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Carta de hijo de Arturo Alape a su padre, fallecido en 2006, durante un ritual de despedida

El nombre verdadero del escritor, periodista, investigador, pintor y guionista era Carlos Arturo Ruiz. Su hijo Manuel lo recordó con estas sentidas palabras:

05 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Hace 8 años, en este mismo sitio despedíamos a la abuela Tránsito. En aquella ocasión mi padre leyó un texto sobre su madre, sobre la tenacidad y la fuerza de voluntad que le permitió levantar a sus seis hijos. Todos nos conmovimos. Acompañados por la tristeza de la despedida definitiva lanzamos las cenizas de Tránsito desde el cerro de Cristo Rey. Hoy estamos de nuevo, juntos, pero esta vez es a mi padre, al hermano, al compañero, al que vamos a despedir celebrando el mismo ritual.

Hace muchos años, cuando era niño, mi padre me contó la historia del Padre oso y el hijo Oso. Era la historia de un oso grande, pardo, luchador y gran pescador. El Padre oso le enseñaba a su hijo oso a ser grande, a ser oso, a comportarse con respeto por la naturaleza que les rodeaba. Le enseñaba los secretos del bosque, la calidad de las buenas maderas para rascarse la espalda, la paciencia para atrapar los grandes peces y no los chicos. El sigilo frente a los cazadores de pieles preciosas. Todas las tardes al terminar las disciplinadas jornadas de aprendizaje, sentados frente al poniente, el hijo osito preguntaba: Papá ¿cuando me vas a llevar a la cima de esa montaña dónde se puede tocar  el sol? Hijo, subiremos la montaña cuando estés listo para tomar el sol con tus propias manos, respondía paciente el Padre oso cada vez.

Un mañana Padre e hijo Oso iniciaron la ascensión a la gran montaña. El día señalado había llegado. Fue una jornada agotadora, y sólo al final de la tarde, cuando la luz del día empezaba a menguar, llegaron a la cima. Hijo Oso miró a su alrededor y observó desilusionado que el sol no estaba allí donde siempre creyó que lo encontraría. Se hallaba en la montaña del frente, aun más lejos de lo habitual. Justo en el momento en que iba a reclamarle airado a su padre por la ilusión perdida, Papá oso empujo al osito montaña abajo. Osito rodó sin parar hasta el valle que separaba las dos montañas. "Ya estás grande hijo mío. Ya debes emprender el rumbo de tu propio camino y buscar tu propia montaña y tu propio poniente", dijo el padre con un rugido tierno que retumbó en el eco del Valle.

Hoy desde esta montaña, la montaña de mi abuela y mi padre, y ante Cali, 'la ciudad de la memoria', siento que esta historia adquiere toda su dimensión. Llegó el momento de avanzar solos hacia el frente, llevando sobre nuestras espaldas las enseñanzas y el ejemplo macizo de mi padre, y descubrir nuestro propio camino.


Muchos años después de escuchar esta historia y otras tantas de caimanes, ciempiés, elefantes, caballos y tantos otros animales, Alape me dijo al calor de unos tragos y el murmullo de los boleros: "Hijo, ustedes son lo más importante en mi vida; más Paloma que todavía es niña y aun depende de mí. Pero junto a ustedes, prosiguió, están mis libros y mis cuadros".
 
En estos días he vuelto con rigor a esa charla en el patio de la casa de La Soledad. Las frases de aquella noche son reveladoras sobre su propia vida, el constante devenir entre la producción intelectual y la realización humana. Mi mirada de hijo, mis recuerdos de infancia, se volvieron más nítidos al observarlo disfrutar intensamente de su paternidad. Tuve la suerte de verle criar a Paloma, su Paloma, la adoración de su vida. A ella le entregó su tiempo libre y lo mejor de su experiencia humana. En su mente estaba la niña en todo momento. Como hombre responsable sabía que el cariño y el amor de padre debía oscilar entre las responsabilidades sentimentales y las materiales. Disfrutaba con la misma intensidad el mundo que se descubría ante la mirada de su hija como el lanzamiento de sus libros y las inauguraciones de sus exposiciones. En una Feria del libro de Bogotá se sentó a autografiar 'La hoguera de las ilusiones' con Paloma en las piernas. Él firmaba y dibujaba una paloma en cada dedicatoria y después la niña hacía un pequeño dibujo en la misma página. Estaba feliz. Era la máxima realización humana: su obra y su niña.

