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La maldad en estado puro

Los crímenes de odio en Estados Unidos son una anomalía grave en una sociedad de solidez democrática

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23 de junio 2015 , 05:23 p.m.

La lista parece ser la de un grupo de ciudadanos llamados a recibir diplomas de honor por servicios a su comunidad: la directora de una biblioteca que espera por su jubilación tras muchos años de servicio; una consejera de carrera para estudiantes universitarios; una patóloga del lenguaje y entrenadora de un equipo de atletismo que adoraba la música góspel; un recién graduado en administración de empresas, servicial y emprendedor, que se define en su cuenta de Instagram como poeta, artista y empresario; un pastor que empezó a predicar a los 13 años de edad y a los 18 ya tenía su iglesia.

Todos ellos, nueve en total, eran negros y cayeron bajo las balas del terrorista racial Dylann Roof, quien entró a la iglesia Emanuel de Charleston armado con una pistola Glock y los asesinó mientras participaban en su sesión de estudio de la Biblia. El joven administrador de empresas, horas antes de ser abatido, había escrito en Instagram un último mensaje con una foto y una cita de Jackie Robinson, el legendario tercera base de los Dodgers y primer negro en ser admitido en las Grandes Ligas del beisbol: "una vida no es importante excepto por el impacto que tenga en otras vidas".

Roof, que tiene 21 años, se la había pasado jugando a la guerra interestelar en una consola Xbox, en compañía de un amigo de su edad, antes de dirigirse a la iglesia Emanuel. Fue recibido de manera amistosa, y permaneció allí por espacio de una hora. Un video lo muestra conversando con sus víctimas, y aún rezó con ellas antes de dispararles, tomando la previsión de dejar a una de las participantes viva. "No te voy a matar... porque quiero que puedas contar lo que pasó”, le dijo.

El alcalde de Charleston llamó a este crimen un acto de “pura maldad concentrada”; un acto que parecería fruto de la locura de un individuo perverso, pero que refleja la cultura racista que algunas veces de manera abierta, otras solapada, ha acompañado a los Estados Unidos a lo largo de su existencia; un fantasma incómodo y agresivo que despierta de tanto en tanto; una anomalía grave en una sociedad de solidez democrática.

Qué extraño paisaje el de un país que elige a un negro como presidente y así pareciera enterrar su pasado de intolerancia racial, pero vuelve siempre a enseñar su lado oscuro, que parece atávico. La bandera de los estados confederados, para muchos un símbolo de la tradición esclavista, no fue arriada a media asta en el capitolio de Carolina del Sur, en memoria de las víctimas de la masacre. ¿Por qué? Alguien ha dicho que es un asunto de susceptibilidades. La memoria oculta que se toca, estalla.

"Alguien tiene que tener el coraje de hacerlo en la vida real, y supongo que ése debo ser yo", dice Roof en su blog El último Rodesiano. No son ideas caídas del cielo, o salidas de las bocas del infierno. Ha mamado esa leche. Hay quienes las comparten con él, y están en el aire de la conciencia social en su vecindario.
Piensa que la edad de la caballería andante del Ku Klux Klan y de los skinheads se ha traslado ahora al reino indolente de la Internet, y se lamenta de que los viejos luchadores que ahorcaban y quemaban negros hayan desaparecido.

Por algún lado había que empezar. Una bibliotecaria, una entrenadora de atletismo, el pastor que a los 13 años ya predicaba. El muchacho que admiraba a Jackie Robinson, la afanadora que en sus ratos libres era sacristana voluntaria de la iglesia Emanuel.

Por un asunto que parece ser también de susceptibilidades, no muchos se atreven a calificar esta masacre como un crimen terrorista, equiparable a las decapitaciones de los yihadistas. Pero ya es algo que se le considera como un crimen de odio, aquel "que está motivado, en su totalidad o en parte, por el prejuicio o la animosidad de su autor contra la raza, religión, origen o discapacidad de la víctima".

La maldad en estado puro.


Seergio Ramírez


www.sergioramirez.com
@sergioramirezm