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La 'quijotesca' lucha de Leonardo Nieto por no dejar morir el tango

El creador del Festival del Tango y de la Casa Gardeliana padece algunos quebrantos de salud.

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22 de junio 2015 , 07:31 p.m.

Don Leo, el segundo de izquierda a derecha, con sus amigos de la Asociación Gardeliana cuando cumplieron 40 años en 2011. Entre otros, lo acompañan Darío Ruíz, Orlando Mora y Jaime Jaramillo.

La primera y única vez que vi llorar a Leonardo Nieto fue el 9 de diciembre del 2012. Aquel día, este octogenario emprendedor de ciento y un batallas cívicas, económicas y culturales, se notaba desolado.

Y no era para menos. Esa mañana de cielo plomizo, iba a desprenderse de una de las hijas más queridas: su Casa Gardeliana.

Camino a Manrique, don Leonardo tenía buen semblante aunque iba muy silencioso. Cuando comenzamos a cruzar las calles perpendiculares de ese populoso barrio del nororiente de la ciudad, como si fuera avezado taxista, le daba al conductor indicaciones. Había subido tantas veces.

Ese viernes él le entregaría oficialmente al Municipio de Medellín, la Casa Gardeliana, la misma que fundó en 1972. Iba a dejarla -eso dijo- y sin embargo llegó y se puso a revisar papeles. Caminaba por el espacio, con sus pies cansinos, mirando en cada viejo muro, en la cocina, en el patio trasero. Luego se sentó a hojear un libro que alguien le dejó hace un tiempo y cuando llegaron los funcionarios oficiales, firmó con celeridad los documentos.

Se levantó y siguió caminando por el salón. Volvió hasta la cocina y se fijó en el baldosín con imágenes de tangueros reconocidos. Reparé que tenía sus ojos aguados y a cada instante sacaba su pañuelo azul oscuro para enjugarse. Estoico, no decía nada, pero tampoco disimulaba el desgarro que le caminaba dentro.

Los funcionarios repararon en que don Leonardo no quería irse. En efecto, conversábamos al lado de la puerta. Luego, la cerró y de sus ojos se desprendieron un par de lágrimas.

Bajó las escalas. Gardel, desde las paredes exteriores, sonreía. Salimos hacia el centro. Don Leonardo venía cuesta abajo en su rodada.

Se llama Leonardo Nieto Jardón, nació en 1926 en Devia, a más de 250 kilómetros del gran Buenos Aires, Argentina. Allá en la pampa, y luego en la capital a donde llegó de 13 años, escuchó hablar de Medellín, la ciudad donde murió Gardel, y a principios de los años 60, vino a conocerla.

 

Después, en compañía de Graciela, su esposa y sus dos pimpollos, Graciela y Marcela, se quedó para hacer de su restaurante Versalles, comprado por él y un par de amigos en agosto de 1961, una gran empresa.

Empresa que no fue fácil. Pero don Leo -como le dicen cariñosamente- fue terco en su propósito y si se quiere, revolucionario.

Inicialmente abrió las puertas de su corazón o de Versalles a jóvenes incomprendidos por una ciudad pacata e hipócrita, como Los Nadaístas. Pero también en su negocio acogió a líderes políticos, sindicalistas, empresarios, deportistas, artistas, famosos o en decadencia. Y la gente fue llegando.

Como quedó dicho en el libro Camino a Versalles (2011) don Leo es más que un comerciante y “ha sido un agitador cultural de Medellín, pero también un embajador adhonorem de su tierra argentina, esa que no mira con nostalgia sino como una patria gemela y por la cual ha luchado para integrarla”.

Por ello, su primer reto fue el aire musical que lo ata y del cual es casi redundante hablar: porque el tango es a don Leo, lo que la pelotita de fútbol a Maradona, o la tacita de café a Juan Valdéz: es parte de su esencia y por ello no ha escatimado esfuerzos.

Además, dice que le sintió a Medellín cierta afinidad con el tango y él lo explica en el sentido de que sus pobladores, también son migrantes de zonas montañosas, como migrantes fueron quienes poblaron las riveras del Río de la Plata.

“Por eso nos gusta el tango. El proceso de desarraigo es el mismo”, dice una tarde de lunes en su residencia en Medellín.

Don Leo aún recuerda una noche en que llegó a la estación del ferrocarril en compañía de Armando Moreno y Raúl Falgáz, y quedó impresionado al notar que la gente de los pueblos sabía mucho de tangos.

