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Sergio Fajardo, el personaje 2006

Su éxito en la Alcaldía de Medellín y su falta de pasado político en épocas en que tener pasado es negativo, hacen de Sergio Fajardo una carta fuerte para 2010.

02 de enero 2007 , 12:00 a.m.

NO ES EXAGERADO afirmar que el alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, es el único dirigente político con proyección nacional que puede darse el lujo de decir que no está con el presidente Álvaro Uribe ni está en su contra, y que consigue que le crean. Él va más lejos: "Ni uribista ni antiuribista, ni de izquierda ni de derecha, ni del Polo ni anti-Polo". ¿Anti-político quizás? Sí y no, porque si bien llegó a la Alcaldía de la capital paisa con una campaña que rompió todos los esquemas de la política tradicional y en el ejercicio del cargo ha mantenido esos principios anticlientelistas, nadie puede negar que Fajardo se ha convertido en un político a carta cabal.

"Todo lo que es posible hacer, pasa por la palabra política", les dijo hace siete años a un grupo de amigos, medio centenar de intelectuales, académicos, empresarios, periodistas y dirigentes gremiales que decidieron dejar de quejarse de lo mal que andaba todo y comprometerse con un proyecto político porque, según Fajardo, "las decisiones importantes, aquellas que pueden transformar a la sociedad, las toman los políticos y si no participamos esas decisiones las toman otros".

Era un grupo de ilustres desconocidos, al menos para el grueso público que decide unas elecciones. ¿Qué hicieron? Salir a la calle a repartir volantes, a hacer contacto directo con la gente. "Ojo -anota Fajardo- con la gente y no con quienes pretenden manejar a la gente, los líderes de barrio que desde el saludo advierten que tienen 100 o 200 votos amarrados y que nunca nos interesaron". Tras meses y meses de un trabajo puerta a puerta, Fajardo se abrió camino y con su particular estilo comunicativo -un poco profesor, un poco amigo que da consejos- le llegó a la gente y ganó las elecciones de octubre de 2003 con 208.111 votos, el más alto caudal obtenido por un alcalde electo en Medellín, una ciudad marcada por la decepción del público frente a la política y por el abstencionismo. "Ganamos en todas las comunas de Medellín y sin un solo pacto con los que se decían dueños de los votos en esas comunas", dice con orgullo.

La clave, según él, fue que al actuar así jamás les quedó debiendo favores a los pequeños jefes de zona. "No nos endeudamos con ellos entonces ni les pagamos por su apoyo, de modo que desde la Alcaldía no hemos tenido que saldar deuda alguna con ellos", explica convencido de que al no haberles hecho concesiones a los caciques tradicionales de la ciudad ni a los capitanes de barrio, puede invertir los recursos públicos de manera eficiente, sin tajadas para tal o cual y como resultado de todo un plan integral para luchar contra los dos males que, según sus tesis, han atrapado por décadas a Medellín en particular y al país en general: la violencia y la desigualdad.

Espacio para el reencuentro

El énfasis que ha puesto en los temas de inversión social satisface a la izquierda pero, a la vez, su convicción en las bondades de recuperar la seguridad y el orden tranquiliza a la derecha. Fajardo piensa que lo primero es fundamental, pero reconoce que ante el embate de los grupos armados ilegales, de grandes y pequeñas mafias rurales y urbanas, los temas de seguridad no pueden ser dejados de lado. A todo esto le agrega su gran apuesta: la educación, sector al que su administración le ha dedicado los principales esfuerzos.

Los resultados están a la vista, al menos en lo que al tema de seguridad se refiere. Tras años de mantener una cuantía de miles de homicidios al año -llegaron a 6.500 en 1991-, Medellín logró con Fajardo bajar la vara del millar de muertes violentas en 2005 y ubicarse en 770, poco más de dos diarias, una tasa que aún es alta -32 por cada 100.000 habitantes- pero que está por debajo del promedio de las ciudades latinoamericanas. "Este año -anota- debemos bajar un 15% más y estar apenas por encima de los 600 homicidios". Fajardo y su equipo reconocen que la ofensiva militar y policial con la que el Estado volvió a hacer presencia en algunas de las comunas más violentas en 2002 y 2003, fue fundamental para mejorar las cosas.

Fundamental pero no suficiente. Lo que vino desde enero de 2004 cuando asumió la Alcaldía fue un esfuerzo de inversión social a gran escala, en colegios y parques-bibliotecas, y un ejercicio sostenido de recuperación del espacio público en zonas donde no había ni un metro cuadrado de verde, ni un solo espacio abierto para que la gente pudiera encontrarse y aprender las bondades de la vida en comunidad. "La violencia implica inseguridad y la inseguridad implica encierro -dice Fajardo-. Había que romper con eso, con los guetos y las rejas que acaban las relaciones entre la gente de un mismo barrio y entre los distintos barrios, y esto sólo era posible abriendo espacio público, lugares de convergencia donde la ciudad y la gente salgan del encierro y respiren". Sus antecesores habían hecho enormes esfuerzos para abrir el espacio público en el centro, en áreas comerciales e industriales. Pero no en las comunas.

