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Diez años del Sello Ambiental Colombiano y el colibrí verde no vuela

¿Para qué importar figuras foráneas que pueden no ser adaptables a nuestras condiciones?

04 de noviembre 2015 , 05:57 p.m.

Un colibrí que vuela. Pese a lo extraña que pueda sonar, no hay otra imagen que describa mejor la situación actual del Sello Ambiental Colombiano (SAC). Con sus diez años recién cumplidos, el colibrí verde que simboliza el SAC todavía no bate sus alas.

Congelado en la lámina que lo personifica, la pequeña ave no se mueve; optó por suspenderse no en el espacio sino en el tiempo: como el día cero, nadie lo conoce; como el día cero, tiene todo (o nada) por ganar. Como de costumbre, las bienintencionadas normas colombianas instituyeron una figura prometedora para el medio ambiente y la economía nacional, pero las fallas en su ejecución han frustrado su puesta en marcha.

La historia del colibrí verde es la siguiente: En 2005, varios años después de que las ecoetiquetas se consolidaran a nivel internacional como instrumentos efectivos de protección del medio ambiente (tendencia iniciada por Alemania en 1978), el Gobierno, por medio de sus Ministerios de Medio Ambiente y de Comercio, Industria y Turismo, expidió la Resolución No. 1555 del 20 de octubre de ese año, mediante la cual se reglamentó el uso del SAC. Parecía una vía adecuada y lógica para alcanzar los fines de crecimiento económico y sostenibilidad ambiental pregonados por el Plan de Desarrollo 2002-2006, “Hacia un Desarrollo Humano Sostenible”.

Sin embargo, desde entonces lo único que ha pasado para él es el tiempo. Aunque se han reconocido 10 categorías de productos (detergentes, aceites para motor, sanitarios y establecimientos de alojamiento, entre otros), en la práctica solo ha funcionado el sello de hostelería (para 2014 había 93 hoteles certi¬ficados). En los demás 9 campos solo una empresa ha certificado el cumplimiento de la norma técnica de tableros y celdas para alojar equipos eléctricos y electrónicos; resultado ínfimo, explicable a la vista de nuestra realidad, en la que el pequeño colibrí verde es un completo desconocido.

El ecoetiquetado busca proporcionar información fíable y completa a los consumidores sobre las características ambientales de un producto o servicio, de modo que sea posible superar la tradicional asimetría de información entre compradores y productores, y compatibilizar una actividad económica rentable con niveles más altos de protección del ambiente, para lo cual aspira incrementar la demanda de bienes y servicios más amigables con los ecosistemas, cuya producción esta sujeta al cumplimiento de estándares más estrictos de protección ambiental.

Así, el interesado en obtener este reconocimiento debe demostrar no solo que cumple con la normatividad ambiental general, lo cual es obligatorio, sino que además debe comprobar el respeto a unas reglas más protectoras de los recursos naturales cuya aplicación es voluntaria e instrumental (porque persigue el otorgamiento del sello). Funciona, entonces, a manera de incentivo: a cambio del sometimiento a unas normas ambientales más severas, se hace un reconocimiento público de la mayor responsabilidad ecológica de un agente con el fin de facilitar el acceso de sus productos a los consumidores más verdes.

El balance negativo del colibrí verde luego de diez años de existencia (la comparación puede parecer inadecuada pero es gráfica: en Canadá, en 2000, 12 años después de creado su sello, había 122 categorías de productos y más de 2000 bienes que lo portaban; en Alemania, para la misma época, 22 años después de la introducción del Blaue Engel había 86 categorías de productos y más de 4000 bienes certificados) resulta desconcertante por varias razones: por un lado, nos enfrenta al eterno dilema de para qué importar figuras foráneas que pueden no ser adaptables a nuestras condiciones: por la menor capacidad adquisitiva de nuestro público, por la reducida consciencia ambiental de nuestra sociedad o por la escasa educación de nuestros consumidores.

Por otro lado, nos obliga a aceptar nuestra realidad, pero también fuerza a preguntarnos si ella es completamente incompatible con instrumentos como éste.

Para mí, mientras que un aspecto como nuestro reducido poder de compra parece más estructural y no resoluble en el corto plazo, lo atinente a la responsabilidad ecológica de la sociedad y a la educación del consumidor no lo son y pueden ser abordados con pequeñas pero eficaces acciones administrativas. Y esto último nos confronta con la inacción de nuestra Administración.

Si bien es cierto que el crecimiento de los mercados verdes es una cuestión de oferta y de demanda, como responsable del SAC el Gobierno ha fallado. Y lo sabe. Como concluye el Plan Nacional de Negocios Verdes al examinar los problemas de la demanda de esta clase de bienes “[s]e pueden diseñar y crear instrumentos de diferenciación de productos como el SAC pero si no se promocionan, ni se sensibiliza al consumidor con el instrumento se pierde todo el esfuerzo e inversiones realizadas”.

Si queremos que el colibrí verde vuele y se mueva enérgico en todas las direcciones, es preciso que el Gobierno ejerza el liderazgo que le corresponde y emprenda acciones eficaces para informar, educar y sensibilizar a los consumidores, a los fabricantes y al público en general sobre lo que significa e implica el logo en el anuncio o en la superficie de un producto.

Es imperativo alimentar en los compradores la identidad visual entre el símbolo y la calidad ambiental; algo que no debería ser difícil en tiempos de internet, las redes sociales y de grandes campañas de publicidad oficial en radio y TV. De lo contrario, pasaran los años y lo seguiremos contemplando inmóvil e inocuo, condenado a seguir existiendo con las alas cortadas.

El documental 'Magia Salvaje' no solo dio testimonio de la extraordinaria naturaleza del colibrí como ave emblemática nacional, con su éxito en taquilla también reflejó que los colombianos ya no somos indiferentes al medio ambiente. Tal vez si lo reconociéramos más, seríamos más los dispuestos a apoyarlo y a preferir sus productos, y más los empresarios que querrían tener un colibrí verde en su negocio.

HÉCTOR SANTAELLA QUINTERO
Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid, España. Profesor del departamento de Derecho Administrativo de la Universidad Externado de Colombia.
hector.santaella@uexternado.edu.co