera. Admirable ejemplo que nos dejaba conturbados e intranquilos, pues somos escrupulosamente conscientes, día tras día, afán tras afán, de que vamos perdiendo la nuestra. Es claro que si no se la ejercita ésta se pierde o disminuye. Una memoria bien amaestrada no tiene vejez; lucha, batalla y en veces logra vencer el desgaste natural del organismo humano cuando éste avanza, menoscabándonos. Es, de lejos, bien entrenada y cultivada, uno de los pocos atributos exultantes que se nos permite conservar hasta el umbral de la muerte. Casi todo lo demás de nuestro cuerpo es reemplazable. La memoria, nunca. Y aunque Menéndez y Pelayo se refería a ella como el talento de los tontos, a uno no le queda más remedio que admirar a quienes la poseen y bendecir la poca que nos queda.

Don Quijote pensaba en la memoria, y con toda razón en su caso, como en la enemiga mortal de su descanso. Pero a nosotros su dispersión, su estropeo, su agotamiento, es precisamente lo que no nos deja en reposo. Pero no porque necesariamente sea sabio y justo el memorista; no, sino porque difícilmente puede llegar a ser lúcido o ecuánime quien la haya perdido.

Vivir sin memoria no solamente nos hace idiotas e inútiles; vivir sin memoria, en un mundo tan vivo como el nuestro, nos convierte en unos muertos más.

CODA:La propaganda disfrazada de noticia que por estos días hace escándalo y es condenada en Estados Unidos, en Colombia se la tolera y patrocina. Cuál independencia periodística! Observe usted detenidamente Noticias RCN por televisión: No es acaso la reproducción fiel del Boletín informativo de la Casa de Nariño y el Ministerio de Defensa?.

*guribe@cable.net.co.

La facultad para recordar y conservar las huellas de las horas y los tiempos que pasan, se va perdiendo con el correr de sus años, producto de su natural deterioro biológico.

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