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El ADN de Colombia

04 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

Nosotros envejeceremos y nuestros niños también, pero más tarde. Así como ahora los cuidamos, ellos nos cuidarán después aunque digamos, con la suficiencia de no tener un cuerpo cansado, que no queremos que se sacrifiquen por nosotros. Sucederá, como ha venido sucediendo en nuestra especie humana, y quizás más tarde nos parezca una fortuna.

El día llegará, más pronto de lo que pensamos. Empezarán a decidir, y no sólo por ellos, sino por nosotros. Los elegiremos en los cargos importantes (presidentes, alcaldes, senadores); nos diagnosticarán y curarán las enfermedades que ahora parecen incurables y lucharán con otras que todavía no tienen nombre. Evaluarán los presupuestos, elegirán las inversiones prioritarias y determinarán si hay reservas para pagar nuestras pensiones.

Esos que ahora juegan a ser doctoras, constructores, policías y ladrones, tarde o temprano serán nuestros enfermeros, nuestros policías, nuestros ladrones. Harán los libros, las películas y las noticias que leeremos, quién sabe en qué soportes, e inventarán objetos que nos resultarán tan inverosímiles, como les habrían parecido a nuestros abuelos esas minúsculas pantallas que nos permiten hablar con amigos en la China.

Es probable que vivan lejos de nosotros y no es descabellado suponer que, en pocas décadas, ampliarán las fronteras del mundo conocido, como sucedió en tiempos de Colón. Por eso, resulta difícil vaticinar los mundos posibles en donde edificarán sus residencias o en donde pasarán sus vacaciones.

Así como nosotros, se enamorarán, vaya uno a saber de quién, y tendrán hijos y nietos de policías, de bomberos, de constructores, de inventores, de desplazados, de artistas, de ladrones. Esos pequeños que hoy dan pasos inciertos; esos a los que ahora podemos ver chupando dedo en las ecografías o aquellos que todavía no conocemos, forman parte de lo que genéricamente denominamos "la población infantil". Lo que también genéricamente llamamos "el futuro" se construye entre sus tripas, su corazón y su cerebro y depende, no sólo de lo que hoy les brindamos a unos pocos consentidos, sino de las oportunidades que a tantos millones les negamos.

En las alarmantes cifras del embarazo adolescente, en las estadísticas de familias y niños desplazados, en los pequeños malabaristas que cualquiera puede ver en los semáforos -y eso por no hablar de dramas como el de Luis Santiago-, ya está escrito nuestro proyecto de país. Y no hay que ser videntes para leer la información sobre el futuro de Colombia en las desigualdades de la infancia. El gen de la exclusión y el de la inequidad, sumados a tantas heridas físicas y emocionales, anuncian los problemas que afrontarán quienes ahora son bebés. ¿Cómo garantizarles a todos, y no solo a unos pocos, que tengan las herramientas básicas para habitar esos mundos posibles que los esperan y para inventar su propia historia? ¿Cómo romper este ciclo de la fatalidad, sin ocuparnos seriamente de la infancia?

El tema parece importar sólo a los maestros que cuidamos a los niños, para que no molesten demasiado, o a los especialistas que nos reunimos en foros académicos para decir las cosas obvias que todos sabemos que hay que hacer (y no se hacen). Pero los políticos que inauguran nuestros foros jamás se quedan a oír lo que decimos sobre la urgencia inaplazable de invertir en la primera infancia. Quizás el hecho de vivir tan ocupados los hace decir en sus discursos los típicos lugares comunes: que hay que aumentar las penas e invertir en más seguridad y que los niños son el futuro de la patria. Habría que recordarles que los niños, impacientes por naturaleza, no saben esperar. Y que, como crecen rapidísimo, en unos cuantos años nosotros estaremos en sus manos.