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MI AMIGO, EL DE VERDE

Todas las maldiciones han caído sobre la Policía Nacional, a causa de la venalidad comprobada de un porcentaje de sus miembros, de alto, mediano y bajo rango. Las encuestas la sitúan como una de las instituciones más corruptas, sólo superada por el Departamento Administrativo de Tránsito y Transportes. Seiscientos agentes saldrán en las próximas semanas de la Policía de Bogotá, por acumulación de faltas en las hojas de vida. No pasan, pues, los amigos de verde por un buen momento. Es fácil, para un país sitiado por la impunidad rampante, encarnizarse con el que esté más a la mano. Y sacar de contexto la situación de los policías, como si viviéramos en Suiza. En los juicios de equivocado valor se habla de la Policía como un deseable grupo de ángeles, que viviera al margen de la situación en que se encuentran sus semejantes.

04 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Y no hay nada más equivocado ni opuesto a la realidad. La misma extracción del policía lo hace vulnerable a los defectos de destrucción familiar, pobreza mental y deterioro físico en que viven muchos de nuestros compatriotas. Pero no sólo en esos términos está emparentado con quienes lo rodean, y para los que representa la única noción de autoridad y de justicia que tienen a la mano. A la que pueden acudir día y noche, y que debe encarar desde un crimen hasta una pelotera matrimonial o una pedrea estudiantil.

He tenido ocasión de comprobarlo. El sábado 26 de junio, a medianoche mientras observaba un terrible accidente de tránsito que ocurrió en la mal llamada Autopista del Norte perdí mi carné de periodista. Al día siguiente fui a reportarlo a la Estación de Servitá. Los policías allí asignados deben responder por uno de los sectores más bravos y contradictorios de la capital. Barrios simétricos de clase media alta colindan con desiguales agrupaciones de casas autoconstruidas. Son dos mundos distintos.

Un agente de servicio atendía varias quejas. Un vendedor de dulces que buscaba protección para unos amigos suyos que habían recibido llamadas anóminas y amenazantes. Una mujer peleaba con su compañero. Cuando elaboró mi reporte, el agente me dijo que eso no era nada. La noche anterior había venido una mujer destrozada por una paliza que le dio el marido. Y eso tampoco era lo más grave. Es habitual allí atender los casos de madres golpeadas por sus hijos. Y de menores atropellados. Me contaron el caso frecuente de las hijas violadas por sus padres o sus hermanos mayores. Y el de un niño violado por un tío y tres amigos. Me sentí muy mal por estar ahí hablando de un carné...

Esa es, pues, la realidad de un policía. Atienden a sus mismos vecinos, que hablan el mismo lenguaje y comparten sus mismas miserias. Sólo ellos están ahí para recibir, a cualquier hora, las señales de angustia que no llegan a las páginas de los periódicos ni a los bonitos sets de la televisión. Los nuevos mecanismos de defensa con que la Constitución que hoy festejamos ha dotado a los ciudadanos, no les han llegado o no los conocen.

Es inevitable que en ese panorama de ausencia estatal, la presencia de la policía se convierta en poder. Y que muchos de sus representantes terminen abusando de él. Lo cual no la hace una institución ni buena ni mala sino hecha a la medida de las circunstancias.

Antes de lanzarle los perros, se podría pensar que hay que cambiar las condiciones para que la corrupción de la Policía no se incremente. Se puede lograr sacando al Estado de los escritorios y de los textos, y llevándolo allí, donde un insomne agente presta la guardia y hace frente a las secuelas de otros problemas sociales. Destrucción familiar, violencia, desempleo, alcoholismo. Las 24 horas del día. Y por los mismos cincuenta pesitos.