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Reflexión / El país de la fe

Por: Hernando Gómez Buendía

22 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Cuando la realidad es demasiado difícil de cambiar, el ser humano se hace la ilusión de que la realidad es otra. Es lo que pasa con las duras verdades de Colombia, y por eso en el discurso público casi siempre pretendemos que las cosas no son como sí son. Por los titulares y las declaraciones oficiales, en estos días los colombianos quisiéramos creer:

- Que Mancuso está haciendo una confesión para resarcir a las víctimas y merecer el perdón, cuando cada frase suya es en realidad una movida calculada de defensa o de ataque en el tinglado de líos judiciales y presiones políticas que envuelven este caso.

- Que los autores de delitos atroces serán quienes nos cuenten la "verdad verdadera" acerca de sus nexos con la política, el gobierno local o nacional, la Fuerza Pública, la sociedad civil o el sector privado, siendo así que no hay porqué confiar en la palabra de los criminales.

- Que al salpicar a Serpa o a Pastrana se despeja la duda sobre los votos de Uribe, como si un pecado lavara otro pecado, o como si todas las faltas fueran igual de graves, cuando en realidad cada persona puede ser inocente o ser culpable y cada falta tiene su propia gravedad.

- Que la fuga de Araújo fue un rescate, o sea que un milagro no es milagro y por lo tanto se debe insistir en la vía militar.

- Que el Estado tiene la suprema obligación de atacar a la guerrilla, cuando su primera obligación es cuidar la vida de los inocentes.

- Que el haber sido víctima de un delito execrable lo califica a uno para ser Alcalde, como si la fama fuera suficiente para el buen gobierno.

- Que con Chávez, con Evo y con Correa quedamos rodeados por loquitos excéntricos, cuando en realidad ellos no son el fruto de accidentes sino de la pobreza, la desigualdad y el descontento social en sus países - igual que Uribe es fruto del clamor general contra las Farc-.

-Que Chávez, Correa y Evo son amenazas para la estabilidad de Colombia, cuando las amenazas verdaderas son la pobreza, la desigualdad (mayor aquí que en aquellos tres países) y el descontento (que aquí poco se expresa porque la guerra lo impide).

- Que debemos seguir con el glifosato porque ciertos estudios concluyen que no es malo y así otros concluyan lo contrario, siendo así que en materia de salud la norma universal es prohibir el uso si existe alguna duda sobre el químico.

- Que a punta de fumigar se acabarán los cultivos, cuando cada año fumigamos más y tenemos más coca.

-Que en la frontera con Ecuador no sopla el viento, así que el glifosato se queda de este lado.

- Que después de siete reformas en veinte años, esta reestructuración del ISS sí va a servir para tapar el hueco, cuando la única forma de taparlo es triplicar el gasto o reducir a un tercio la calidad o cobertura del servicio.

- Que con cambiar este o aquel artículo de la Constitución se acabarán la corrupción y la parapolítica, según sostiene ahora el Vicepresidente. Como si el remedio no dependiera de cambiar la cultura y las costumbres políticas, empezando por partidos y congresistas amigos del gobierno.

- Que la firma del TLC es de gran beneficio y urgencia para Colombia, como si esto no dependiera de cuántas cláusulas gravosas vaya a añadir el Congreso demócrata a un borrador de por sí dudoso.

- Que no está mal usar las embajadas para pagar favores, incluyendo a personajes como Moreno de Caro, cuando las relaciones internacionales son tema más delicado que el país tiene entre manos.

- Que después de diez años de apagar el reactor seguiremos sin retraso en la carrera nuclear, que lanzaremos un cohete espacial, que la plata está en las guacas y que un obrero tiene tanto chance como un 'yuppy' de quedarse con el cuadro de Botero.
Todo lo cual me recuerda el gracejo de Ambrose Bierce: fe es el acto de creer en lo que uno sabe falso - porque si sabe que es cierto, no necesita la fe. ¡Ah querido país del Sagrado Corazón!