Se queda callado unos segundos y sonríe. Le gusta hablar de eso. Se deleita, como si en escasos tres años, los hechos hubiesen confirmado lo que él siempre ha supuesto: "Es increíble cómo la generación de espacio público ayuda a resolver problemas de violencia".

El otro regalo

El domingo 16 de octubre de 2005, el ídolo de Medellín, Juanes, le regaló a la ciudad con motivo de su cumpleaños un concierto gratuito en la tradicional calle San Juan y sus plazas aledañas. Fueron 120.000 personas, entre hijos de papi de El Poblado, de clase media alta de Laureles y decenas de miles de jóvenes de las comunas populares, algo imposible de soñar años atrás. No hubo un solo disturbio, un solo altercado, fue una especie de gran ceremonia de reencuentro y reconciliación de la ciudad tras décadas de guerra.

El obsequio de Juanes en octubre de 2005 tuvo un significado enorme. Pero desde el punto de vista de la inversión, el regalo gigantesco vino por cuenta de las Empresas Públicas de Medellín. "Recién llegado a la Alcaldía, presidí una reunión durante la cual las directivas de EPM me presentaron un colosal proyecto: un parque lineal de varios kilómetros que atravesaría a la ciudad, un sueño futurista que coqueteaba con mi ego y me hacía pensar en la inmortalidad", recuerda Fajardo con ese humor con el que suele burlarse a veces de sí mismo. El costo de la obra que hará recordar el nombre del Alcalde por décadas y décadas era igualmente descomunal: 160.000 millones de pesos.

Fajardo reconoce que lo pensó varios días y al final dijo que no. O mejor, que sí a la plata pero que no a la monumental obra. Les propuso a las directivas de EPM destinar el dinero a un plan de obras igualmente ambicioso que significara una verdadera revolución para la ciudad en su conjunto, pero sobre todo para los más pobres: los habitantes de las comunas.

Lo primero que había que evitar en el plan al iniciar obras eran los riesgos de corrupción. "Aquí muchos decían que la ventaja de Medellín frente a otras regiones era que en las obras públicas se robaban una tajada, pero que con el resto alcanzaba para terminarlas -explica con franqueza-. Y nuestro equipo decidió que había que acabar con ese consuelo de bobos, que las obras debían ser realidad sin robo, pues esa tajada les quitaba oportunidades de más inversión a los más pobres". La clave de todo ha sido un ejercicio de transparencia, con publicidad en medios y en páginas web de todas las licitaciones y contratos, y una vigilancia ciudadana permanente sobre el desarrollo de los trabajos. "Así, la plata ha rendido", asegura Fajardo.

Nada lo hace sentir más orgulloso que los cinco parques-biblioteca que comienza a inaugurar en los próximos días. Son lugares para leer, para aprender, pero sobre todo para que los habitantes de las zonas más deprimidas de Medellín se reencuentren. "Pero, además, esos parques-biblioteca son lindos en cualquier parte del mundo", dice y reconoce que al hacerlo se le sale lo más paisa que trae por dentro. Estas obras tienen para él todo un significado político: una comunidad que, por primera vez en décadas, se siente reconocida, valorada y "por eso es importante exigir que sean hermosas, magníficas", agrega.

Una de esas obras será inaugurada el 24 de marzo ni más ni menos que por el Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, pues según Fajardo, además de servir como lugar de reunión para sus gobernados, este parque-biblioteca, en la zona de Santo Domingo, al lado del Metrocable, "tiene que convertirse en una oportunidad para que Medellín se reencuentre con el mundo, que es exactamente lo que queremos en esta nueva etapa en la historia de la ciudad".

Educación y paz

Otro frente de inversión para el regalo en dinero contante y sonante de EPM es una decena de colegios en sectores humildes. A fines de la década pasada, cuando Juan Luis Mejía ocupaba el cargo de secretario de Educación de la ciudad en la segunda Alcaldía de Juan Gómez Martínez, la violencia arrasaba, entre otras, con las instituciones educativas. Los profesores de los colegios Santo Domingo Savio y Antonio Derka se tomaron la Secretaría para protestar por las amenazas. Su principal exigencia dejaba una sensación estremecedora sobre lo que ocurría en la ciudad: exigían chalecos antibala para volver al trabajo.