Mi padre decidió hace ya casi 40 años dejar la lucha política armada y militante para entregarse a la construcción de su historia, de su propia obra a través de la escritura y el color, como él mismo diría. Desde entonces con la disciplina que lo caracterizó escribió sus libros y pintó sus cuadros. Cientos de obras independientes entre cuadros, artículos, libros, conferencias, dan cuenta de una valiosa producción intelectual. Durante ese tiempo de trabajo incesante, Alape vivió entre la producción de su obra, su vida pública y su vida íntima y familiar. Por ello, en su recorrido vital fue fundamental la presencia de las compañeras con las que compartió sus amores más profundos.

Alape, enamorado pertinaz, fue un compañero generoso y respetuoso, que no evadió sus responsabilidades de pareja tras el egoísmo de su realización personal. Teresa Montealegre, mi madre, no sólo aprendió junto a él el oficio de su vida, la edición de libros, sino que heredó para siempre el amor profundo por la utopía de la Revolución. Con Olga Restrepo compartieron el impulso definitivo para consolidar el camino de la investigación, para ella el de la carrera académica; Olga Janeth García lo acompañó en el camino aciago del primer exilio, pero sobretodo compartió con él su máxima alegría: Paloma, el alma de la vida. Con Katia González, su compañera fiel en las últimas batallas, disfrutaron uno de los periodos más productivos de su carrera, y descubrieron juntos nuevos mundos.
En estos días se han publicado muchos textos sobre Alape, la figura, el hombre público; algunos hacen referencia a su obra, a su escuela metodológica o al valor intelectual de su trabajo. Otros mencionan su integridad humana, su valentía, su compromiso intelectual y político. Pero pocos, o quizás ninguno, da cuenta de lo que los aquí presentes conocen: la historia de su familia y de la abuela Tránsito, de la pobreza y la lucha para salir adelante que moldeó para siempre el carácter de su temperamento. Una lucha donde la ausencia del padre fue mitigada con la dureza de una madre que lo entregó todo por sus hijos. Esa historia lo marcó para siempre y delineó el camino de su vida. Alape nunca olvidó sus orígenes. Fue un hombre de una sola pieza, como diría mi Tío Gonzalo. Siempre fue él mismo, un hombre honrado y trabajador, como le aprendiera a su madre. No solía irrespetar a nadie sin razón, pero peleó hasta el último momento con todo aquello que no le parecía correcto: tozudez que le granjeó no pocos disgustos.

Su sequedad, quizás moldeada por la dureza de la vida en sus primeros años, lo volvía en ocasiones distante. Solía hablar de las cosas que para él eran importantes, por eso era difícil sacarle palabras, sentarse a hablar de "cualquier cosa". Pero siempre estuvo allí para escuchar a sus seres queridos. Con sus amigos disfrutó entrañables noches bebiendo literatura, política, amores, música, siempre acompañado de la fraternidad de amistades construidas con el tesón de la vida. A sus hermanas las aconsejó en sus momentos difíciles; a Gonzalo lo llevó por el camino de las artes gráficas para que se ganara la vida por el resto de los días. Siempre estuvo cerca de su hermano Álvaro, pero al final de sus años y a pesar de la distancia de sus universos, y tal vez por la complicidad de hermanos mayores, sus vínculos se estrecharon con una fuerza pasmosa. No en vano, fue a él a quien mi padre le entregó su última expresión del alma en la habitación del hospital donde falleció: al verlo sus ojos se reanimaron y le extendió su mano izquierda. Después ya no los volvería a abrir.

A mí la vida me enseñó en estos días su rostro más humano. La vida y la muerte en menos de una semana. Treinta años después entendí porque a los hijos se les pone el nombre de los padres. Porque tener un hijo es volverse padre.

Papito: no podrás conocer a tu nieto, pero mi hijo escuchará las historias de animales que tan felices nos han hecho y que tanto nos enseñaron. Conocerá el legado de tu obra y obtendrá de mí lo mismo que nosotros de tí: un sentido profundo de la formación que le permita imaginarse mundos y descubrir sus propios 'Sueños y montañas'.

Manuel Arturo Ruiz