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IMPRESIONES CARIBES

En el Caribe el mundo cotidiano se rompe en dos dando paso a un vendaval de imágenes, de sensaciones, de presencias y de alucinaciones que en el futuro serán bastante difíciles de olvidar. Dispersas, como si fueran las lágrimas de algún dios que el tiempo cristalizó, navegan las Antillas, llamadas así porque están antes de la tierra , sobre un mar lleno de ternuras y traiciones que los cronistas de Indias describieron anticipándose sin saberlo a la literatura de ficción. Las notas, cartas, apuntes y diarios de viaje del descubrimiento no sólo acusan la conversión a la realidad de muchos de los mitos y los sueños construidos en el Viejo Mundo sino también la existencia de un lugar que no pocas veces ha sido comparado con el Paraíso, y en el cual paradójicamente, también existe el horror.

01 de julio 1993 , 12:00 a.m.

El Caribe es guerra de opuestos, lucha de contrarios, concentración de contradicciones. Nada en él sucede convencionalmente, nada ocurre en línea recta, nada es mediocre. Todo es vértigo, sorpresa, escándalo, alucinación, arrullo, golpe, combinación extrema de tierra, agua, aire y fuego. Inundación de colores: ocasos violetas, arreboles anaranjados, soles escarlatas, lunas plateadas, peces de los más finos colores del mundo, azules, amarillos, colorados y de todos los colores, y otros pintados de mil maneras , como los describiera Cristobal Colón.

La tumultosas antillas, al enredarse en esa cadena de causas y azares que llamamos historia han ido formando sin proponérselo una aldea de inmigrantes de todo el mundo, una torre de Babel, un escándalo de razas mezcladas que ha dado origen a uno de los movimientos culturales más ricos del mundo.

En la arquitectura, casitas holandesas, como las de Curazao, francesas como las de Martinica o Haití, inglesas como las de Providencia, iglesias anabaptistas o presbiterianas, con sus cúpulas en forma de conos cuyos colores juegan con los del cielo y el mar, se mezclan con los castillos, murallas y callecitas de piedra, como las que rodean y recorren al Viejo San Juan o el legendario Santo Domingo, o con las inmensas cabañas de palos y cañas cubiertas con hojas de palmeras similares a las que habitaron los antiguos caribes o con los palafitos africanos construidos por los rastrafarias de Jamaica a punta de música y de esa deliciosa pereza que ellos llaman vivir.

Confusión de razas, confusión de lenguas, de religiones, de arquitecturas pero sobre todo, confusión de música, la máxima expresión de la cultura caribe.

Era Sábato quien alguna vez decía que el tango es un pensamiento triste que se baila . Con la música del Caribe, menos amarga que el tango, sucede lo mismo pero de una manera distinta. Los pensamientos tristes, o alegres, se entrelazan a las sensuales danzas de las palmeras, a las suaves o a las temibles ondulaciones de las olas, a los sonidos de las tempestades o al rugido de los huracanes. Se transportan por el aire, se los lleva la música --también la música los trae--, se vuelven parte de la magia y del ensueño que circunda toda esta tierra y todo este mar.

De todas las islas que lo recorren una de ellas es, sin demeritar en absoluto a las que lo acompañan, el centro de la música: Cuba.

Si al pasar por Cuba, la tierra del son, del bolero, de la trova, si caminando por las calles de La Habana se encuentra con alguien que lo invita a La Bodeguita del Medio , si entra en esa cajita de música, de poesía, de guitarras y tambores, si luego solitario o acompañado camina por el malecón y se deja envolver por las corrientes que lo cruzan, si deja atrás todo lo que hace y todo lo que es y para un minuto de pensar, sentirá que la vida, absolutamente toda, puede llegar a convertirse en música, y que ni siquiera la muerte es capaz de apagar las ganas de bailar o de cantar.

Haití, país extraño Haití, que en lengua caribe quiere decir país montañoso , es sin duda uno de los lugares más interesantes y extraños de todo el continente. Un mundo subterráneo de espíritus, de prácticas, de símbolos que recorren las calles de Puerto Príncipe y de las demás ciudades y pueblos de este lugar que aún hoy es asociado por muchos con la práctica del vudú. No hay límite entre el país de los vivos y el de los muertos; los muertos se levantan y caminan entre los vivos , escribía Truman Capote a su paso por Haití en 1948.

En Puerto Príncipe, un pueblo cuyos colores han palidecido, debido a los siglos del sol, convirtiéndose en descarados pasteles históricos , la música también ronda por todos lados, especialmente en los carnavales, que Capote describió en su libro Color local: el sábado, en algún momento después del mediodía, comienzan los tambores; tocan aisladamente al principio, uno arriba en las colinas, otro más cerca de la ciudad, van y vienen estas señales, insinuantes, insistentes, hasta que se establece una vibración saturante que hace temblar la superficie del silencio .

Truman Capote y su libro de viajes Color local donde dedica algunas de sus páginas a Haití y particularmente a su participación en una ceremonia vudú podría ser una buena alternativa de lectura antes de introducirse en esta isla que al igual que todas las Antillas está poblada de música, de mujeres hermosas, de sol y de un tiempo que a diferencia de otros tiempos transcurre lentamente, sin hacer ruido, confundiendo paulatinamente los días y las noches.