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Arturo Cardona, un fraile franciscano de 76 años que ha recorrido el continente a bordo de una moto

Reconoce que de no haber sido por el vino español, no habría podido viajar por toda Colombia durante los últimos 39 años. Crónica con este hombre, que cumplió 50 años de vida religiosa.

06 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Este fraile franciscano, a quien los achaques de sus 76 años se le notan más en la cédula en blanco y negro que en su cara escasa de arrugas, sabe que 25 botellas de licor de uva hizo posible que él haya pasado más de la mitad de su vida en dos ruedas.

En las ocho motocicletas que ha tenido en casi cuatro décadas, el vicario de la parroquia San Bernabé Apóstol, en el barrio Primavera de la capital, ha visitado Venezuela y Ecuador, además de lugares de Colombia como el Cabo de La Vela (La Guajira) y el Parque Tayrona (Magdalena).

Su primera moto, en 1968, costaba 14.900 pesos, pero le hicieron una rebaja de 900 por pagar en efectivo.

"Me faltaban cinco mil pesos, entonces hice una rifa de vino de consagrar en la parroquia Santa Juana de Arco, del barrio Marsella, en Bogotá", recuerda.

El cura, nacido en Santa Rosa de Cabal (Caldas en 1930, ahora Risaralda), jamás había pensado en tener una de esas máquinas. Sin embargo, la hora y media que gastaba en los dos buses que lo transportaban desde el barrio San Fernando, en el norte, hasta Marsella -donde permaneció 17 años-, en el occidente, le hicieron reconsiderar su estatus de peatón.

Entonces, pensó que para conseguir la Honda 90 de color crema y rojo que había visto en una vitrina debía tener ingenio. "Siempre me la he rebuscado", afirma el padre, que compró por 300 pesos la garrafa de vino importado y vendió en 20 cada botella. En las tiendas del barrio le regalaron las botellas usadas de vino y de ron. El embudo para envasarlas y los corchos los consiguió en San Victorino.

Así comenzó una pasión que hoy, luego de medio siglo como sacerdote, aún alimenta con viajes de un día para otro a Anapoima (Cundinamarca). Incluso, a finales de enero irá a Armenia y Medellín para reunirse con algunos familiares y ex alumnos.

Estos trayectos los hace hoy en 'La Poderosa', la Honda Shadow 750 cromada, color vinotinto. La misma que importó hace dos años gracias a algunos ahorros, al dinero que le prestaron unas hermanas y a lo que obtuvo por la venta de su vieja motocicleta.

Además de algunos raspones insignificantes en la barbilla y la frente -asegura que motociclista que se respete se ha caído-, desde 1971, cuando comenzó a viajar fuera de Bogotá, le han quedado otros recuerdos imborrables.

Él siempre ha sabido ser versátil. Ha celebrado exequias de emergencia en Barichara (Santander) y Puerto Salinas (Ecuador), ante la ausencia del cura titular, y en Cartagena consiguió con sus oraciones que San Antonio hiciera aparecer los pantalones que le habían robado en la playa a su compañero de viaje, el padre Ángel.

No se varó en Caracas, en 1985, durante una visita del papa Juan Pablo II. Esa vez logró que un policía los escoltara a él y a un amigo con el que viajaba, les diera un tour guiado por monumentos de la ciudad y evitara que otros patrulleros los detuvieran a causa de la norma que prohibía que dos personas viajaran en la misma moto. "Le ofrecíamos cervecita y al final le di una propina", confiesa.

Tampoco fue suficiente una llanta pinchada para frenarlo en Supía (Caldas), durante la época de los apagones de comienzos de la década de los 90. Ante el percance, fue testigo de cómo un mecánico reparaba el neumático con una plancha antigua de hierro, calentada en un fogón.

Gasolina en las venas

Todo en el despacho del padre Cardona sugiere que, más que whisky o vino consagrado, por sus venas corre gasolina. En su oficina, amurallada con estantes repletos de pequeñas motocicletas a escala que le han regalado y de figuras de frailes rechonchos que beben alcohol, se destaca la pequeña escultura de un franciscano, con cara de diablo, montado en una moto. Se la trajeron de Asís, el pueblo italiano donde nació San Francisco.

