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Por si no te vuelvo a ver

Por eso te dirijo esta carta. Para decirte que has sido de mi vida la parte que más aprecio.

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24 de junio 2015 , 08:27 p.m.

Adorable amigo de mi vida y de mi alma –y con este marbete me estoy refiriendo a todos–. Quiero expresarte que entre los elementos que se amalgamaron para permitir mi ya largo paso por este mundo, aire, agua, fuego, tierra, éter, calcio, fósforo, zinc, cordón de plata, aliento divino, átomo nous, oniria, sinergia, uso de razón y conciencia cósmica, me ha sido primordial tu activa y paralela presencia, más preciosa que el pasaporte que me dio acceso a la historia antigua, que la ventana de mi habitación que da al astro sol y que mi cuenta bancaria tirante al rojo. Ya no recuerdo cuál de los dos le dio la camisa al otro y lo sacó del mar cuando se ahogaba. Pero sí que hemos tomado trago tieso y parejo, que hemos desmontado con destornillador cada uno de los libros de filosofía y letras que hemos leído, que enfrentamos peligros sin nada que lamentar, que nos prestamos el catre para llevar cada uno a su recién levantada, que hemos sacado la cara el uno por el otro cuando alguien ha tratado de encochinarnos. Pero lo más sensible es que en los últimos tiempos nos ha venido tocando enterrar a esos otros amigos que eran como tú y yo, uña y carne, y ahora solo mugre bajo la tierra.

Qué lejos esos días cuando éramos imbatibles, infalibles, irresistibles, y de la muerte aún no teníamos clara noticia. El mundo que habíamos recibido gratis de nuestros padres y precursores había que cambiarlo. Y a ello nos empeñamos con un denuedo digno de esta que era para nosotros la mejor causa. Hoy vemos que todas las ideologías que ensayamos fracasaron en su papel, y en cambio las contrarias también fracasaron. Retornando la indiferencia a los enardecidos de entonces. Oí por las noticias que el presidente de los Estados Unidos proclamaba que el Tío Sam había muerto, dando a entender que el Imperio periclitaba, y no vi ninguna celebración por las calles, ni ningún entierro simbólico acompañado de alabaos. Ni ningún comentario de los públicos escritores.

Pueden habernos distanciado las posiciones respecto de las triquiñuelas del poder de nuestros prohombres. Si dos amigos toman diferentes derroteros políticos, siempre el equivocado es el otro. Y este caso no es la excepción.

Cuando por un político se resquebraja una amistad, o la amistad no era invencible o el político muy peligroso. No te mantengas alejado, que solo la solidaridad será nuestro escudo. Fíjate que solo por el amor se genera la vida y por la amistad se preserva.

He sabido que estabas muy enfermo, y ese saberlo me contagia, así sea de murria, por más que aparezca nítido en los exámenes médicos. Pero también sé que estás venciendo las amenazas virales como antes superamos las amenazas anónimas.

En estos días murió en Cali, de un cáncer, mi hermanita María Eugenia, la que me soplaba los capítulos de mi obra. En la que continúo empeñado y titulo Los días contados. Y no es por amenazarme yo mismo ahora que nadie me jode. Es para insuflarme energía y continuar montando la saga. De la cual tú eres un personaje, porque nada me callo.

Creo que en lo mismo andamos todos. Revisando esos borradores de nuestra adolescencia rabiosa a nuestra madurez experimentada. Para compararlos con los frutos de esta tercera juventud apenas a una cuarta de la despedida. Pero no vayas a preocuparte. No tengo ningún pálpito. Antes bien, estoy preparándome para una emprender una nueva vida enfrente del mar, junto a las columnas de Hércules. Solo que las últimas palabras de mi Marucha, haciendo eco a ese cuento fúnebre del buen Gabo, fueron: “Morir es no estar más nunca con los amigos”.

Por eso te dirijo –les dirijo– esta carta. Porque nunca se sabe. Porque es de protocolo tender los puentes averiados por la distancia. Para decirte que has sido de mi vida la parte que más aprecio. Por si no te vuelvo a ver.


Jotamario Arbeláez

jmarioster@gmail.com