La idea con los 10 nuevos colegios -diseñados por 10 de los mejores arquitectos de la ciudad, pues Fajardo insiste en que los habitantes de las comunas deben saber que a ellos les dan lo mejor- y con la intervención para mejoras y ampliación de 150 colegios públicos más -muchos de ellos con todo y guarderías-, es sembrar educación, luchar contra la desigualdad y, a la larga, construir paz. "Mi hijo va a la guardería desde que tiene año y medio -cuenta el Alcalde-, mientras el hijo de Lola, la señora que trabaja en mi casa, pisa un colegio por primera vez a los seis años, y ahí comienza la desigualdad que se va agravando si esos colegios tienen malas instalaciones y sobrecupo".

Cuando el alcalde Fajardo arranca a explicar estos logros, nada lo detiene y es casi seguro que incumplirá su siguiente cita. Puede completar la hora detallando la construcción de los institutos tecnológicos; el sorprendente Centro Cultural Moravia, diseñado por Rogelio Salmona donde antes quedaba un basurero; el Parque Explora; el Orquideograma; el Parque del Emprendimiento; los centros de navegación por Internet; los nuevos puestos de salud; el proyecto urbano integral nororiental -más de un cuarto de billón de pesos en inversión en las dos comunas más golpeadas por la pobreza y la violencia-. "Allí el cambio social puede verse en vivo y en directo", dice con una sonrisa.

El futuro

El año entrante será para el Alcalde de Medellín la hora de cortar la cinta de decenas de obras. "Lo importante no es que la gente piense que esto o aquello lo hizo Fajardo, sino que todos comprendan que es algo a lo que tienen derecho, que se lo apropien, defiendan y cuiden", explica cuando le preguntan qué garantiza el mantenimiento y la operatividad de todos esos colegios, centros culturales, zonas de reencuentro y puestos de salud. "Si todos esos habitantes beneficiarios de las obras las sienten como suyas -asegura-, las van a defender y van a exigir que sean mantenidas de la mejor manera".

El Alcalde cree que el futuro de esas inversiones está asegurado por cuenta de las propias comunidades que las han recibido. A la vez, muchos paisas y colombianos creen que quien en verdad tiene asegurado su futuro es el propio Sergio Fajardo. Y no sólo porque en Medellín siempre recordarán su cuatrienio, sino porque no es absurdo pensar que algún día sea recordado por haber alcanzado destinos aún más altos.

Él se niega a hablar de lo que sucederá a partir del 1º de enero de 2008, cuando deje la Alcaldía. Se limita a decir que lo único que tiene claro "es la necesidad de salir a buscar algún puesto, pues carezco de fortuna personal para vivir de la renta y tengo muchas responsabilidades familiares". Pero hay quienes creen que está mucho más pensado de lo que confiesa y que, por el contrario, es consciente de que cuenta con algunas condiciones fundamentales para aspirar a lo más alto: la Presidencia de la República.

La primera es el hecho de haber tenido éxito en un cargo de la Rama Ejecutiva. En este país, cuyos últimos cinco presidentes se volvieron presidenciables tras su paso por un ministerio, una alcaldía o una gobernación, los que sueñan con la jefatura del Estado pero sólo hacen carrera en el Congreso terminan por cargar el desprestigio de esa institución y por ser vistos como personajes que no han demostrado su capacidad de ejecución. Al contrario, luego de transformar a Medellín y haber conseguido que ya no sea la capital de la violencia y la desigualdad, y haberlo hecho con resultados que trascienden en materia de imagen al Valle de Aburrá, es un activo enorme.

Basta una mirada al contraste entre Fajardo y los alcaldes de las otras dos grandes ciudades distintas a la capital. El de Cali, Apolinar Salcedo, con una orden de destitución de la Procuraduría por irregularidades en un gigantesco contrato que pasó a manos privadas el recaudo de los impuestos locales, y una prohibición para ejercer funciones públicas por 16 años. El otro, el de Barranquilla, Guillermo Hoenigsberg, retirado del cargo como consecuencia de una medida de aseguramiento -casa por cárcel- dictada por la Justicia, que lo investiga por un contrato de compra de un edificio cuando ocupaba un cargo en el gabinete del alcalde Bernardo Hoyos.

Pero sin duda el mayor de los activos políticos de Fajardo es una circunstancia que bien puede favorecer sus inconfesas aspiraciones. Se trata del proceso cada vez más agudo de polarización política que vive el país, entre uribistas y antiuribistas, que se disparó en las semanas recientes con el terremoto de la para-política que ha tumbado ya a varios funcionarios del Ejecutivo y que tiene en vilo a un número importante de magistrados y a una docena de congresistas en prisión o a punto de ser detenidos.

