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PABLO, PABLO, POR QUÉ ME PERSIGUES

La historia se repite. El texto que usted va a leer ojalá que también lo lea Pablo Escobar. Sucedió hace 20 siglos: Entretanto Pablo, respirando amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba algunos seguidores de Jesús, los pudiera llevar atados a Jerusalén. Sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente lo rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Pablo, Pablo, por qué me persigues? El respondió: Quién eres, Señor? Y la voz respondió: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y entra en la ciudad de Damasco y se te dirá lo que debes hacer . (Hechos de los Apóstoles, Cap.9). Pablo reconoció su error, se convirtió a la fe cristiana y fue uno de sus más insignes defensores y predicadores.

04 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Pablo de Tarso se yergue en el horizonte de la historia cristiana como figura típica de la conversión del mal al bien. Su cambio radical llena de esperanza hasta al más enceguecido pecador.

De buena fe nadie obra sólo de mala, ni siquiera Pablo Escobar, de buena fe, Pablo de Tarso, convencido fariseo, perseguía de muerte a los seguidores de Jesús hasta el día de la misericordia de Dios, el día en que el Señor Jesús lo derribó del caballo en que se dirigía a Damasco para secuestrar y asesinar cristianos, y lo interpeló con este grito de reclamo: Pablo, Pablo, por qué me persigues? Esta relación de identidad entre Jesucristo y sus seguidores no la conocía Pablo. Para verla, hacía falta fe; ver, más allá de la piel, la presencia del Hijo de Dios, quien dijo: Tuve hambre y me diste de comer . O bien. El que a vosotros persigue a mí me persigue .

Me dirijo, o mejor, Jesucristo por mi medio, a Pablo Escobar, donde se encuentre. Es posible, más aún, es probable que esté obrando, en parte, de buena fe, en defensa de sus seres queridos, de su propia vida y de sus intereses personales. Pero lo que él no está viendo, por falta de fe, es que a quien está haciendo daño es al mismo Jesucristo, Hijo de Dios, quien hoy lo interpela diciéndole a gritos: Pablo, Pablo, por qué me persigue? Se lo dice por su bien verdadero. Que piense Pablo Escobar, con las manos en el corazón: qué bien se le ha seguido de tanto dinero, fuera de dolores de cabeza, desvelos, angustias, amenazas de muerte y persecución? El dinero es un medio; quien lo convierte en fin no encuentra más que desgracias, como lo pueden confesar hoy día miles de ricos colombianos.

Que no dude un instante de la misericordia de Dios. Así le dice por boca del profeta Ezequiel: Si el pecador se aparta de todos sus pecados, observa todos mis preceptos y practica el bien, vivirá sin duda, no morirá. Ninguno de los crímenes que cometió se le recordará más. Acaso me complazco yo en la muerte del pecador y no, más bien, en que se convierta y viva? (Ezequiel, cap. 18, versos 21-23).

La situación para Pablo Escobar se le convirtió en un callejón sin salida. Peor de lo que está, nunca se había visto en su azarosa vida. Y esta encrucijada en que se encuentra es providencial. Es la encerrona que le pone Dios para hacerlo pensar y recapacitar en el grave error en que vive. Dios lo encerró, porque como buen Padre no quiere la perdición eterna de Pablo Escobar sino su conversión para bien de él y de los colombianos.

La encrucijada actual en que se halla Pablo Escobar no puede ser peor: encerrado en un búnker o en una prisión, es vivir con la espada de Damocles en la cabeza, es estar condenado a una muerte segura.

Señor Pablo Escobar: usted recibió de su madre en Llano Grande una educación cristiana que luego, la pobreza, los amigos y las oportunidades le hicieron olvidar. Es hora de que confiese su equivocación. El camino que escogió no lo lleva a Dios. En su encrucijada solo le queda una salida: como Pablo de Tarso, caer en tierra y confesar su error y su pecado.

Así sean sus pecados más numerosos que sus billetes verdes, se borrarán por completo el día en que vuelto al Señor le diga: Perdón, Señor.

Por Colombia, por su madre, por usted mismo, señor Pablo Escobar, caiga de rodillas, no ante el juez terreno, sino ante el Juez celestial, ante quien algún día, tal vez no lejano, tendrá que dar cuenta de todos sus actos, y dígale, con una bomba más poderosa que la bomba atómica: Perdón, Señor. Ten piedad de mí!