Quizá por ese terreno fértil para sembrar esa semilla que él traía adentro, se arriesgó a organizar un gran evento de tangos.

“El Festival Internacional de Tango nace en 1964 con el embajador de Argentina, Juan Francisco Guevara, y con la mamá de Ignacio Arizmendi, gobernador de Antioquia. Hicimos un pacto en el Olaya Herrera de que lo haríamos para traer las figuras más conocidas del tango. En el 68, cuatro años después hicimos el más grande festival del mundo”, recuerda.

Para ese evento, realizado a mediados de octubre vino Aníbal Troilo, con toda su orquesta; Rivero, con su guitarra; Tito Lusiardo, Horacio Deval, Nelly Vásquez y Tito Reyes, artistas que jamás habían pisado tierras colombianas.

Testimonio de ese primer festival quedó la estatua de Gardel donada por el gobierno argentino y traída con el apoyo de la Federación de Cafeteros, en plena calle 45, en Manrique, barrio que por más de tres décadas fuera meridiano del tango.

Don Leo estuvo al frente de cuatro versiones del festival. Sin embargo, estaba agotado y necesitaba estar pendiente de su negocio. No obstante, al mirar atrás, se siente satisfecho porque le aportó a la ciudad, al tango y él tuvo el gusto de estar con sus ídolos. Acá en su Medellín disfrutó a Agustín Irusta, al violinista De caro, a los bandoneonistas Monte, al ‘Coco’ Potenzá, a Eliseo Marchese, a Mederos. Claro que para que no se quejaran que el tango o él eran machistas, también ayudó a que vinieran Susana Rinaldi, Libertad Lamarque y Nelly Vásquez.

Si bien el tango sonaba aquí desde mucho antes de Gardel, el Festival fue el gran detonante para que el tango comenzara a hacer parte de la vida de Medellín.

“Después de los festivales, y a pedido del embajador argentino que consideraba necesario un espacio que aglutinara, nació la Casa Gardeliana”, dice.

Don Leo valora el apoyo que encontró en Manuel Mejía Vallejo quien escribió gran parte de su novela Aire de Tango, en Versalles, y de Hernán Restrepo para fundar la Casa en 1972 y sacarla adelante.

La Gardeliana, “la novia más cara” de don Leo, como los templos de los barrios obreros, también se cimentó y se sostuvo a punta de empanadas.

Pero esta fue algo más, pues allí, don Leo logró otro cometido: ayudar a muchos artistas locales a proyectarse. Uno en la larga lista es Marcos Quiróz, mejor bandoneonista de Medellín, recuerda que se hizo gracias a él.

Mario Ceballos, exgerente de RCN y estudioso del tango, considera que el aporte de Leonardo Nieto, trasciende lo local. Explica la crisis del tango después de los años cincuentas, hasta los ochentas en Argentina. En ese interregno de crisis, Ceballos ubica el Festival y la Casa Gardeliana, cuando por Medellín pasaron los mejores cultores del tango, y en su apogeo, como Aníbal Troilo y Alberto Marino.

“Leonardo es un Quijote fuera del tiempo tratando de que el tango no muriera. Era otro loco como Aníbal Moncada que se vestía de traje solo para complacer a una pareja en el Patio del Tango”.

Pero ese hombre de hierro, que aún recuerda ese octubre primaveral en que se enamoró de Medellín, comienza a vivir su otoño. Se desprendió de su Casa Gardeliana, ya va poco a Versalles y a su finca que le recuerda sus mocedades en Devia.

Don Leo padece algunos quebrantos de salud que lo tienen un poco en “sus cuarteles de invierno”.
Sin embargo, le queda tiempo para disfrutar sus canciones: a Gardel, en especial Yira, Yira; o Responso, de Aníbal Troilo; Los mareados, cantado por Fiorentino o Goyeneche.

“Me siento satisfecho de ayudar a fortalecer la cultura del tango en Medellín. Pero lo hice porque encontré fervor, y tuve el apoyo de Hernán Caro y de Restrepo Duque, quienes me ayudaron con la difusión, que era lo más difícil”.

Eso dice tan grato don Leo, en el poniente de este lunes y quizá de su vida, y muchos nos seguimos preguntando qué será de esta ciudad cuando no tenga ese árbol donde tantos nos hemos arrimado.

GUILLERMO ZULUAGA C.
Para EL TIEMPO
MEDELLÍN