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La guerra contra la chicha

Una de las bebidas más autóctonas fue objeto de una persecución sin fin en Bogotá.

25 de abril 2008 , 12:00 a.m.

El origen indígena de buena parte del pueblo bogotano era percibido, desde las teorías raciales de finales del siglo XIX y comienzos del XX, como un lastre para el progreso. El racismo se practicaba abiertamente en el mundo occidental y las clases dirigentes hicieron suyas estas nocivas teorías europeas.

En Bogotá, el pueblo llano era representado en la figura de un indio maloliente, analfabeto, amenazado por la sífilis y poseído por el chichismo. Este último era considerado, desde especulaciones seudocientíficas, como una enfermedad distinta al alcoholismo, ocasionada por el abuso de la chicha.

Como en una suerte de excursión al zoológico, destacados médicos higienistas de comienzos del siglo XX vieron al pueblo bogotano como poseído de males que había que extirpar. El poder no consideraba las espantosas condiciones de vida de la clase baja como un problema que debía ser resuelto a través de reformas sociales.

La política social era inexistente. A cambio se aplicaba un placebo, la caridad, que dependía del remordimiento de conciencia o buena voluntad de alguna persona adinerada.

La iglesia católica predicaba la resignación de los pobres y ejercía férreamente la caridad. Los partidos políticos ya estaban en aquel entonces más interesados en el reparto de la burocracia, los contratos estatales y en su perpetuación en el poder. En los barrios populares de la Perseverancia, Egipto, Belén, Laches, San Cristóbal o en Las Cruces y el Ricaurte, los pobres vivían hacinados en inquilinatos, sin agua potable ni alcantarillado.

La educación era un privilegio y la mayoría de los adultos sobrevivía del rebusque. No existía ningún tipo de seguridad social y la cobertura en salud era prácticamente inexistente. Los alimentos eran escasos y de mala calidad.

Gaitán, con su hipnótica demagogia, era de las pocas figuras de la política, a través de cuya retórica se filtraba la dura realidad de la ciudad. Pero el discurso que terminó siendo oficialmente dominante fue el de algunos médicos higienistas. Según ellos, la sífilis y el chichismo estaban degenerando al pueblo. Y había que combatir la primera y prohibir la chicha como culpable del segundo. De esa manera la seudo ciencia venia a sustituir a la iglesia católica en el asunto de tranquilizar las conciencias. Las reformas sociales podían esperar.

El asesinato de Gaitán brindó el argumento para cerrar el círculo contra la chicha. A lo largo de la primera mitad del siglo XX las falsas teorías sobre la superioridad racial, acentuaron la idea de que el pueblo, de origen principalmente indígena, era inferior. En la terrible jornada del 9 de abril, con los líderes liberales corriendo al palacio presidencial sobre la sangre fresca de Gaitán, el pueblo llano se quedó sin liderazgo. Las descargas de fusiles y ametralladoras contra la multitud que pretendía tomarse el palacio de la carrera, hoy de Nariño, dejaron sembrada de cadáveres la plaza de Bolívar y acabaron con el espejismo de la toma del poder por los amotinados.

Las masas frustradas se volvieron sobre sus pasos e iniciaron una tarde de saqueo, destrucción, incendios y una fenomenal borrachera con whisky, cognac, brandy y champaña.

Al amanecer del 10 de abril las calles comerciales estaban en ruinas, cubiertas de cadáveres y excrementos. Esa potente y dolorosa imagen de una parte del pueblo destruyendo la ciudad pareció justificar todos los prejuicios racistas.

La clase baja, tal fue el argumento de muchos ilustrados, se había degenerado y la chicha se convirtió en el perfecto chivo expiatorio.
Nada se dijo de la ausencia de educación, salud, trabajo, de los largos años de exclusión. La chicha se convirtió así en otra de las victimas del 9 de abril.

La ofensiva contra la chicha y las chicherías había sido larga.
Aunque con distintas motivaciones, actuó en esa guerra una alianza de médicos higienistas, periodistas y el creciente poder de la industria cervecera.

Hacia los años 40 las chicherías ya habían prácticamente desaparecido del perímetro central, aunque en los arrabales continuaban siendo parte principal de la vida popular. En el centro, la cerveza había triunfado en los innumerables cafés que poblaban las calles mas concurridas de Bogotá.

Ya antes de su prohibición la chicha había perdido la batalla de la imagen. Los estudios seudocientíficos de la época, realizados principalmente en personas completamente alcoholizadas, asociaron a la chicha con degradación física y moral. La industria cervecera se presentó a si misma y a través de opinadores amigos, como una bebida moderna, limpia. La chicha se asociaba al pasado, a la inmundicia y a la inferioridad racial.

La cerveza de consumo popular y el whisky para las clases altas fueron presentados como símbolo de civilización, producto de sociedades superiores.

Los fabricantes de cerveza lograron identificarse con el progreso industrial. La chicha fue caricaturizada como producto artesanal, obstáculo al progreso, portadora de peligrosos gérmenes.

El 2 de junio de 1948 la chicha perdió la batalla final. El gobierno de Ospina Pérez expidió el decreto 1839, firmado por sus ministros conservadores y liberales, por el que se prohibía la fabricación y expendio, en condiciones masivas, de la chicha y el guarapo.

El decreto decía que "es un hecho de notoria observación, confirmado por los médicos legistas, que en los departamentos donde se consumen bebidas alcohólicas cuya fabricación no esta sometida a reglas higiénicas y técnicas y cuyo alto grado de toxicidad y contenido alcohólico, las hacen eminentemente peligrosas, la criminalidad, las manifestaciones mentales y la frecuencia de sucesos de carácter político son de mas impresionante ocurrencia". Este decreto se convirtió luego en la ley 34 del 5 de noviembre de ese año.

En las siguientes décadas continuó la salvaje guerra colombiana. Poco podía hacer la prohibición de la chicha para reducir la criminalidad, la violencia política o las enfermedades mentales. El consumo masivo de cerveza, aguardiente, ron o whisky, las denominadas bebidas higiénicas, no contribuyó a hacer más pacifica nuestra sociedad. El problema de fondo no estaba en la chicha ni en las condiciones antihigiénicas de su elaboración. Era en la ausencia de reformismo social, y no en el chichismo, donde se originaban buena parte de los males del pueblo.

JUAN CARLOS FLÓREZ*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
*Historiador, ex concejal de Bogotá