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Responsabilidad de todos

¿Será que el autorizado llamado del santo padre encontrará eco efectivo en cada uno de nosotros?

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26 de junio 2015 , 10:13 p.m.

La reciente carta encíclica del papa Francisco es, sin duda, un llamado angustioso “a cada persona que habita este planeta” –como dice el documento– para que todos a una protejamos el ecosistema, en beneficio general de la humanidad. Para que la cabeza visible de la Iglesia católica se manifieste en tal sentido, es porque la amenaza de que perezcamos por culpa nuestra es algo evidente, final cada vez más cercano, de no concederle la debida importancia.

La mencionada encíclica, Laudato Si, se ocupa de un asunto aberrante que de tiempo atrás viene preocupando a los defensores de la naturaleza. En efecto, uno de los primeros llamados de atención ocurrió en los Estados Unidos de Norteamérica en 1933, cuando un silvicultor, profesor de la Universidad de Wisconsin, preocupado por las condiciones lamentables del río que cruzaba el predio y el condado de su residencia, decidió adelantar una campaña para su conservación. Para ello escribió un artículo en el Journal of Forestry, titulado ‘Ética de la conservación’, donde esbozó las bases de una nueva ética para la conducta humana a través de una “ética ecológica”, o “ética de la tierra”. ¿Qué perseguía Aldo Leopold –que así llamaba el personaje– con su escrito? Denunciar el daño que los humanos hacemos a la naturaleza: al medioambiente, a la tierra, al agua. Si la ética propicia que el ser humano le haga bien a sus congéneres, ¿por qué no propiciar que le haga bien a la naturaleza, es decir, a su entorno, o, por lo menos, que no le haga daño?

Sucedida la hecatombe de Hiroshima y Nagasaki, en 1945, se retomó el artículo de Leopold, al que se le adicionaron otros ensayos suyos sobre el tema, para ser publicados en 1948 en la conocida revista Almanac con el título ‘Ética de la tierra’. Más tarde, el oncólogo Van Reenselaer Potter, identificado con las ideas e inquietudes de su compañero de docencia en Wisconsin e impresionado por los daños que el hombre de ciencia puede causarles a sus congéneres y a la naturaleza (como fue el caso de la bomba atómica), llegó al convencimiento de que si no se pone freno a la depredación, la supervivencia de la especie humana sobre el planeta Tierra no será muy larga. Luego de profundas reflexiones concluyó que la supervivencia podría depender de una ética basada en el conocimiento biológico. A esa ética le dio el nombre de “Bioética”, vale decir, “Ciencia de la supervivencia”. Esta nueva ética irrumpió en 1971, contenida en un libro titulado Bioética, puente hacia el futuro. Potter, su autor, daba así origen a un movimiento de carácter innovador, que puso a pensar a los hombres de ciencia y a los humanistas y causó un verdadero remezón en la forma como la ética venía interpretándose. Dejó atrás criterios morales considerados inmodificables y abrió amplias perspectivas al poner a reflexionar a la humanidad sobre su presente y su futuro, dando a todos la oportunidad de participar en la búsqueda de las fórmulas que aseguraran su supervivencia y felicidad.

No obstante que la bioética adquirió gran preponderancia –a tal punto que desalojó a la ética tradicional– y se difundió pronto a lo largo y ancho del mundo, pasados más de 40 años de su aparición el deterioro ambiental global no se ha detenido sino, al contrario, se ha incrementado. Es cierto que ha despertado conciencia en algunos sectores, pero los resultados no han sido suficientemente eficaces, como para bajar la guardia. Explicable que en su encíclica el papa Francisco registre que “nuestra oprimida y devastada tierra gime y sufre dolores de parto” ante la indolencia de sus habitantes. ¿Será que el autorizado llamado del santo padre tendrá más alcance que la bioética y encontrará eco efectivo en quienes tienen en sus manos la suerte del planeta, que no son solo los hombres de ciencia, los humanistas y los gobernantes, sino también cada uno de nosotros? Quieran los hados buenos que así sea.


Fernando Sánchez Torres