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TÚ TAMBIÉN, PLINIO

Plinio vino por una noche y se quedó muchos años. Aquí vio a Obregón comer grillos vivos en La Cueva, se escandalizó con la obscena retórica de Alvaro Cepeda, se enamoró de una reina del carnaval que después se convertiría, contra todo pronóstico convencional, en brillante escritora, tuvo hijos y se volvió empresario de la publicidad. Aún hoy, pese a esa cara de boyacense profundo, tiene muchos y buenos amigos aquí lo cual le impone recurrentes viajes y más de una colaboración en la lucha de la ciudad por desembarazarse de la galopante corrupción de su administración pública. En fin, que Plinio es percibido como de los nuestros no importa que no haya tenido el privilegio de nacer en estos ámbitos luminosos. De hecho centenares de miles de compatriotas que encontraron aquí refugio de la intemperancia, el miedo y la violencia, son testigos de nuestra bondadosa disposición para hacerles olvidar su carácter de forasteros. Aún así, ayer hizo ocho días, Plinio, al intentar el panegírico d

03 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Escribió, en efecto, que Ramón J. es una versión venezolana del boyacense ladino, tal vez la receta más indicada para gobernar en estos momentos de confusión a un país caribeño . Aunque la desamable referencia está mediatizada por el en estos momentos de confusión , lo cual reduciría el ámbito de la natural incompetencia del hombre caribeño para manejar sus propios destinos a situaciones cruciales, es evidente que Plinio no hizo otra cosa que dejar escapar lo que casi todos sus paisanos piensan y sienten sobre este singular habitante del Caribe que somos todos acá.

El retrato, el mismo que los lanudos de Santa Fe tenían por un tipo como Bolívar, corresponde, pinceladas más, pinceladas menos, a una cultura en superficie , o al puro hedonismo que cualquier López de Mesa había descubierto en nosotros, durante sus inciertas y rudimentarias incursiones sociológicas , hace cuatro o cinco décadas. A lo cual habría que agregar, según la costumbre, la pretensión de imaginarnos flojos, buenos para nada que no sea rumba, con piel demasiado oscura para unos mestizos que se suponen socialmente blancos, cobardes y, como si fuera poco, poseídos por cierta sensualidad desbordada, no pocas veces frecuentadora del bestiario.

Toda esa estereotipia perversa, por lo demás sospechosamente idéntica a la que tenían los europeos de los indígenas, o la que aún tienen los gringos de los mexicanos o los puertorriqueños, lo cual prueba el escaso soporte que alimenta esas infamias, ha sido utilizada a fondo, a veces hasta niveles delirantes. En un país que lleva siglos matándose a mini-uzi, navaja, peinilla y botellazos, la vocación por la paz y la concordia fue vista como una virtud de segunda clase, apropiada apenas para pueblos cobardes . Cierto exagerado y peligroso sentido del honor , subyacente siempre en la violencia doméstica que antecedió los genocidios, la lucha de clases, la lucha política, las hordas de bandidos y las infamias de los terroristas comunes y los al servicio de esos monstruos del narcotráfico, no tenía por qué inclinarse a valorar esa virtud social ejemplar y casi exótica que en la Costa se dio tan silvestre y fácil. Terminaron estigmatizando nuestra incapacidad para el crimen.

Nuestra distinta percepción del tiempo fue asociada invariablemente a los vaivenes de una siesta en hamaca, en vilo de calores húmedos y espesos. Nuestra facilidad para allanar las diferencias con cualquier sumercé , se percibieron como lisura incalificable. Nuestra relación pagana, iconoclasta, irreverente y confianzuda con el santoral fue vista como profanación. Nuestra familia extensa y solidaria, como promiscuidad indecente. Nuestra fiesta , que aquí y no tanto allá, tiene esa vocación cósmica que Octavio Paz describió bien, fue entendida como la única disposición vital de millones de negritos-batey desperdigados en las orillas del océano. Y nuestra sensualidad, tan entrañablemente ligada a memorias ancestrales negras e indias fuertemente ancladas en los rituales religiosos de fecundidad, pobremente comprendida como carencia de patrones morales y apego indebido a costumbres licenciosas.

Plinio no cree todas las cosas del retrato, desde luego. Pero tampoco cree, y ese es otro cuento, en las culturas locales. O las cree útiles para nacionalismos proscritos, fundamentalismos peligrosos, o en fin, recetas para el manual del Perfecto idiota latinoamericano que Montaner, él y Vargas Llosa se han propuesto escribir un día de estos.