Dentro de este panorama, una mirada a los demás presidenciables permite concluir que casi todos tienen un pasado que hace parte de la discusión actual. O fueron ministros de gobiernos anteriores a los cuales les cabe alguna responsabilidad por lo que hoy sucede, o han hecho política para llegar al Congreso y por el camino han pactado alianzas con sectores afines a paramilitares o guerrilla o, como en el caso de algunos dirigentes del Polo, alguna vez tomaron las armas y fueron guerrilleros. Por eso es posible decir que una de las mayores fortalezas de Sergio Fajardo es carecer de pasado político con visos negativos en un país donde casi todos los demás presidenciables lo tienen y, a la hora de enfrentar el polarizado debate actual, los pone en calzas prietas si quieren tirar la primera piedra.

Es ahí donde no ser uribista ni antiuribista, no ser del Polo ni estar en contra del Polo, no ser de izquierda ni de derecha, no estar ni decididamente a favor ni decididamente en contra del proceso con las Auc -Fajardo reclama los mayores éxitos en materia de reinserción porque de los 4.000 desmovilizados de Medellín, 3.200 están incorporados a la legalidad-, pueden convertirlo en el único que no se queme en la discusión de hoy y, en consecuencia, en el único renovador y en el único verdaderamente creíble de la presidencial de 2010.    

Esas particularidades tienen su expresión en la imagen misma de Fajardo. En vez de vestido entero y corbata, vive de jeans, chaqueta y camisa desabotonada en el cuello. En vez de encendidos discursos de clásico político, echa rollos amigables, donde el tono profesoral ha ido cediendo cada día más espacio a un mensaje directo y emotivo, sencillo y comprensible. Para usar dos ejemplos extremos, está muy lejos del clásico discurso político de un Germán Vargas Lleras, pero se cuida de caer en las crípticas elaboraciones de un Antanas Mockus. Todo lo anterior, sin duda, juega a su favor. Pero necesitará más, mucho más, si decide lanzarse a buscar la Presidencia. El desafío está claro: tendrá que ser tan buen candidato como Alcalde de Medellín.

De la academía a la política

Hacer obras, construir, edificar, como lo ha hecho con cientos de colegios, bibliotecas, centros culturales y puestos de salud, no es una actividad extraña para Sergio Fajardo. La heredó de su padre, Raúl, uno de los arquitectos más respetados de su generación y quien tiene a su haber, entre otras muchas construcciones, dos edificios emblemáticos de la capital paisa: el de Coltejer y el de Bancafé. "Avance con sus sueños", le dijo alguna vez a Sergio. La sabiduría y la capacidad de realizar del padre fue complementada con la fe católica y la fuerza de la madre, Mara Valderrama, mientras los curas catalanes del Colegio Benedictino (equivalente al San Carlos de Bogotá) le enseñaban la disciplina y el apego al trabajo.

Después de intentar estudiar Ingeniería un par de veces (Mecánica en la Pontificia, Civil en la Nacional de Medellín), su profesor de Matemáticas, Fernando Puerta, lo convenció de viajar a Bogotá para matricularse en la Universidad de los Andes en la carrera de Matemáticas Puras. Se graduó en 1977, dos años después hizo su maestría y luego viajó a Madison, Wisconsin, en cuya universidad obtuvo un doctorado en 1982. Más tarde, pasó un año en la Universidad de Colorado, en Boulder, dedicado a la Academia.

Volvió a Los Andes como profesor e investigador, pero desde 1986 comenzó a combinar su vida académica con una columna de opinión en El Mundo de Medellín. Eran tiempos de guerra e intentos fallidos de paz y de un país que, en medio de las sacudidas que le pegaba el terrorismo, trataba de transformarse. "Era un momento excepcional para reflexionar sobre la sociedad y tratar de explicar por qué sucedían las cosas, y eso fue lo que hice con mi columna", recuerda.

En 1990, el director de Colciencias, Clemente Forero, lo invitó al Consejo de Ciencias Básicas, su primer ejercicio de funciones públicas. Mudó su columna a El Espectador, donde escribía al lado de otros dos paisas amigos suyos: Ana María Cano y Héctor Abad Faciolince. En 1995, el recién elegido gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe, a quien Fajardo conocía del colegio aunque el hoy Presidente era mayor, lo llamó para integrar la Comisión Facilitadora de Paz de Antioquia. "Uribe leía mis columnas sobre el conflicto y a veces conversábamos del tema", cuenta. "Siempre he creído en el diálogo -agrega-, y pienso que de la forma como resolvamos el conflicto depende el tipo de sociedad en que viviremos".

Sergio Fajardo acaba de cumplir 50 años. Su mujer es la siquiatra Lucrecia Ramírez, activa primera dama que ha encabezado campañas contra la violencia intrafamiliar, y la bulimia y la anorexia que tanto han afectado a las jóvenes modelos de Medellín. Tiene dos hijos de su primera unión, Alejandro, de 20 años, y Mariana, de 17.