Caballos de fuerza, tacómetros y motores se mezclan en su vocabulario con Padrenuestros, y sus manos se mueven rápidamente al disparar palabras a toda velocidad, con su inocultable acento paisa. "'La Poderosa' puede andar a 180 kilómetros por hora, pero yo apenas le he metido 130, en la recta de El Espinal (Tolima). Hay que ser cuidadoso", afirma.

Su prudencia en la vía, sin embargo, la pone en duda uno de sus ex discípulos del barrio Marsella. Mauricio Mogollón, un veterinario y docente de 40 años que vive en Bucaramanga, asegura que montar en moto con él es "una experiencia terrible".

Mogollón recuerda un accidente de Arturo -como lo llaman sus amigos más cercanos, a pesar de las formalidades clericales-. Iba solo y se etrelló en la avenida Caracas de Bogotá con un taxi cuando, al intentar pasar el semáforo que estaba a punto de cambiar a rojo, aceleró.

No alcanzó a frenar a tiempo y golpeó por detrás al carro amarillo, que se había detenido en seco. "La gente en Bogotá no sabe manejar", fue la explicación que el cura dio entonces.

La amistad entre ambos es tan estrecha, que la firma de Mogollón se destaca en una tarjeta, pegada a una Biblia en la oficina del padre. "Para el único cura que nos aguantaríamos otros 50 años", dice el trozo de papel blanco, escrito con esfero negro, que acompañaba una de las varias botellas de whisky que le han obsequiado amigos y familiares por sus 50 años de vida religiosa.

"Me va a tocar poner una licorera. Me han regalado bastante whisky, y del bueno", afirma el padre Cardona, y apunta con el dedo hacia unas diez cajas del licor importado, debajo del equipo de sonido cuyos parlantes inundan la habitación con las guitarras de 'El Dueto de Antaño'.

También lo recuerda con cariño Samuel Darío Gómez, un ingeniero de 48 años que le debe al cura sus 25 años como organista profesional en clubes de Bogotá.

"Arturo me dejaba practicar en el órgano de la iglesia porque para mí era muy caro tener un juguete de esos", afirma.

Descomplicado con sus amigos, el padre Cardona no es problemático para viajar. Le bastan un par de jeans, los guantes de cuero, las botas y el casco, pero es celoso con 'La Poderosa' y no se la suelta a cualquiera. "Por eso todas las otras también me han durado", explica.

Carlos Guevara, un mecánico del barrio Primavera que asiste a misa en la parroquia todos los domingos, cuenta que una vez el fraile le pidió que le arreglara la moto y luego se arrepintió. "No me tuvo fe, y eso que es padre", se ríe. "El cura es chévere y da sermones que no son aburridos", asegura.

¿Y cómo puede ser aburrido un cura de 76 años que anda a 130 kilómetros por hora?

5.000

Pesos fue la cantidad de dinero que el sacerdote Arturo Cardona logró reunir gracias a la rifa de varias botellas de vino de consagrar, y que le sirvió para acabar de pagar en efectivo su primera moto, en 1968.

De 'Juanita' a 'La Poderosa', las ocho motos del padre Cardona

La Honda 90 de 1968 se llamó 'Juanita', por la parroquia Santa Juana de Arco, del barrio Marsella. Luego de cinco años de haberla usado, el padre Cardona la cambió por 'Nola', una Honda 175. "'No la toquen, no la molesten, no la presto', les decía yo a los muchachos de la parroquia para que dejaran quieta la moto", explica el padre. Después vino 'El Arca', una Honda 400. "Yo bromeaba que el nombre se debía a que servía para llevar animales atrás, pero en realidad es la sigla mía: Arturo Cardona", cuenta. La siguiente fue 'La Chiqui'. "Era una ironía porque la moto era muy grande, una Honda CV 400", dice. Más tarde montaría en 'Yira yira', una Honda CX300, por el tango del mismo nombre; en 'La Leona', una Yamaha Virago 535 que le entregaron el día en que fue lanzada la cerveza Leona; en 'La Retrechera', una Yamaha Virago 750; y 'La Poderosa', como la motocicleta del Che Guevara.

JUAN URIBE
REDACTOR DE EL TIEMPO