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¿No es hora de prepararnos para el futuro?

La Comisión Tributaria alerta desde ahora sobre la necesidad de enfrentar déficits fiscales futuros.

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26 de junio 2015 , 09:23 p.m.

Llegamos a la mitad del año. El primer semestre del 2015 fue difícil para el país. En el ambiente se respira pesimismo.

La baja del precio internacional del petróleo golpeó muy fuertemente la economía, afectó el crecimiento y cambió la perspectiva. A eso se sumó la elevación de los impuestos, con su duro impacto sobre las empresas y las personas naturales que sufragan el impuesto a la riqueza.

La guerrilla, por otra parte, retomó su actividad terrorista atacando la infraestructura de energía, afectando la población civil, haciendo daño a los más pobres de los pobres y al medioambiente, y hasta ‘volando’ helicópteros.
La discusión sobre la economía está enfrascada en el presente; en sí, el PIB va a crecer 2,8, 3,0 o 3,5 por ciento en este año, cuando lo pertinente es ajustarse a las nuevas realidades y construir una visión de país para los próximos cinco o diez años.

A pesar de las dificultades de la hora actual, hay que mirar hacia adelante, al mediano plazo por lo menos. Para ello hay nuevos elementos. La Comisión Tributaria ya produjo un primer informe, con un diagnóstico general muy completo del sistema tributario en Colombia, que seguramente dará lugar a recomendaciones para reformar unas normas que lo saquen del caos y de las múltiples distorsiones actuales. Se divulgó, además, el Marco Fiscal de Mediano Plazo (MFMP), que dibuja una senda macroeconómica y fiscal para los próximos cuatro años, con los riesgos que genera un entorno externo e interno muy diferente al de los años anteriores.

En estas circunstancias, ¿qué podría sugerirse para el futuro?

A pesar de la incredulidad y la falta de confianza, es de esperar que las conversaciones en La Habana finalicen y se ponga fin al conflicto armado entre las Farc y la población colombiana. Es lo mejor que les puede suceder a la sociedad y a la economía colombianas. Es una oportunidad que no puede desperdiciarse. Si bien todos asumimos costos –empezando por la maltrecha popularidad del presidente Santos–, vivir en un país sin guerra cambia el estado de cosas y podría conducirnos a un mejor equilibrio económico, social y político.

El posconflicto exige que la producción se expanda y que se generen empleos en el campo y en las ciudades. Por lo tanto, es decisivo que se respire un ambiente atractivo para la inversión privada, nacional y extranjera. De ahí la importancia de modificar un sistema tributario, cargado excesivamente sobre las empresas. Es absurdo y ridículo que 3.441 compañías generen el 68 por ciento del recaudo del impuesto de renta y 1’804.000 contribuyentes aporten solo el 14 por ciento de ese recaudo.

Afortunadamente, la Comisión Tributaria alerta desde ahora sobre la necesidad de enfrentar los déficits fiscales futuros, racionalizar el sistema y promover su progresividad, en búsqueda de una mejor distribución de los ingresos.
Por último, el Gobierno debería adoptar el lema de los años sesenta del siglo XX: ‘exportar o morir’. Solamente el lema, porque sería un error regresar a las políticas comerciales del siglo XX. El mundo cambió y toca acoplarse a los nuevos tiempos, con sus cadenas internacionales de valor y la exportación de piezas y componentes para ensamblar productos en otros países.

Resulta crucial evitar una ampliación del déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos que ponga en peligro el equilibrio externo de la economía. Por eso hay que diversificar la economía y exportar a como dé lugar.

El presidente Santos tiene tres años por delante. No puede renunciar a pasar a la historia como quien logró poner fin al conflicto armado y, también, como un presidente reformista, que sentó las bases para que el país entrara en una nueva fase de su historia.

Carlos Caballero Argáez